El poder también se esconde cuando cuenta votos
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La política suele exhibir una paradoja tan vieja como el propio Congreso: quienes proclaman fortaleza son, muchas veces, los primeros en evitar la prueba que podría confirmarla o desmentirla. Eso fue lo que dejó al descubierto la frustrada sesión del Senado. El oficialismo había convocado al debate, tenía una agenda preparada y buscaba transmitir la imagen de un Gobierno decidido a marcar el ritmo parlamentario. Sin embargo, cuando apareció la posibilidad de una derrota inesperada, eligió un camino muy distinto: impedir que la sesión comenzara.
La escena tuvo un fuerte contenido simbólico. Senadores ingresando al recinto sin ocupar sus bancas. Legisladores esperando el transcurso del reloj reglamentario mientras evitaban completar el número necesario para habilitar el debate. Un oficialismo que terminó desactivando la sesión que él mismo había convocado. En política, los gestos suelen hablar más que los discursos. Y este gesto transmitió una idea incómoda: el Gobierno prefirió administrar el costo político de una sesión caída antes que enfrentar el riesgo de una votación incierta.
El centro de la discusión era la posibilidad de impulsar la interpelación del jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Más allá de la figura del funcionario, el episodio puso sobre la mesa una cuestión mucho más profunda: cómo administra el poder un gobierno que construyó buena parte de su identidad sobre la confrontación y la decisión permanente.
Durante meses, la narrativa oficial se apoyó en la idea de avanzar sin titubeos, de desafiar a las estructuras tradicionales y de exponer a quienes consideraba parte del viejo sistema político. Sin embargo, el Senado mostró que las reglas institucionales poseen una lógica propia. Allí no alcanza con el discurso. Los números importan. Las alianzas son determinantes. Las mayorías pueden modificarse en cuestión de horas y la incertidumbre obliga muchas veces a retroceder.
La decisión de evitar el quórum dejó además otra señal difícil de ocultar: la existencia de tensiones internas dentro del propio oficialismo. Las diferencias estratégicas comenzaron a quedar expuestas incluso antes de que fracasara la sesión. Algunos legisladores parecían dispuestos a avanzar, mientras otros recibían instrucciones completamente diferentes. Las discusiones internas dejaron entrever que no todos compartían el mismo diagnóstico ni la misma respuesta frente al escenario que se estaba desarrollando.
Cuando un bloque político exhibe esas contradicciones en público, el problema trasciende una votación puntual. Empieza a instalarse una pregunta sobre quién toma realmente las decisiones y bajo qué criterios se modifican estrategias que parecían definidas apenas unos minutos antes. La improvisación, en esos casos, suele convertirse en protagonista.
La controversia reglamentaria acerca de si la habilitación de una interpelación requería mayoría simple o dos tercios terminó funcionando como la superficie visible de un problema bastante mayor. En realidad, el debate jurídico quedó rápidamente eclipsado por la percepción política. Porque, aun cuando existieran interpretaciones distintas sobre el procedimiento, lo cierto es que el oficialismo nunca quiso comprobar cuál era la posición real de la mayoría del Senado.
En ese punto apareció otro elemento llamativo. El radicalismo y el PRO mostraban disposición para avanzar con el tratamiento del tema. El peronismo sostenía una interpretación reglamentaria diferente de la impulsada por el oficialismo. Los bloques provinciales mantenían posiciones menos previsibles. El escenario era complejo, pero justamente esa complejidad es la esencia del funcionamiento parlamentario.
El Congreso no está diseñado para ofrecer certezas absolutas. Su naturaleza consiste precisamente en administrar desacuerdos, negociar mayorías y resolver conflictos mediante votaciones. Cuando un gobierno decide impedir que esa dinámica ocurra, transmite inevitablemente una sensación de fragilidad política.
La paradoja es evidente. La administración nacional ha construido buena parte de su legitimidad sobre la idea de enfrentar privilegios, desafiar corporaciones y cuestionar prácticas tradicionales. Sin embargo, cuando llegó el momento de exponerse a una votación potencialmente adversa, optó por una herramienta que históricamente fue utilizada por distintos oficialismos: evitar que el debate exista.
No deja de ser llamativo que esa decisión haya terminado generando críticas provenientes de espacios políticos muy distintos entre sí. Radicales reclamando que el Senado vuelva a funcionar normalmente. Dirigentes del PRO sorprendidos por la caída de una sesión convocada por el propio oficialismo. El peronismo aprovechando para instalar la idea de que el Gobierno carece de los votos necesarios para sostener su posición.
Cada uno construyó su propio relato. Pero todos coincidieron en algo: la imagen institucional que dejó la jornada estuvo lejos de fortalecer al oficialismo.
El episodio también anticipa un desafío mayor para los próximos meses. A medida que avance el calendario legislativo, el Gobierno deberá enfrentar proyectos cada vez más sensibles y negociaciones cada vez más complejas. La capacidad para construir consensos será mucho más importante que la habilidad para administrar conferencias de prensa o dominar la conversación en redes sociales.
Gobernar implica algo más que imponer agenda. También supone aceptar que, en determinados momentos, las instituciones pueden producir resultados incómodos. Esa es precisamente la diferencia entre ejercer el poder y administrar una campaña permanente.
La convocatoria a la Comisión de Asuntos Constitucionales para tratar posteriormente los proyectos de interpelación aparece como un intento de trasladar la discusión hacia un terreno más controlado. Puede ser una estrategia legítima desde el punto de vista parlamentario. Pero difícilmente alcance para borrar la percepción que dejó la sesión frustrada.
Porque el dato político ya quedó instalado. Cuando un oficialismo evita abrir una sesión por temor a perder una votación, la oposición encuentra un argumento difícil de refutar: si los votos existieran, la sesión habría comenzado.
Tal vez el Gobierno logre recomponer esa situación en los próximos días. Tal vez consiga ordenar sus diferencias internas y reconstruir una mayoría parlamentaria. La política argentina ha demostrado innumerables veces que los escenarios cambian con rapidez.
Pero las imágenes también construyen memoria. Y la de varios senadores caminando alrededor de sus bancas sin sentarse para impedir el quórum quedará como una fotografía elocuente de una jornada en la que el poder eligió no medir su verdadera fortaleza.
Paradójicamente, el oficialismo buscó evitar una derrota parlamentaria y terminó dejando expuesta otra clase de debilidad: la de un gobierno que, por un instante, pareció desconfiar de sus propios números.