La liga silenciosa que busca romper la grieta
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Mientras el debate público sigue atrapado entre los gritos del oficialismo y la reconstrucción del peronismo, en las provincias empezó a escucharse otro sonido. No es estridente. No tiene actos multitudinarios, jingles de campaña ni candidato definido. Es el ruido bajo de las conversaciones reservadas, de los llamados que se repiten entre gobernadores que aprendieron que, en la Argentina, sobrevivir políticamente suele ser más difícil que llegar al poder.
Hay una hipótesis que empieza a tomar forma en ese universo: el 2027 podría ofrecer una oportunidad para quienes no quieran quedar atrapados entre Javier Milei y el peronismo que hoy encuentra en Axel Kicillof su expresión más visible. La apuesta no consiste en inventar otro outsider ni en fabricar un líder providencial. El razonamiento va en sentido inverso. Primero el proyecto, después el nombre.
Esa diferencia parece menor, pero es exactamente donde creen que fracasaron otros experimentos recientes. La política argentina desarrolló una fascinación por las figuras capaces de eclipsar a las organizaciones. El resultado suele repetirse: candidatos potentes sobre estructuras débiles. Cuando llega la hora de gobernar, la construcción revela sus fisuras.
Por eso este grupo de mandatarios provinciales ensaya otra lógica. Hablan de federalismo, de gestión y de continuidad institucional. Son conceptos que parecen haber desaparecido del centro del escenario nacional, donde la discusión quedó reducida a una confrontación permanente entre identidades incompatibles.
La paradoja es evidente. Muchos de esos gobernadores mantienen una relación funcional con la Casa Rosada. Otros conservan vínculos históricos con el justicialismo. Ninguno parece dispuesto a romper todos los puentes. Su fortaleza, creen, reside precisamente en esa capacidad de convivir con distintos interlocutores sin entregar completamente su autonomía.
Ese equilibrio, sin embargo, también es su principal desafío.
Porque construir una tercera alternativa en Argentina siempre implica caminar sobre una cornisa. La memoria política está llena de intentos que prometieron superar la grieta y terminaron absorbidos por ella. Cada experiencia dejó una enseñanza incómoda: el centro existe como electorado, pero rara vez logra consolidarse como identidad política.
Los gobernadores parecen haber tomado nota de esa lección. En lugar de apurar definiciones presidenciales, prefieren discutir reglas comunes. Buscan evitar que las ambiciones individuales devoren el armado antes de que exista una estructura capaz de sostenerlas. Es una reacción casi quirúrgica frente a errores recientes, cuando algunos espacios federales privilegiaron las candidaturas antes que la construcción territorial.
El otro elemento que aparece con fuerza en esas conversaciones es la idea de continuidad. No hablan de deshacer todo lo hecho por Milei ni de regresar íntegramente al modelo kirchnerista. Lo que buscan es otra cosa: distinguir entre las reformas que consideran necesarias y los aspectos que creen que deberían corregirse.
La discusión tiene una lógica práctica.
En las provincias, las grandes consignas ideológicas suelen chocar rápidamente contra las cuentas públicas, la caída del consumo o las dificultades para sostener la actividad económica. Allí, la macroeconomía deja de ser una presentación de PowerPoint para convertirse en comercios vacíos, menor recaudación y empleo informal.
Ese contraste explica parte del malestar que empieza a recorrer a varios mandatarios. Valoran algunos instrumentos orientados a atraer inversiones y reclaman que ciertas políticas trasciendan el calendario electoral. Al mismo tiempo, cuestionan el tono confrontativo del Gobierno y advierten que la estabilidad macro pierde fuerza cuando la economía cotidiana no acompaña.
La frase presidencial que proyecta un gran despegue hacia 2028 encontró allí una lectura distinta. Mientras desde el Gobierno se plantea como horizonte de consolidación, algunos gobernadores la interpretan desde otra urgencia: antes de pensar en el próximo ciclo económico, hay que atravesar el próximo diciembre.
Esa diferencia temporal revela dos formas de ejercer el poder. La Casa Rosada administra expectativas nacionales. Las provincias administran problemas inmediatos.
También hay una dimensión ideológica que merece atención. Dentro de este esquema conviven dirigentes de tradición peronista con referentes de espacios provinciales. Pero aparece un límite compartido: diferenciarse del kirchnerismo sin abandonar ciertos principios históricos del justicialismo vinculados a la movilidad social, el trabajo y la producción.
No deja de ser una operación política delicada. Intentan rescatar una identidad sin quedar atrapados por la estructura que durante años la representó.
Mientras tanto, el propio peronismo ya empezó a discutir cómo ordenar sus liderazgos internos. La eventual desaparición de las PASO agrega otra capa de incertidumbre. Sin ese mecanismo, las diferencias deberán resolverse mediante otros acuerdos o competencias internas, alterando el tablero opositor y también los márgenes de maniobra de quienes imaginan competir desde afuera.
En ese contexto, los gobernadores juegan varias partidas al mismo tiempo. Defienden sus territorios, negocian con el Gobierno nacional cuando lo necesitan, mantienen abiertos canales con distintos referentes opositores y, paralelamente, exploran una construcción nacional todavía embrionaria.
Nada garantiza que esa liga silenciosa llegue intacta a 2027. La historia argentina suele desarmar con rapidez los acuerdos que nacen alrededor del pragmatismo. Pero también es cierto que el país atraviesa una etapa donde buena parte del electorado parece observar con cansancio la lógica binaria que dominó la última década.
Quizá esa sea la verdadera apuesta de estos gobernadores. No ofrecer una síntesis perfecta entre dos modelos enfrentados, sino convencer de que todavía existe un espacio para la política que negocia más de lo que combate, que administra más de lo que declama y que intenta construir continuidad en un país donde cada cambio de gobierno suele empezar demoliendo lo anterior.
El desafío será demostrar que esa moderación no es simplemente una pausa entre dos extremos, sino una propuesta capaz de sostenerse cuando llegue el momento de abandonar el terreno cómodo de las conversaciones reservadas y enfrentarse al ruido ensordecedor de una campaña presidencial.