Milei y el cambio que la política argentina nunca se animó a hacer
Durante décadas, la Argentina vivió atrapada en una mentira cómoda: la idea de que los problemas estructurales del país podían resolverse con parches, relatos y populismo administrado. Gobiernos de distinto signo se alternaron en el poder prometiendo cambios, pero ninguno se animó a ir hasta el hueso. Todos, sin excepción, terminaron siendo variantes del mismo modelo: populismo disfrazado, con más o menos épica, pero siempre con el mismo resultado.
Javier Milei rompió esa lógica.
Por primera vez en mucho tiempo, la Argentina tiene un presidente que no administra la decadencia, sino que la enfrenta. Milei no llegó para negociar con el sistema político, llegó para desafiarlo. No vino a sostener privilegios, vino a desmontarlos. Y eso lo convierte en algo excepcional: un verdadero estadista en un país acostumbrado a gerentes del poder.
El cambio real, no el relato
Ni el peronismo ni el radicalismo —con sus múltiples versiones— se animaron jamás a un cambio auténtico. Cambiaron nombres, discursos y consignas, pero mantuvieron intacta la estructura: un Estado elefantiásico, déficit crónico, emisión descontrolada y una casta política viviendo de espaldas a la sociedad productiva.
Milei hizo lo que nadie se animó:
- Ajustó al Estado y no al ciudadano.
- Cortó la emisión.
- Expuso el negocio de los subsidios, las cajas y los cargos.
- Dijo lo que durante años fue tabú.
Por eso genera tanta resistencia. No porque se equivoque, sino porque amenaza intereses enquistados desde hace décadas.
Populismo: una etapa que debe ser enterrada
El populismo no fue solo una mala política económica; fue una forma de saqueo sistemático. Empobreció a la sociedad, destruyó la cultura del trabajo y convirtió al Estado en un botín. Kirchnerismo, peronismo tradicional y radicalismo funcional terminaron siendo socios de un mismo fracaso: pelearse en público mientras se repartían el poder en privado.
Hoy está claro que ya no se trata de matices ideológicos. Se trata de elegir entre seguir en la decadencia o cambiar de verdad.
Y el cambio tiene nombre y apellido.
La batalla cultural es indispensable
Las reformas económicas no alcanzan si no van acompañadas de una transformación cultural profunda. Milei lo entiende como pocos. Por eso incomoda tanto. Porque no solo discute políticas públicas, discute valores: mérito, esfuerzo, libertad, responsabilidad individual.
Quienes creemos que este es el camino no podemos ser espectadores. Hay que dar la batalla cultural en todos los ámbitos: en la familia, en el trabajo, en los medios, en las redes, sin claudicar. Defender las ideas de la libertad no es una opción, es una obligación moral.
2027: consolidar el cambio
El desafío es claro: no alcanza con ganar una elección. Hay que consolidar el rumbo. El triunfo de 2027 debe ser abrumador para cerrar definitivamente un ciclo de corrupción, populismo y decadencia. Hay que firmarle la partida de defunción al kirchnerismo corrupto y a toda la política que vivió de vaciar al país.
Javier Milei no es una moda ni un accidente. Es la respuesta de una sociedad cansada de ser saqueada. Es la gran esperanza de una Argentina que decidió dejar de resignarse.
Milei no solo es el futuro.
Es la oportunidad histórica de volver a ser un país grande.
Hay que creer.
Hay que apoyar.
Y hay que dar la batalla cultural, todos los días, en todos lados, sin rendirse.