Entre la inflación, las reservas y la actividad: las tensiones de corto plazo que condicionan al plan económico
- El Gobierno enfrenta incompatibilidades de corto plazo entre inflación, actividad y reservas.
- La corrección de tarifas y la compra de reservas presionan sobre la dinámica inflacionaria.
- En 2025 la dolarización privada alcanzó unos u$s30.000 millones, un nivel históricamente alto.
- La inflación difícilmente baje rápido al 1% mensual y podría estabilizarse cerca del 2%.
- La apertura económica acelera una reconversión del sector privado, con ganadores y perdedores.
- La capacidad del Estado para aplicar políticas productivas finas es hoy muy limitada.
El programa económico del Gobierno avanza en un terreno minado por incompatibilidades de corto plazo que obligan a administrar tensiones simultáneas entre inflación, nivel de actividad y acumulación de reservas. Así lo advierte Fausto Spotorno, director del Centro de Estudios Económicos de Orlando J. Ferreres & Asociados y uno de los economistas más escuchados por el mercado, al analizar la dinámica macroeconómica actual y los desafíos que enfrenta la gestión de Javier Milei en la etapa de normalización.
Según Spotorno, la política monetaria contractiva aplicada en el inicio de la gestión permitió evitar un desborde inflacionario tras el cambio de gobierno, pero ese ancla empieza a mostrar límites. La corrección de precios regulados, la necesidad de recomponer reservas del Banco Central y una flexibilización gradual de la dureza monetaria explican, en conjunto, la dificultad para retomar un sendero claro de desaceleración inflacionaria. La inflación, que en 2025 fue la más baja en ocho años, muestra desde hace meses registros superiores a los esperados.
Uno de los factores centrales detrás de esa dinámica es el comportamiento del tipo de cambio. Para Spotorno, la discusión sobre si el dólar está caro o barato parte de una premisa equivocada: el nivel del tipo de cambio no lo define el Gobierno, sino el mercado. Los movimientos pre y postelectorales del dólar tuvieron impacto inflacionario con rezago, mientras que la continuidad del ajuste tarifario agrega presión sobre los precios, aun cuando el proceso de desinflación de fondo no esté interrumpido.
En ese marco, el economista subraya que el Gobierno enfrenta un dilema complejo: necesita corregir tarifas para ordenar precios relativos, emitir pesos para comprar reservas y, al mismo tiempo, sostener la actividad económica. Esa combinación, advierte, no es compatible en el corto plazo con una inflación mensual del 3% ni mucho menos con niveles cercanos al 1%. El escenario más plausible, al menos por ahora, es una inflación en torno al 2% mensual, con episodios de aceleración transitoria mientras se corrigen desequilibrios heredados.
La tensión se agrava al observar el frente externo. Spotorno destaca que en 2025 la dolarización de los ahorros privados alcanzó unos u$s30.000 millones, una cifra incluso superior a la registrada durante el peor momento de la crisis política del gobierno de Mauricio Macri. Esa salida de divisas complica la estabilización de la cuenta corriente y expone una conducta defensiva de los ahorristas en un contexto de elevada incertidumbre, aun sin una crisis política abierta ni un tipo de cambio real excepcionalmente bajo.
Desde su perspectiva, un nivel “normal” de dolarización debería ubicarse bastante por debajo, en un rango de entre u$s15.000 y u$s18.000 millones anuales. Con ese volumen, la ecuación externa podría cerrar con mayor facilidad, combinando superávit comercial, ingresos de capital vinculados a proyectos energéticos —en especial Vaca Muerta— e inversión extranjera directa. El problema aparece cuando a esa dinámica se suma el pago de la deuda en efectivo, lo que refuerza la necesidad de recuperar el acceso a los mercados internacionales para refinanciar vencimientos.
Más allá de la macro, Spotorno advierte que la apertura y la normalización de la economía exponen un proceso inevitable de reconversión del sector privado. Habrá ganadores y perdedores, sectores que deberán adaptarse y otros que emergerán al desaparecer distorsiones como la inflación alta o la brecha cambiaria, que durante años funcionaron como subsidios implícitos. En ese contexto, la recesión no debe leerse solo como un fenómeno coyuntural, sino también como parte de un reordenamiento más profundo de la estructura productiva.
El principal límite, señala, no es conceptual sino operativo. La capacidad del Estado para aplicar políticas productivas “quirúrgicas” es muy reducida, en especial por la falta de coordinación entre Nación, provincias y municipios. El Gobierno puede actuar sobre variables generales —fiscal, monetaria, regulatoria—, pero carece de herramientas finas para acompañar la reconversión de miles de unidades productivas pequeñas y medianas.
Para Spotorno, el esquema económico “cierra” en el largo plazo, siempre que se mantenga el equilibrio fiscal, se reduzca la deuda y se consoliden reglas de mercado. En el corto plazo, sin embargo, el Gobierno parece aceptar un costo político y económico: convivir con inconsistencias transitorias mientras apuesta a que, más adelante, la recuperación de la demanda de dinero, la baja del riesgo país y el retorno del crédito permitan estabilizar definitivamente la economía.