INTERNACIONALES Por Carlos Zimerman

La tregua con Irán tiene las horas contadas

Por Carlos Zimerman

Resumen

  • Donald Trump habría agotado, una vez más, la vía diplomática con Irán.
  • La tregua de las últimas 48 horas tendría fecha de vencimiento.
  • Las condiciones impuestas por Teherán serían inaceptables para Washington.
  • Benjamin Netanyahu buscaría convencer a Trump de retomar la ofensiva.
  • Israel y varios países árabes respaldarían una acción militar.
  • Marco Rubio y Pete Hegseth sostendrían que la presión militar es el único camino.
  • Todo indicaría que la guerra ingresaría en una etapa mucho más intensa.

La diplomacia tuvo su oportunidad. Donald Trump volvió a apostar por ella. Aceptó, por enésima vez, abrir un nuevo canal de negociación e incluso estuvo dispuesto a explorar un entendimiento con el régimen de los ayatolás. Pero, una vez más, quedó demostrado que negociar con Irán es, en los hechos, una misión casi imposible.

La pequeña tregua de las últimas 48 horas no debería interpretarse como el comienzo de la paz. Por el contrario, todo hace pensar que se trata apenas de una pausa táctica. Un respiro momentáneo antes de una nueva escalada militar que, de producirse, sería mucho más contundente que la observada hasta ahora.

El régimen de Irán asegura que no descarta volver a sentarse a negociar con Estados Unidos, pero lo hace imponiendo condiciones que, desde la lógica de Washington, resultan prácticamente imposibles de aceptar.

Entre las principales exigencias de Teherán aparecen:

  • Mantener intacto su programa nuclear.
  • Comercializar libremente su petróleo sin sanciones económicas ni financieras.
  • Recuperar el acceso a los fondos iraníes bloqueados por Estados Unidos.
  • Fijar las reglas de navegación en el Estrecho de Ormuz.
  • Lograr la retirada absoluta de las tropas asentadas por Israel en el Líbano.

Aceptar semejantes condiciones equivaldría a concederle al régimen chiíta prácticamente todo lo que busca desde hace años sin obtener, a cambio, garantías concretas sobre su programa nuclear ni sobre la estabilidad regional.

Por eso resulta difícil imaginar que Donald Trump acepte semejante planteo. Hacerlo implicaría resignar objetivos estratégicos fundamentales de Estados Unidos y enviar un mensaje de debilidad en un momento extremadamente delicado para la política internacional.

Si el diálogo vuelve a fracasar —como todo indica que ocurrirá— la alternativa militar volvería a convertirse en la principal herramienta de presión sobre Teherán.

En ese contexto adquiere enorme importancia la visita de Benjamin Netanyahu a Washington. El primer ministro israelí se reunirá con Trump en la Casa Blanca, en un encuentro que tendrá como eje central la guerra contra Irán.

No es un secreto cuál será la posición del líder israelí. Netanyahu insistirá en regresar a la ofensiva militar y profundizar los ataques contra el régimen de los ayatolás. Para Israel, dejar que Irán gane tiempo solo fortalece su capacidad militar y prolonga una amenaza que considera existencial.

Al mismo tiempo, Netanyahu también enfrenta un complejo escenario político interno. Un liderazgo firme frente a Irán podría fortalecer su posición de cara al proceso electoral que deberá afrontar en los próximos meses.

Dentro de la administración republicana tampoco parecen existir demasiadas diferencias. Tanto Marco Rubio como Pete Hegseth consideran que únicamente una demostración clara de superioridad militar podrá obligar al régimen chiíta a aceptar las condiciones que pretende Estados Unidos para garantizar la libre navegación por el Estrecho de Ormuz y poner fin, de una vez por todas, a las ambiciones nucleares de Irán.

Además, Washington no estaría solo. Israel cuenta con el respaldo político y estratégico de países como Bahrein, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, gobiernos que desde hace años consideran al régimen iraní como la principal amenaza para la estabilidad de Medio Oriente.

No soy optimista. Creo que la tregua de las últimas 48 horas tiene un final prácticamente anunciado. Irán tiró demasiado de la cuerda y llegó a un punto en el que retroceder significaría mostrar debilidad ante sus aliados y frente a su propia población.

Pero Estados Unidos también se juega mucho más que una guerra regional. Está en juego su liderazgo internacional. Si Washington permitiera que el régimen iraní impusiera sus condiciones después de meses de tensión y enfrentamientos, el mensaje hacia el resto del mundo sería devastador. Otras potencias observarían que la principal potencia militar del planeta cedió frente a un régimen que desafió sistemáticamente a Occidente.

Por eso considero que las próximas horas podrían marcar el comienzo de una ofensiva mucho más intensa. Si la negociación vuelve a naufragar, Donald Trump difícilmente tenga margen político para insistir otra vez con la diplomacia.

La suerte, probablemente, ya esté echada. La diplomacia habría llegado a su límite y, una vez más, serían las armas las que intentarían imponer las condiciones de una paz que, por ahora, sigue pareciendo muy lejana.