Mercurio, el planeta que no debería existir y desafía a la ciencia
- Mercurio es pequeño pero extremadamente denso, con un núcleo metálico dominante.
- Su ubicación cercana al Sol desafía los modelos clásicos de formación planetaria.
- Los científicos aún no logran explicar cómo ni dónde se formó el planeta.
- Existen hipótesis de colisiones, evaporación y migración orbital.
- La misión BepiColombo buscará respuestas clave sobre su origen y estructura.
- Comprender a Mercurio puede cambiar la visión sobre el nacimiento del Sistema Solar.
A primera vista, Mercurio parece condenado al desinterés. Su superficie árida y castigada por impactos, la ausencia de una atmósfera significativa y la falta de señales claras de agua en su pasado lo colocan, para muchos, en el último lugar del ranking de mundos atractivos del Sistema Solar. No hay mares, no hay nubes y no hay posibilidades conocidas de vida. Sin embargo, esa apariencia engañosa esconde uno de los mayores enigmas de la astronomía moderna.
Lejos de ser un planeta simple, Mercurio es una anomalía cósmica. Es el planeta más cercano al Sol y también uno de los más pequeños: tiene apenas una vigésima parte de la masa de la Tierra y un diámetro comparable al ancho de Australia. Pero, a pesar de su tamaño reducido, es el segundo planeta más denso del Sistema Solar, solo superado por la Tierra. Esa densidad extrema es la primera gran señal de que algo no encaja.
Los científicos saben que Mercurio posee un núcleo metálico desproporcionadamente grande, que representa la mayor parte de su masa total. Este rasgo lo diferencia del resto de los planetas rocosos y plantea una pregunta central: ¿cómo pudo formarse un planeta tan pequeño con un núcleo tan dominante? Las teorías actuales no logran ofrecer una respuesta definitiva y, en muchos casos, parecen contradecirse entre sí.
A este rompecabezas se suma su órbita. Mercurio gira alrededor del Sol en una trayectoria inusualmente cercana y peculiar, en una región donde las condiciones para la formación planetaria resultan extremas. La radiación intensa y las fuerzas gravitatorias solares habrían dificultado la acumulación de material sólido durante los primeros tiempos del Sistema Solar. Según los modelos clásicos, Mercurio simplemente no debería haberse formado allí.
Existen hipótesis que intentan explicar esta rareza. Una sugiere que Mercurio pudo haber sido originalmente un planeta mucho más grande, que perdió gran parte de su manto tras una colisión catastrófica en los albores del Sistema Solar. Otra plantea que la intensa actividad solar evaporó los materiales más livianos, dejando atrás un núcleo metálico expuesto. También hay teorías que lo sitúan formándose más lejos del Sol y migrando luego hacia su posición actual. Ninguna, por ahora, logra imponerse de manera concluyente.
Este conjunto de incógnitas convierte a Mercurio en un objeto de enorme interés científico. Comprender su origen no solo permitiría explicar la historia de este planeta en particular, sino que también ayudaría a refinar los modelos de formación planetaria y a entender mejor cómo se organizó el Sistema Solar primitivo.
En este contexto, todas las miradas están puestas en la misión BepiColombo, un proyecto conjunto de Europa y Japón lanzado en 2018. La sonda viaja hacia Mercurio en una compleja trayectoria que aprovecha asistencias gravitatorias de la Tierra, Venus y el propio planeta objetivo. Su llegada, prevista para noviembre de 2026 tras algunos retrasos técnicos, marcará la primera visita al planeta en más de una década.
BepiColombo cuenta con instrumentos de alta precisión diseñados para estudiar la composición, la estructura interna, el campo magnético y la superficie de Mercurio con un nivel de detalle sin precedentes. Uno de sus objetivos centrales es, precisamente, arrojar luz sobre el origen del planeta y explicar por qué es tan distinto a todo lo que lo rodea.
Así, el planeta que durante años fue considerado “aburrido” se consolida como uno de los mayores desafíos para la ciencia planetaria. Mercurio no solo existe contra todo pronóstico: también obliga a repensar lo que se creía saber sobre cómo nacen y evolucionan los mundos.