OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Karina Milei ya no delega: el poder entra en una nueva etapa de concentración

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

El poder nunca tolera los vacíos. Mucho menos cuando atraviesa una crisis inesperada. La política argentina ofrece innumerables ejemplos de gobiernos que, tras una conmoción interna, respondieron concentrando aún más las decisiones. Eso parece estar ocurriendo ahora en el oficialismo. La salida del ex jefe de Gabinete, Manuel Adorni, no sólo dejó una vacante administrativa. Dejó, sobre todo, la sensación de que el Gobierno perdió capacidad de coordinación en el momento menos oportuno.

En ese escenario emergió con mayor nitidez la figura de Karina Milei. Quienes la conocen desde hace años sostienen que nunca dejó de ejercer una influencia decisiva sobre las principales determinaciones del Gobierno. Sin embargo, existe una diferencia importante entre influir y conducir de manera directa. Esa frontera parece haberse desdibujado en las últimas semanas.

La hermana del Presidente ya no busca únicamente ordenar el funcionamiento cotidiano de la Casa Rosada. Su mirada se expandió hacia el universo político de La Libertad Avanza. La decisión de incorporarse a los canales internos de comunicación de diputados y senadores oficialistas constituye mucho más que un gesto tecnológico. Es una definición política. Significa reducir intermediarios, acortar distancias y establecer una relación directa con quienes deberán defender las iniciativas del Ejecutivo en el Congreso.

No es un dato menor. La experiencia de los últimos meses dejó en evidencia que la maquinaria parlamentaria oficialista estuvo muy lejos del rendimiento esperado. Las demoras para impulsar proyectos considerados prioritarios, las diferencias tácticas con algunos aliados y la crisis desatada tras el caso Adorni terminaron alterando un cronograma legislativo que en el Gobierno imaginaban mucho más dinámico.

Toda administración necesita un centro de gravedad. En los sistemas presidencialistas ese lugar suele ocuparlo el jefe de Gabinete. Cuando esa figura pierde capacidad de articulación, el vacío suele ser llenado por otros actores. En este caso, la Secretaría General de la Presidencia decidió asumir ese rol sin demasiadas escalas.

El movimiento también revela otra realidad: el oficialismo comenzó a pensar menos en la coyuntura y mucho más en el largo plazo. Si hasta hace algunos meses la prioridad consistía en estabilizar la economía y atravesar el primer tramo de gestión, ahora el horizonte parece desplazarse hacia la construcción política que permita llegar competitivo a las próximas elecciones nacionales y, especialmente, al desafío presidencial de 2027.

Ese cambio de perspectiva explica la decisión de intervenir más activamente en la organización legislativa. Ningún proyecto electoral puede sostenerse únicamente sobre los indicadores económicos. También necesita demostrar capacidad de gestión, disciplina política y eficacia parlamentaria. Son precisamente esos tres aspectos los que el oficialismo entiende que debe fortalecer.

La reunión convocada para reunir a legisladores nacionales con funcionarios del Ejecutivo apunta en esa dirección. No será simplemente un encuentro para revisar expedientes o distribuir tareas. Será una instancia destinada a redefinir prioridades, ordenar estrategias y establecer una cadena de mando más clara de la que existía hasta ahora.

Naturalmente, esa reorganización también modifica los equilibrios internos. En política, cada espacio que gana un dirigente suele implicar que otro resigna influencia. La creciente centralidad de Karina Milei obliga inevitablemente a reacomodar liderazgos que hasta hace poco parecían consolidados.

El Senado constituye quizás el escenario donde esas tensiones aparecen con mayor claridad. Allí conviven dirigentes con trayectorias, estilos y vínculos políticos muy distintos. Coordinar semejante diversidad exige una conducción firme, pero también una delicada administración de egos. La creación de nuevos ámbitos de comunicación responde precisamente a esa necesidad de ejercer un seguimiento más estrecho sobre una bancada que deberá afrontar debates particularmente sensibles.

La agenda legislativa tampoco resulta sencilla. La intención de modificar el régimen de adquisición de tierras por parte de extranjeros, los cambios proyectados en materia electoral y la discusión sobre las PASO exigirán acuerdos que exceden ampliamente al oficialismo. Ninguna de esas iniciativas podrá prosperar sin el respaldo de bloques dialoguistas que ya anticiparon que acompañarán sólo algunos aspectos de las reformas y rechazarán otros.

Ese dato obliga a introducir una dosis de realismo. Concentrar la conducción puede mejorar la coordinación interna, pero no reemplaza la necesidad de negociar. El Congreso continúa siendo el ámbito donde las mayorías se construyen mediante acuerdos, concesiones y consensos. Ninguna estrategia de centralización elimina esa regla básica de la democracia parlamentaria.

Existe además otro desafío menos visible, aunque igualmente importante. La Libertad Avanza nació como una fuerza política profundamente personalista, edificada alrededor del liderazgo de Javier Milei. El crecimiento del espacio exige ahora una estructura más compleja, con dirigentes que administren territorios, bloques legislativos y alianzas electorales. Esa transición nunca resulta sencilla porque obliga a institucionalizar un movimiento cuya identidad estuvo siempre asociada a un liderazgo individual.

Karina Milei parece haber comprendido que ese proceso no puede quedar librado a la improvisación. De allí surge su decisión de involucrarse directamente en la coordinación política. El objetivo no parece ser únicamente controlar lo que ocurre hoy, sino evitar que las diferencias internas condicionen las estrategias futuras.

Sin embargo, toda concentración de poder presenta riesgos. Cuando las decisiones comienzan a depender de un círculo cada vez más reducido, también disminuye la circulación de opiniones distintas. Los gobiernos suelen fortalecerse cuando escuchan advertencias antes de cometer errores. En cambio, se debilitan cuando las discrepancias desaparecen porque nadie está dispuesto a formularlas.

La historia política argentina ofrece numerosos antecedentes de administraciones que confundieron disciplina con unanimidad. Esa confusión suele producir resultados efímeros. La cohesión es indispensable para gobernar, pero necesita convivir con la diversidad de criterios y con la capacidad de revisar decisiones cuando la realidad las desmiente.

La nueva etapa que atraviesa el oficialismo parece orientarse hacia una estructura más vertical y centralizada. Es una respuesta comprensible frente a una crisis política que alteró la hoja de ruta del Gobierno. La incógnita consiste en saber si esa reorganización alcanzará para recuperar la iniciativa parlamentaria y consolidar un proyecto político de largo plazo o si, por el contrario, terminará concentrando responsabilidades sin resolver los problemas de fondo.

Porque, al final, el poder puede ordenarse desde un despacho, coordinarse mediante grupos de mensajería o disciplinarse con reuniones periódicas. Pero la verdadera fortaleza de un gobierno siempre termina dependiendo de su capacidad para construir consensos, administrar diferencias y convertir sus objetivos en resultados concretos. Esa es la prueba que comienza ahora para el oficialismo.