OPINIÓN Por Carlos Zimerman

Pruebas PISA: La educación ya no admite más excusas

Por Carlos Zimerman

Resumen

  • Los resultados de las pruebas PISA confirman un preocupante retroceso educativo en América Latina.
  • Argentina volvió a registrar una fuerte caída, especialmente en Matemática.
  • El deterioro alcanza a casi toda la región, con muy pocas excepciones.
  • Sin educación de calidad no hay crecimiento económico ni movilidad social.
  • La crisis educativa debería convertirse en la principal preocupación de los gobiernos.
  • Seguir postergando este debate significa hipotecar el futuro de millones de jóvenes.

Cada tres años las pruebas PISA vuelven a poner a los gobiernos frente a un espejo incómodo. Y, una vez más, el reflejo es preocupante. América Latina no solo sigue lejos de los países con mejores sistemas educativos del mundo, sino que continúa retrocediendo. Argentina y México registraron fuertes caídas en Matemática, Brasil, Colombia y Costa Rica permanecen estancados, mientras que Chile también mostró un deterioro en Matemática y Comprensión Lectora.

Lo verdaderamente alarmante es que estos resultados ya no pueden atribuirse a un gobierno en particular ni a una coyuntura económica específica. El problema es mucho más profundo. Es estructural. Durante décadas, la educación dejó de ocupar el lugar central que debería tener en las políticas públicas de buena parte de la región.

Cuando un país fracasa en educar a sus jóvenes, fracasa en todo lo demás.

No hay desarrollo económico sostenible, no hay innovación, no hay productividad, no hay empleo de calidad y mucho menos igualdad de oportunidades. Se puede discutir durante años sobre impuestos, inflación, tipo de cambio o déficit fiscal, pero ninguna economía será competitiva si forma generaciones con cada vez menos herramientas para comprender un texto, resolver un problema matemático o desarrollar pensamiento crítico.

En el caso argentino, el desafío es todavía mayor.

Hace décadas que la educación dejó de ser el gran igualador social. La escuela que alguna vez permitió que millones de hijos de trabajadores ascendieran socialmente hoy encuentra enormes dificultades para garantizar aprendizajes básicos. Y cuando los conocimientos mínimos comienzan a faltar, las consecuencias se trasladan al mercado laboral, a la productividad y hasta al funcionamiento de la propia democracia.

No alcanza con inaugurar edificios escolares o anunciar programas educativos. La calidad del aprendizaje debe volver a ser el centro del debate. Los resultados de PISA no evalúan gobiernos; evalúan si los estudiantes de 15 años adquirieron las competencias necesarias para desenvolverse en el mundo actual. Y la respuesta que ofrece América Latina está muy lejos de ser alentadora.

También es momento de abandonar las discusiones ideológicas.

La educación no debería ser ni de izquierda ni de derecha. Debería ser una política de Estado. Los países que lideran los rankings educativos no lo lograron con discursos, sino con planificación, continuidad, exigencia, formación docente, evaluación permanente y objetivos que trascendieron los cambios de gobierno.

Mientras tanto, América Latina sigue atrapada en debates secundarios.

Se discuten calendarios escolares, presupuestos, conflictos sindicales o reformas parciales, pero muy pocas veces se habla seriamente de cómo mejorar los aprendizajes, cómo recuperar la cultura del esfuerzo y cómo volver a poner el conocimiento en el centro del sistema educativo.

El dato más preocupante no es únicamente que los puntajes hayan caído.

Lo verdaderamente grave es que una generación completa puede estar ingresando a la vida adulta con menos herramientas que la anterior. Eso significa menos oportunidades, menores ingresos futuros, menor capacidad de innovación y un crecimiento económico cada vez más limitado.

Las pruebas PISA no son una condena definitiva. Son una advertencia.

Ignorarlas sería uno de los errores más costosos que pueden cometer nuestros países. Porque las crisis económicas pueden corregirse, las financieras pueden superarse y los ciclos políticos cambian. Pero recuperar una generación que no recibió una educación de calidad demanda décadas. Y ese tiempo, simplemente, no vuelve.