La caca de las palomas y un duro golpe al chauvinismo estúpido
Rafaela fue noticia nacional. Y no precisamente por una gran obra, por una innovación tecnológica o por alguna política pública digna de imitar. Fue noticia porque la caca de las palomas convirtió buena parte del centro en un verdadero campo minado.
Una nota publicada por La Nación puso en escena nacional un problema que quienes vivimos en Rafaela conocemos perfectamente: caminar por determinados sectores del centro puede convertirse en una aventura. Autos, veredas, comercios, edificios y, especialmente, quienes transitan por allí, padecen desde hace años una situación que ningún gobierno municipal ha logrado resolver.
Y claro, cuando el problema llegó a los medios nacionales aparecieron las burlas. Algunos se rieron de Rafaela, de sus palomas y, especialmente, de los métodos utilizados para intentar combatirlas.
Pero acá aparece algo todavía más ridículo: el chauvinismo estúpido de algunos que se sintieron ofendidos porque alguien se rió de la ciudad.
¿De qué se indignan? ¿De que alguien contó lo que sucede? ¿De que un periodista nacional puso sobre la mesa una realidad que los propios vecinos padecen todos los días?
Hay que dejarse de pavadas.
Porque si algo debería avergonzarnos no es que La Nación hable de las palomas. Lo que debería preocuparnos es que después de tantos años ningún gobierno haya encontrado una solución definitiva.
Nos vienen a la memoria los famosos “aplaudidores” de Luis Castellano. Aquellos hombres que recorrían el centro, especialmente al atardecer, munidos de enormes maderas para espantar a las aves. Aplaudían, agitaban las maderas y corrían a las palomas de un árbol a otro.
El resultado era casi científico: las palomas volaban, la gente seguía caminando y, unos segundos después, alguien terminaba con el premio sobre la cabeza, los hombros o la ropa.
Una solución verdaderamente revolucionaria.
Llegó luego Leonardo Viotti y las soluciones continuaron por el mismo camino.
A algún cráneo de su gabinete se le ocurrió “hacerle la toca” a los árboles, colocando enormes redes para impedir que las palomas se posaran. Durante algunos días el problema parecía desaparecer. Hasta que las palomas, que aparentemente no leen los expedientes municipales, simplemente buscaron otros árboles.
Y allí donde antes había concentración, ahora hubo más concentración todavía.
Pero como en la Municipalidad nunca faltan ideas brillantes, alguien pensó y pensó. Y después de cobrar y cobrar, finalmente tuvo una revelación: ¡el láser!
Así nació el ejército revolucionario rafaelino.
Cada mañana y cada tarde, sigilosamente, colaboradores municipales se apostan en las inmediaciones del bulevar Santa Fe y apuntan con láseres hacia las palomas.
Una escena digna de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto.
El problema es que las palomas siguen allí.
Y mientras tanto, seguimos discutiendo métodos, haciendo pruebas, colocando redes, apuntando luces y buscando soluciones que duran lo que tarda una paloma en volar hasta el árbol de enfrente.
El problema no se soluciona corriendo las palomas de un árbol a otro.
Hay que buscar una solución integral, seria y definitiva. Y si para hacerlo hay que enfrentar determinadas posiciones de grupos ambientalistas, habrá que hacerlo dentro de la legislación vigente, con fundamentos técnicos y con una decisión política clara.
Porque tampoco podemos caer en la comprensión absurda de que las palomas tienen más derechos que los vecinos que pagan sus impuestos.
Y acá llegamos al verdadero problema.
No es la caca.
Es la incapacidad.
La cuestión de fondo no es que una paloma defeque en una vereda. El verdadero problema es que durante años los gobiernos municipales no pudieron encontrar una solución eficaz para una situación perfectamente visible y cotidiana.
Y eso sí debería ser noticia nacional.
No porque haya que avergonzarse de Rafaela, sino porque hay dirigentes que parecen creer que gobernar consiste en improvisar soluciones, hacer anuncios, probar ocurrencias y esperar que el problema desaparezca solo.
Mientras tanto, los vecinos siguen pagando.
Y los funcionarios también siguen cobrando. Puntualmente. Todos los meses. Sus buenos sueldos.
La diferencia es que el vecino tiene que caminar esquivando la caca de las palomas mientras algunos funcionarios esquivan sus responsabilidades.
Así que menos chauvinismo barato y menos indignación porque alguien se ríe de Rafaela.
Si nos quieren hacer quedar mal, que no sea por una nota periodística.
Que no nos hagan quedar mal nuestra propia incapacidad para resolver los problemas.
Porque las palomas seguirán cagando.
Mucho menos que algunos dirigentes.
Pero, al menos, las palomas no cobran sueldo municipal.