OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

GRACIAS TOTALES, CAPITÁN

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Todos los días me siento frente a una hoja en blanco para escribir sobre política, economía, decisiones de gobierno, crisis, discusiones interminables, promesas incumplidas y los problemas que, desde hace décadas, parecen condenar a los argentinos a convivir con la incertidumbre. Intento poner en palabras lo que muchos sentimos: la preocupación por el presente, la angustia por el futuro y esa esperanza obstinada de que algún día las cosas cambien. Pero hoy me resulta imposible. A pocas horas de que la Selección Argentina salga al campo de juego para disputar la final de la Copa del Mundo FIFA 2026 frente a España, mi cabeza y mi corazón están puestos en otro lado. Y estoy convencido de que millones de argentinos sienten exactamente lo mismo.

Hay momentos en los que un país entero hace una pausa. Durante unas horas desaparecen las diferencias políticas, las discusiones ideológicas, las preocupaciones económicas y hasta los problemas personales. El reloj parece detenerse y la vida cotidiana queda suspendida. Todos respiramos al mismo ritmo, sufrimos con la misma intensidad y soñamos con el mismo desenlace. Eso es lo que consigue la Selección Argentina. Y eso es lo que Lionel Messi logró durante estos treinta y tres días que nos llevaron desde la ilusión inicial hasta esta cita definitiva con la historia.

No fueron solamente partidos de fútbol. Fueron emociones que nos llevaron muchas veces al borde del colapso y del delirio. Fueron goles que desataron abrazos interminables, atajadas que parecían milagros, noches de insomnio y una sucesión de alegrías y sufrimientos que solamente los argentinos podemos comprender. Cada encuentro fue una prueba para el corazón de un país que volvió a sentirse unido detrás de una camiseta celeste y blanca.

He tenido el inmenso privilegio de ver a la Argentina levantar la Copa del Mundo en 1978, en 1986 y también en aquel inolvidable 2022 que volvió a reconciliarnos con la felicidad colectiva. Sin embargo, esta final tiene un sabor completamente distinto. No porque una cuarta estrella no sea importante. Claro que lo es. Todos soñamos con verla bordada sobre nuestra camiseta. Pero siento que, esta vez, hay algo mucho más profundo que un título. Lo que verdaderamente conmueve es saber que hoy asistimos al último capítulo de una historia irrepetible.

Este será el último Mundial de Lionel Messi con la camiseta de la Selección Argentina. Y solamente escribir esa frase provoca una mezcla de orgullo y tristeza. Durante casi dos décadas nos acostumbramos a verlo conducir al equipo con una naturalidad asombrosa, con la cinta de capitán en el brazo y con esa zurda capaz de transformar una jugada cualquiera en una obra de arte. Nos acostumbramos tanto a su presencia que cuesta imaginar una Copa del Mundo sin él.

Muchos crecieron viendo únicamente a Messi. Otros tuvimos la fortuna de emocionarnos también con Diego Maradona. Nunca me interesó alimentar comparaciones entre dos gigantes que pertenecen a épocas diferentes. Cada uno representó una manera distinta de entender el fútbol y también una manera distinta de representar a la Argentina. Pero si algo ya no admite discusión es que Lionel Messi terminó conquistando definitivamente el corazón de un pueblo que durante mucho tiempo fue injusto con él.

Le exigimos más que a nadie. Le reclamamos que cargara sobre sus hombros el peso de una historia extraordinaria. Le cuestionamos silencios, derrotas y hasta gestos que hoy comprendemos de otra manera. Sin embargo, él respondió como responden los verdaderamente grandes: nunca desde un micrófono, siempre dentro de una cancha. Contestó jugando, levantándose después de cada caída, soportando críticas que habrían quebrado a cualquiera y quedándose cuando muchos, en su lugar, habrían dado un paso al costado para siempre.

Resulta llamativo ver cómo Messi logró conquistar a no pocos personajes de la política que durante años fueron muy duros con él, y hoy harían lo imposible para estar presentes en la tribuna de una final que también lleva su nombre. Tal vez esa sea una de las mayores demostraciones de su dimensión. Con el paso del tiempo logró derribar prejuicios, desarmar viejas críticas y convertir la admiración en un sentimiento prácticamente unánime. Porque el reconocimiento auténtico siempre termina imponiéndose cuando el talento camina de la mano de la humildad.

No voy a negar que deseo profundamente que dentro de unas horas Argentina vuelva a levantar la Copa del Mundo. Quiero ver esa cuarta estrella brillando en nuestra camiseta. Quiero volver a emocionarme escuchando el Himno Nacional antes del partido. Quiero abrazar a mi familia y a mis amigos. Quiero volver a experimentar esa felicidad colectiva que solamente el fútbol es capaz de regalarle a este país tan acostumbrado a las malas noticias.

Pero si soy completamente sincero, creo que el resultado termina siendo apenas una parte de esta historia. Porque existen personas cuya grandeza trasciende cualquier trofeo. Messi pertenece definitivamente a esa categoría. Es enorme porque consiguió todos los logros deportivos imaginables. Porque, para mí, ya no quedan dudas de que es el mejor futbolista que haya existido. Porque logró combinar la picardía del potrero argentino con la precisión y la elegancia del fútbol europeo. Y, sobre todo, porque nunca permitió que la fama lo transformara.

Vivimos tiempos en los que abundan las personas que construyen prestigio a partir del enfrentamiento permanente. Sobran dirigentes que aseguran representar a la gente mientras parecen más preocupados por conservar privilegios que por aliviar los padecimientos cotidianos de quienes confiaron en ellos. Messi recorrió exactamente el camino contrario. Nadie lo votó. Nunca necesitó prometer nada. Nunca buscó convencer con discursos. Llegó hasta donde llegó únicamente gracias al esfuerzo, al sacrificio, al trabajo silencioso y a ese talento extraordinario que tiene para acariciar una pelota y conseguir que millones de personas, aunque sea por un rato, olvidemos las dificultades de todos los días.

Dentro de unas horas volveremos a sufrir como siempre. Cada ataque de España acelerará el corazón de millones de argentinos. Cada avance de nuestra Selección nos hará creer que el sueño está un poco más cerca. Tal vez haya noventa minutos. Tal vez ciento veinte. Tal vez otra definición por penales que nos haga envejecer varios años en unos pocos minutos. Pero cualquiera sea el desenlace, el fútbol habrá llegado hoy al final de una de las historias más extraordinarias que haya conocido este deporte.

La Selección seguirá. Llegarán nuevos talentos, aparecerán otros líderes y habrá nuevas ilusiones. Pero nunca volveremos a ver a Lionel Messi ingresar a una final de un Mundial con la camiseta número diez de la Argentina. Esa imagen pertenece desde hoy a la historia grande del deporte.

Ojalá el fútbol le devuelva a Messi una pequeña parte de todo lo que él le regaló al fútbol. Ojalá esta tarde tenga el final que todos soñamos. Porque algunos jugadores ganan campeonatos, otros conquistan récords, pero muy pocos consiguen quedarse para siempre en el corazón de un pueblo entero. Lionel Messi ya lo logró hace tiempo. Si además hoy puede levantar una vez más la Copa del Mundo, el fútbol habrá escrito el final perfecto para la carrera del capitán más grande que haya tenido la historia de la Selección Argentina.