El milagro económico de China enfrenta un futuro incierto y se queda sin margen de maniobra

Durante años, cuestionar la magnitud del crecimiento económico de China implicaba desafiar una de las narrativas más extendidas de la economía mundial. Sin embargo, algunos analistas advirtieron que detrás de las elevadas tasas de expansión existían problemas estructurales capaces de comprometer su futuro. Entre ellos se encontraban los desequilibrios demográficos, las dificultades económicas y los desafíos estratégicos que enfrenta el país.

El libro Broken China: How the Economic Miracle Shattered and What It Means for the World, de Logan Wright, analista del sistema financiero chino en Rhodium Group, reúne nuevos argumentos para sostener esa visión crítica. Su tesis principal es que el modelo económico que impulsó el extraordinario crecimiento de China está perdiendo su capacidad para generar los mismos resultados. El país habría agotado buena parte de su principal motor de expansión: el crédito y la inversión financiada mediante endeudamiento.

El crédito impulsó el crecimiento, pero también acumuló desequilibrios

El punto de inflexión se produjo después de la crisis financiera mundial de 2008. En aquel momento, Pekín respondió con una fuerte expansión del crédito y de la inversión. La estrategia permitió sostener la actividad económica y evitar una caída abrupta, además de alimentar años de crecimiento acelerado.

Sin embargo, el endeudamiento no puede generar prosperidad de manera indefinida. Cuando las inversiones dejan de responder a la demanda real de los consumidores y a criterios de rentabilidad, el crédito adicional puede terminar ocultando errores anteriores en lugar de resolverlos.

China avanzó progresivamente hacia ese escenario. Una parte considerable del financiamiento se destinó al sector inmobiliario, las infraestructuras, las empresas estatales y los mecanismos de financiación de los gobiernos locales. Al mismo tiempo, el sistema financiero se expandió a un ritmo superior al de la economía productiva que debía sostener.

Según el análisis de Wright, el país protagonizó una de las mayores expansiones crediticias de una sola economía en la historia moderna. El crecimiento del sistema financiero, en lugar de traducirse indefinidamente en mayor productividad, contribuyó a acumular vulnerabilidades.

La inversión estatal no garantiza que los proyectos sean rentables

Este proceso también puede analizarse desde los planteamientos de la Escuela Austriaca de Economía, que advierte sobre los riesgos de mantener tasas de interés artificialmente bajas y expandir el crédito sin una correspondencia con el ahorro y la demanda reales.

Desde esa perspectiva, el financiamiento barato puede incentivar inversiones que parecen rentables al principio, pero que luego no logran sostenerse. Los precios y las tasas de interés cumplen, además, una función de coordinación económica que resulta difícil de reproducir mediante decisiones centralizadas.

China representa un caso significativo de esta tensión. El Estado ha demostrado una enorme capacidad para movilizar recursos y construir infraestructuras, fábricas, viviendas y redes ferroviarias en plazos reducidos. Sin embargo, la capacidad de construir no equivale a la capacidad de garantizar que una inversión sea económicamente eficiente.

Un gobierno puede dirigir capital hacia sectores considerados estratégicos, pero no puede eliminar la escasez ni determinar con certeza qué productos y servicios valorarán los consumidores en el futuro.

El derrumbe inmobiliario expuso la fragilidad del modelo

Las políticas financieras también contribuyeron a convertir los bienes raíces en una de las principales formas de ahorro para los hogares chinos. Las alternativas de inversión eran relativamente limitadas, mientras que los depósitos bancarios ofrecían rendimientos bajos y el mercado bursátil local no siempre generaba confianza.

En paralelo, los gobiernos locales dependían de la venta de terrenos y del endeudamiento para financiar sus actividades. De esta manera, se consolidó un círculo de dependencia: los hogares colocaban sus ahorros en propiedades, las constructoras obtenían financiamiento sobre la expectativa de ventas futuras y las administraciones locales recaudaban ingresos vinculados al auge inmobiliario.

Cuando el mercado comenzó a deteriorarse, quedó al descubierto que una parte importante de la riqueza aparente del sistema tenía bases menos sólidas de lo que se suponía.

El sector inmobiliario había adquirido un peso considerable en la economía china. Por eso, la caída de las ventas y de la construcción debilitó uno de los principales motores internos de crecimiento. Pero los compromisos financieros asociados a los proyectos no desaparecieron con ellos: permanecieron en los balances de bancos, desarrolladoras, empresas estatales y entidades de financiación de los gobiernos locales.

En lugar de reconocer de inmediato las pérdidas, Pekín optó en muchos casos por refinanciar deudas y mantener operativas a empresas con problemas. Estas medidas pueden reducir el riesgo de una crisis financiera repentina, pero también dificultan que los recursos se trasladen hacia actividades más productivas.

El exceso de exportaciones aumenta las tensiones con otros países

Las dificultades internas también repercuten en el comercio internacional. El modelo chino depende en gran medida de las exportaciones, pero esa estrategia tiene un límite: el resto del mundo debe contar con la capacidad y la disposición necesarias para absorber la producción excedente.

La debilidad del consumo interno hace más difícil que la demanda de los hogares chinos compense la pérdida de dinamismo de la inversión y del sector inmobiliario. Como consecuencia, una mayor parte de la producción industrial busca compradores en el exterior.

El resultado incluye elevados superávits comerciales, presión a la baja sobre los precios y una creciente resistencia política en otros mercados. Para Wright, los problemas de las exportaciones y de la demanda interna china están estrechamente relacionados: la dificultad para impulsar el consumo doméstico contribuye a aumentar la dependencia de los compradores extranjeros.

Vehículos eléctricos, baterías y tecnología: avances con costos elevados

Ante estas dificultades, el gobierno chino intensificó sus políticas industriales y su estrategia de autosuficiencia tecnológica. Los resultados son visibles en sectores como los vehículos eléctricos, las baterías, los paneles solares, la robótica y las telecomunicaciones, donde las empresas chinas alcanzaron una posición competitiva relevante.

No obstante, existe una diferencia entre producir bienes tecnológicamente avanzados y hacerlo de forma rentable. La inversión dirigida por el Estado puede ampliar rápidamente la capacidad industrial, pero no asegura que los proyectos generen beneficios suficientes.

La búsqueda de independencia respecto de proveedores extranjeros también exige grandes desembolsos. Pekín ha subsidiado alternativas nacionales para reducir su dependencia tecnológica, aunque no todas esas inversiones necesariamente producirán resultados económicos satisfactorios.

Algunas pueden consolidar industrias competitivas; otras corren el riesgo de convertirse en proyectos costosos que no generen retornos suficientes, financiados por un sistema que ya arrastra importantes deudas.

La expansión internacional también dejó riesgos financieros

Los desequilibrios no se limitan al territorio chino. La Iniciativa de la Franja y la Ruta, conocida como BRI, canalizó capital del país hacia proyectos de infraestructura en distintas economías en desarrollo.

Si bien algunas inversiones resultaron útiles, otras ofrecieron rendimientos inferiores a los esperados y dejaron a bancos e instituciones estatales chinas expuestos a deudores con dificultades para cumplir sus compromisos.

La expansión geográfica no modifica el problema de fondo: cuando un préstamo no genera ingresos suficientes para ser devuelto, el riesgo financiero permanece, independientemente del país en el que se encuentre el proyecto. Desde esta interpretación, la iniciativa también contribuyó a financiar parte de la expansión de las exportaciones chinas.

Pekín tiene cada vez menos alternativas para sostener el crecimiento

El diagnóstico no implica necesariamente que China esté al borde del colapso. El problema central es que el gobierno dispone de un margen de maniobra cada vez más limitado para corregir los desequilibrios sin generar nuevos costos.

Entre las alternativas se encuentran mantener los subsidios a empresas poco productivas, sostener a los gobiernos locales, financiar industrias estratégicas, aumentar el gasto público, refinanciar deudas o intentar impulsar el consumo de los hogares. Sin embargo, cada una de estas medidas enfrenta restricciones económicas y políticas.

La cuestión ya no es si China puede ejecutar grandes proyectos de construcción e infraestructura. Su capacidad para hacerlo está ampliamente demostrada. El interrogante es si las instituciones que administran sus enormes recursos financieros podrán seguir asignando capital de manera eficiente una vez que se reduzcan los beneficios derivados de la urbanización, la industrialización y la expansión del crédito.

Las reformas estructurales, el principal desafío político

La solución propuesta por Wright exige cambios profundos, más allá de un simple reequilibrio económico. Entre ellos figuran reconocer las pérdidas acumuladas, permitir que las empresas inviables salgan del mercado, transferir más recursos a los hogares, reducir las ventajas de las compañías estatales y dar un papel más importante a los mecanismos de mercado en la asignación del capital.

Pero estas transformaciones chocan con la estructura política del Partido Comunista Chino. Reconocer pérdidas y permitir el cierre de empresas puede generar consecuencias económicas y sociales difíciles de gestionar, especialmente en un contexto de preocupación por el empleo juvenil.

El texto original señala que el desempleo entre los jóvenes se acercaba al 30%, aunque el gobierno chino cuestionaba esa cifra. En ese escenario, una reforma profunda podría resultar especialmente delicada para las autoridades.

La dificultad consiste en que mantener el sistema actual también tiene costos: prolongar el financiamiento de actividades improductivas puede retrasar el reconocimiento de las pérdidas y limitar las posibilidades de crecimiento futuro.

Un milagro económico real, pero con límites cada vez más visibles

La experiencia china vuelve a poner sobre la mesa un debate fundamental sobre el papel del Estado, los mercados y la asignación de recursos. El país consiguió movilizar capital a una escala extraordinaria, pero esa capacidad no evitó la acumulación de inversiones poco rentables, endeudamiento y desequilibrios financieros.

La conclusión del análisis es que el crecimiento económico de China fue real, pero también lo fueron las distorsiones que acompañaron su modelo. La combinación de deuda elevada, crisis inmobiliaria, debilidad del consumo y dependencia de las exportaciones plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de la estrategia que impulsó su expansión durante décadas.

El desafío para Pekín será decidir si está dispuesto a asumir los costos políticos de una reforma estructural o si continuará sosteniendo un sistema que, aunque puede evitar una crisis inmediata, corre el riesgo de prolongar sus problemas económicos.