OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Javier gobierna, Karina concentra el poder

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

En la política hay cambios que se anuncian con discursos y otros que se producen en silencio. Los segundos suelen ser más profundos. No necesitan una cadena nacional ni una conferencia de prensa. Se perciben en detalles que, aislados, parecen menores: quién convoca una reunión, quién define la agenda, quién decide quién entra y quién queda afuera de una mesa de discusión. El Gobierno acaba de ofrecer una muestra de esa lógica.

La salida de Manuel Adorni de la Jefatura de Gabinete no sólo dejó una vacante administrativa. Terminó de consolidar un proceso que ya venía desarrollándose desde hace meses: la concentración del poder político alrededor de Karina Milei. Lo que hasta hace poco podía interpretarse como una influencia creciente de la secretaria general de la Presidencia hoy aparece como una realidad institucional. Ya no se trata únicamente de la dirigente que organiza el armado partidario o administra la relación con los dirigentes de La Libertad Avanza. Es, en los hechos, la figura que articula el funcionamiento político del Gobierno.

La primera convocatoria a la mesa política realizada por ella tiene un valor mucho mayor que el de una simple reunión de coordinación. En política, quien convoca también fija prioridades. Quien define el temario determina qué conflictos merecen atención y cuáles deberán esperar. Y quien administra esa mesa termina acumulando una autoridad que, aunque no siempre figure en el organigrama, condiciona buena parte de las decisiones posteriores.

Ese fenómeno obliga a revisar una idea que durante meses acompañó al oficialismo: la existencia de un esquema equilibrado entre distintas terminales de poder. Esa arquitectura nunca fue completamente simétrica. Había, sí, diferentes espacios de influencia. Pero la crisis reciente terminó inclinando definitivamente la balanza.

Karina Milei emerge ahora como el eje ordenador de un oficialismo que necesita reconstruir disciplina después de semanas atravesadas por turbulencias políticas. A su alrededor orbitan dirigentes con perfiles distintos, intereses propios y estilos muchas veces incompatibles. Allí conviven operadores territoriales, estrategas electorales, funcionarios de gestión, referentes parlamentarios y asesores presidenciales. Mantener cohesionado ese mosaico será, probablemente, el desafío más complejo de esta nueva etapa.

Porque una cosa es administrar poder cuando todo funciona. Otra muy distinta es hacerlo cuando empiezan a escasear los éxitos inmediatos.

La economía continúa siendo el principal activo del Gobierno. Mientras los indicadores acompañen y la inflación permanezca bajo control, la administración de Javier Milei conservará una herramienta decisiva para sostener su capital político. Sin embargo, la política nunca permanece inmóvil. Una gestión no vive únicamente de los números macroeconómicos. Necesita producir resultados legislativos, construir acuerdos y evitar que la agenda quede monopolizada por los conflictos.

Es justamente allí donde aparecen las primeras dificultades.

El oficialismo ya definió cuáles serán sus prioridades parlamentarias para los próximos meses. Reforma política, modificaciones al régimen de Zona Fría, cambios en distintos proyectos tributarios y una futura reforma de la Carta Orgánica del Banco Central conforman un paquete ambicioso. El problema es que ninguna de esas iniciativas cuenta hoy con los votos asegurados.

Ese dato cambia completamente el escenario.

Durante el primer tramo de la gestión, el Gobierno convirtió la escasez parlamentaria en un argumento político. Gobernar con minorías servía para explicar las demoras y, al mismo tiempo, fortalecía el relato de una administración enfrentada a una dirigencia tradicional que resistía las transformaciones.

Pero esa narrativa empieza a mostrar signos de desgaste.

A esta altura del mandato ya no alcanza con denunciar bloqueos. Hace falta demostrar capacidad para construir mayorías. Y esa tarea exige una habilidad que nunca fue el rasgo distintivo del oficialismo: negociar.

Paradójicamente, el Gobierno que llegó prometiendo romper con la lógica de la política tradicional necesita ahora practicar exactamente aquello que criticó durante años. Cada ley requiere conversaciones. Cada voto implica concesiones. Cada gobernador reclama algo a cambio. El purismo ideológico suele rendirse cuando aparecen las matemáticas parlamentarias.

Por eso la discusión sobre la eventual suspensión de las PASO mediante un sistema de colectoras revela mucho más que una simple reforma electoral.

Representa un cambio cultural.

La Libertad Avanza comprende que necesita ampliar su base política sin diluir su identidad. Busca atraer al PRO, seducir a sectores del radicalismo y mantener cerca a los gobernadores aliados sin exigirles una integración formal. Es un mecanismo pragmático, pensado para multiplicar apoyos sin obligar a nadie a renunciar completamente a su propia estructura.

Sin embargo, ese diseño tampoco garantiza el éxito.

Las resistencias dentro de la oposición dialoguista existen. También las hay entre gobernadores que prefieren preservar márgenes de autonomía antes que quedar excesivamente identificados con el Gobierno nacional. Nadie quiere hipotecar anticipadamente su propio capital político.

Mientras tanto, el Senado continúa siendo el territorio más complejo para la Casa Rosada. Allí las mayorías son frágiles, los acuerdos requieren mayor precisión y las diferencias personales pesan tanto como las ideológicas. Cada proyecto se transforma en una negociación distinta. Cada sesión supone empezar de nuevo.

Ese escenario explica por qué la nueva mesa política tendrá un trabajo mucho más arduo del que enfrentó hasta ahora.

Ya no alcanza con ordenar internamente el Gobierno. Hay que ordenar la estrategia legislativa, fortalecer la relación con los gobernadores, administrar los intereses cruzados dentro del propio oficialismo y evitar que las tensiones personales vuelvan a convertirse en un problema público.

El gran interrogante no pasa únicamente por saber quién concentra más poder dentro de la Casa Rosada. Esa respuesta parece bastante evidente.

La verdadera incógnita consiste en determinar si esa concentración permitirá mejorar la eficacia política o si, por el contrario, incrementará la dependencia de un círculo cada vez más reducido de dirigentes.

Los gobiernos suelen atravesar un momento en el que dejan de construir poder y empiezan a administrarlo. Ese punto de inflexión acaba de llegar para Javier Milei.

La reorganización interna ya parece definida. Los nombres están sobre la mesa, las responsabilidades fueron redistribuidas y las jerarquías quedaron más claras que nunca.

Ahora comienza la etapa verdaderamente exigente: convertir esa nueva estructura de poder en resultados concretos.

Porque la política admite muchas formas de acumular autoridad.

Lo realmente difícil siempre ha sido transformarla en gobernabilidad.