RAFAELA R24N

Dellasanta pidió disculpas, pero el Concejo eligió el linchamiento político

El concejal rafaelino Fabricio Dellasanta se equivocó. No hay demasiadas vueltas que darle: habló apurado, sin conocer en profundidad lo ocurrido en la ciudad de San Cristóbal, y terminó publicando un mensaje tan desacertado como inoportuno. Su frase, en la que pareció justificar a un menor involucrado en un hecho trágico dentro de una escuela, fue claramente desafortunada.

Ahora bien, lo que vino después también merece ser puesto bajo la lupa.

Porque Dellasanta hizo algo poco habitual en la política: reconoció el error y pidió disculpas. No ensayó excusas rebuscadas ni se escondió detrás del silencio. Dio marcha atrás, admitió que se había equivocado y expresó su arrepentimiento. En cualquier sistema político sano, ese gesto debería al menos ser tenido en cuenta.

Sin embargo, el resto del Concejo Municipal de Rafaela decidió avanzar en bloque, con una dureza que rozó más el oportunismo que la institucionalidad. El comunicado firmado por todos los ediles —incluida su propia compañera de bancada, Milagros Zafra— no sólo expresó un rechazo, sino que se ubicó en un tono de superioridad moral que difícilmente resista un archivo mínimo.

El texto habla de “violencia inadmisible”, de “responsabilidad institucional” y de la necesidad de una “rectificación pública formal”. Pero para cuando ese documento vio la luz, Dellasanta ya había pedido disculpas. Es decir, la exigencia llegaba tarde. O peor aún: parecía no importar que el concejal hubiera reconocido su error.

Ahí es donde la escena deja de ser un episodio desafortunado y empieza a transformarse en otra cosa: una cacería política.

Porque no se trató de marcar un límite —algo razonable ante un comentario desacertado— sino de amplificar el castigo, de exponer y de disciplinar. Y en ese punto, varios de los firmantes del comunicado deberían preguntarse con qué autoridad moral se colocan en ese rol de jueces. En política, pocos están en condiciones de tirar la primera piedra.

El caso también deja una señal interna llamativa: la decisión de Zafra de acompañar el comunicado abre interrogantes dentro del propio espacio libertario. No es un dato menor. Cuando la crítica no viene sólo de enfrente, sino también desde adentro, el problema ya no es únicamente comunicacional, sino político.

Mientras tanto, el Concejo parece haber encontrado en este episodio una oportunidad para mostrarse unido. Pero esa unidad, más que fortalecerse en propuestas o respuestas a los problemas reales de los rafaelinos, se construyó alrededor de un castigo público.

Dellasanta se equivocó, sí. Pero pidió disculpas. Y en democracia, eso debería tener algún valor.

Lo preocupante es cuando quienes también tienen cuentas pendientes con la sociedad deciden subirse a un pedestal moral para juzgar como si fueran un tribunal. Porque entonces la discusión deja de ser sobre lo que se dijo —y lo mal que estuvo— para pasar a ser sobre quién tiene autoridad para señalar al otro.

Y ahí, el panorama se vuelve bastante más incómodo.

Tal vez la pregunta no sea sólo qué dijo Dellasanta, sino por qué tantos se apuraron a condenarlo cuando todavía hay demasiadas respuestas pendientes hacia la ciudadanía.

O, dicho de otro modo: si se enciende el ventilador, probablemente no todos salgan indemnes.

Dellasanta pidió disculpas

Fabricio Dellasanta salió a dar explicaciones y reforzó su pedido de disculpas, dejando en claro que fue un error sin matices.

“Así suelto es un disparate”, reconoció el edil, admitiendo que su comentario, fuera del contexto en el que —según explicó— lo pensó, resultó completamente inapropiado. Lejos de victimizarse, incluso se puso en el lugar de quienes reaccionaron con enojo: “Yo me hubiera enojado también”, sostuvo.

En la misma línea, remarcó que comprende el malestar generado: “Entiendo a la gente que se sintió afectada”, dijo, en un intento por descomprimir la tensión que se instaló tras sus declaraciones.

Dellasanta también buscó despegarse de la interpretación más dura que circuló públicamente, negando haber intentado justificar el accionar del menor involucrado en el caso de San Cristóbal. “Ni es mi pensamiento ni era un comentario que iba derecho a eso ni era para ese caso”, aseguró.

Finalmente, volvió a enfocarse en el eje central de su mensaje: el pedido de disculpas. “Me quiero disculpar absolutamente con todos los que se sintieron ofendidos”, expresó.

Y cerró con una definición que, en medio del ruido político, marca una postura poco habitual: hacerse cargo. “Cuando uno comete un error, lo tiene que asumir de frente y sin vueltas”, concluyó.