OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Patricia Bullrich y el espacio que empieza a abrirse entre la desilusión y el temor al pasado

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

El desconcierto empezó a filtrarse hace tiempo en los pasillos del poder, aunque durante meses muchos eligieron negarlo. Primero fueron comentarios aislados en despachos oficiales. Después, conversaciones reservadas entre empresarios, gobernadores, legisladores y hasta funcionarios libertarios. Ahora ya se convirtió en una inquietud más extendida: qué posibilidades reales tiene el proyecto político de Javier Milei de sostenerse más allá de la conmoción inicial que produjo su llegada al Gobierno.

No se trata todavía de una ruptura con el Presidente. Mucho menos de una nostalgia del pasado reciente. De hecho, si hay algo sobre lo que existe una coincidencia amplia entre sectores económicos, políticos y sociales es que nadie parece dispuesto a regresar al modelo kirchnerista. Esa certeza es, probablemente, la principal fortaleza del actual oficialismo. Pero también empieza a ser, paradójicamente, una señal de debilidad. Porque gobernar únicamente apoyado en el rechazo al pasado puede resultar insuficiente cuando el presente comienza a mostrar fisuras.

Las encuestas reflejan esa tensión. La caída en la imagen presidencial ya no es un dato marginal ni un movimiento estadístico pasajero. El desgaste existe y empieza a sentirse incluso dentro del electorado que acompañó con entusiasmo el programa libertario. Sin embargo, el problema para la oposición es que todavía no aparece una figura capaz de capitalizar plenamente ese desencanto. Axel Kicillof conserva niveles altos de conocimiento y centralidad política, pero no logra transformarse en una alternativa competitiva para amplios sectores moderados que aún valoran algunos aspectos centrales del rumbo económico actual, especialmente el ordenamiento fiscal y la desaceleración inflacionaria.

En ese vacío comienza a emerger otra hipótesis. Una posibilidad que hace algunos meses parecía improbable y que ahora empieza a mencionarse cada vez con mayor frecuencia en reuniones políticas y empresariales: el crecimiento de Patricia Bullrich como eventual referencia de una derecha menos explosiva, más tradicional y con mayor experiencia de gestión.

Bullrich ocupa hoy un lugar peculiar dentro del universo oficialista. Formalmente cercana al Gobierno, pero políticamente autónoma. Integrada, aunque nunca completamente absorbida. Y acaso allí radique buena parte de su fortaleza. En la Casa Rosada observan con desconfianza esa independencia. Saben que la actual senadora nunca fue una dirigente disciplinada en términos clásicos y que siempre construyó poder propio. Lo hizo en distintos gobiernos y también durante su paso por la oposición.

La escena política de los últimos días volvió a dejarlo en evidencia. Mientras muchos funcionarios libertarios eligen el silencio o la obediencia automática frente a cada controversia, Bullrich decidió marcar diferencias públicas en temas sensibles para el Gobierno. Lo hizo al participar de una discusión parlamentaria sobre la situación de la prensa en la Casa Rosada y también al reclamar explicaciones sobre cuestiones patrimoniales que afectan al entorno presidencial.

No fue un gesto menor. Mucho menos en un oficialismo donde el temor a contrariar al Presidente empieza a ser un dato visible de funcionamiento interno. Varios dirigentes libertarios admiten en privado que el clima puertas adentro se volvió cada vez más rígido. La concentración de decisiones, el enojo permanente y la lógica de confrontación constante terminaron reduciendo los márgenes de debate interno.

Los viejos conocedores del poder suelen advertir que allí comienza uno de los riesgos más peligrosos para cualquier gobierno: el aislamiento. Cuando los funcionarios dejan de transmitir problemas reales por temor a la reacción del líder, las decisiones empiezan a construirse dentro de una burbuja. Y las burbujas, en política, rara vez terminan bien.

El problema es que ese clima coincide con un momento económico delicado. La inflación bajó de manera drástica respecto de los niveles catastróficos del inicio de gestión y ese resultado sigue siendo el principal activo político de Milei. Nadie puede negar que el Gobierno consiguió estabilizar variables que parecían fuera de control. Pero la estabilidad, por sí sola, no alcanza para resolver el malestar social cuando los salarios continúan deteriorados y el empleo formal se reduce.

En muchos sectores medios aparece una sensación contradictoria: el reconocimiento de ciertos logros macroeconómicos convive con el cansancio cotidiano. El ajuste dejó de ser una abstracción técnica para transformarse en experiencia concreta. Comercios que venden menos, profesionales que recortan gastos, familias que postergan decisiones de consumo. Todo eso configura un humor social distinto al que existía hace un año.

Por eso el oficialismo empieza a enfrentarse con una pregunta incómoda. Una pregunta que algunos dirigentes libertarios ya formulan en privado: cuál será el argumento electoral cuando el miedo al regreso del kirchnerismo deje de alcanzar por sí solo.

La genialidad política de Milei fue haber sintetizado en una sola palabra —“casta”— un enojo social acumulado durante décadas. Supo interpretar como pocos el hartazgo frente a los privilegios del poder. Pero precisamente por eso cualquier sospecha de comportamientos similares dentro de su propio espacio puede tener un impacto devastador. La sociedad argentina tolera muchas cosas, excepto la sensación de que los nuevos terminan pareciéndose demasiado rápido a los viejos.

Allí aparece otro dato que inquieta dentro del oficialismo. La percepción de que ciertas figuras cercanas al poder exhiben cambios patrimoniales, estilos de vida o comportamientos que chocan con el discurso original de austeridad y ruptura con la política tradicional. Y cuando eso ocurre, el relato antisistema empieza a perder eficacia.

Mientras tanto, Bullrich y Mauricio Macri vuelven a acercarse políticamente. Nadie sabe todavía si eso terminará construyendo una alternativa concreta o simplemente un espacio de presión dentro del universo de centroderecha. Pero el movimiento ya encendió alarmas en Balcarce 50.

Porque el problema para Milei ya no es solamente la oposición clásica. El verdadero desafío podría surgir de dirigentes que compartan buena parte de su diagnóstico económico, pero propongan otra forma de ejercer el poder. Una forma menos agresiva, menos personalista y más conectada con las demandas cotidianas de una sociedad que empieza a mirar el futuro con más dudas que entusiasmo.