OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

La escena de Cristina en tribunales

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

En la Argentina, la política tiene una rara habilidad para convertir cualquier trámite institucional en un acontecimiento simbólico. El martes volverá a ocurrir algo de eso cuando Cristina Fernández de Kirchner se presente en los tribunales federales de Comodoro Py para prestar declaración en el juicio por la llamada causa de los cuadernos. En los papeles se trata de un acto procesal más dentro de un expediente voluminoso. En la práctica, será inevitablemente otra escena del largo duelo entre la ex presidenta y el sistema judicial.

Hace tiempo que la relación entre el kirchnerismo y los tribunales dejó de ser solamente jurídica. Es también una batalla política, narrativa y simbólica. Cada audiencia, cada resolución y cada citación judicial se convierten en un capítulo de esa disputa que atraviesa ya más de una década de la vida pública argentina.

El proceso que se discute en este juicio tiene un origen que ya forma parte del folklore político reciente: los cuadernos escritos por el chofer Oscar Centeno, donde supuestamente se registraban recorridos vinculados al traslado de dinero proveniente de empresarios de la obra pública. A partir de esas anotaciones se abrió una investigación que terminó arrastrando a decenas de ex funcionarios y hombres de negocios al banquillo de los acusados.

La dimensión judicial del caso es conocida: testimonios de empresarios, declaraciones bajo la figura de imputado colaborador, miles de páginas de expediente y un tribunal que intenta ordenar una de las causas más grandes de corrupción que haya atravesado la política argentina.

Pero lo que ocurrirá este martes no se explica únicamente con ese expediente.

Cristina Kirchner llegará a Comodoro Py desde el departamento donde cumple arresto domiciliario por otra condena judicial. La acompañará su custodia, habrá operativos policiales en las inmediaciones y una inevitable presencia de cámaras. Es un guion que el país ya vio varias veces.

La novedad no está en el traslado sino en el significado político que cada sector intenta darle.

Dentro del kirchnerismo se organizó una presencia militante frente al domicilio de la ex presidenta. No se trata de una movilización gigantesca ni de una marcha hacia los tribunales. Es algo más calculado: una despedida cuando salga rumbo a la audiencia y una bienvenida cuando regrese.

La escena busca transmitir un mensaje claro: la líder del espacio no está sola.

Ese ritual político revela una constante del liderazgo de Cristina Kirchner. Incluso en los momentos judiciales más delicados, su figura sigue articulando un núcleo duro de apoyo que se moviliza con rapidez. No es solo militancia: es identidad política.

Para sus seguidores, la causa de los cuadernos es el símbolo más acabado de lo que llaman persecución judicial. Para sus adversarios, en cambio, representa el intento más serio de la Justicia por investigar un presunto sistema de corrupción estructural.

La verdad judicial todavía está en proceso de construcción. Pero la verdad política, en cambio, ya fue dictada hace tiempo por cada uno de los bandos.

Por eso la escena del martes tiene algo de teatro político. No en el sentido de una simulación, sino como representación de un conflicto que excede el expediente.

El tribunal que lleva adelante el juicio sostiene que la citación presencial responde a principios elementales del proceso penal. La oralidad, la inmediación entre jueces e imputados, el derecho de defensa. Son argumentos técnicos, habituales en cualquier sistema judicial.

Sin embargo, en la Argentina contemporánea los argumentos técnicos rara vez logran despolitizar un caso de alto perfil. Todo termina filtrado por la grieta.

El kirchnerismo interpreta el traslado a Comodoro Py como parte de una puesta en escena. La imagen de Cristina Kirchner entrando a los tribunales —dicen cerca suyo— es una fotografía que algunos sectores del poder buscan instalar en la agenda pública.

Sus detractores, naturalmente, ven exactamente lo contrario: la consecuencia lógica de una investigación judicial que durante años acumuló pruebas y testimonios.

Así funciona la política argentina: una misma escena puede ser leída como persecución o como justicia.

La pregunta interesante no es quién tiene razón —eso lo dirá el proceso judicial— sino por qué cada episodio de este caso sigue teniendo tanta capacidad de impactar en la vida pública.

La respuesta está en el lugar que ocupa Cristina Kirchner en la historia reciente del país. Pocos dirigentes generan todavía una reacción emocional tan intensa. Admiración profunda para algunos. Rechazo visceral para otros.

Ese magnetismo político convierte cada paso judicial en un acontecimiento nacional.

El martes probablemente no ocurrirá nada extraordinario dentro de la sala del tribunal. Una indagatoria es, en esencia, una instancia formal donde el acusado puede responder preguntas o elegir guardar silencio.

Pero afuera, en el terreno de la política, el episodio tendrá un significado mucho más amplio.

Porque en la Argentina los juicios a los líderes políticos nunca se agotan en el expediente. Se transforman en escenarios donde se discuten poder, legitimidad y memoria histórica.

Cristina Kirchner ya lo sabe. También lo saben sus seguidores y sus adversarios.

Por eso, cuando la ex presidenta atraviese las puertas de Comodoro Py, no estará entrando solamente a un tribunal.

Estará entrando, otra vez, al centro mismo de la política argentina.