OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

El gobierno está descubriendo que el tiempo también vota

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay una escena silenciosa que suele pasar desapercibida en la política argentina. No ocurre frente a las cámaras, ni durante una sesión parlamentaria, ni en una conferencia de prensa. Sucede puertas adentro, cuando quienes diseñan el poder empiezan a cambiar el verbo con el que describen el futuro. Pasan del “vamos a ganar” al “todavía podemos ganar”. Parece un matiz menor. No lo es. Es el momento en que la estrategia deja de apoyarse en las certezas y empieza a convivir con la administración de la incertidumbre.

Algo de eso empieza a respirarse en la Casa Rosada. No porque el oficialismo haya perdido el control de la agenda —todavía conserva herramientas para marcar el ritmo político—, sino porque la realidad dejó de obedecer el guion que imaginaba. La economía sigue ofreciendo algunos indicadores que el Gobierno exhibe con orgullo, pero el humor social comenzó a introducir una variable que no aparece en ninguna planilla de Excel: el desgaste.

El problema es que el desgaste tiene una particularidad incómoda. Nunca avisa cuándo deja de ser una molestia para convertirse en tendencia.

Durante meses, el Gobierno logró imponer una narrativa eficaz. Cada dificultad encontraba una explicación en la herencia recibida, cada ajuste se presentaba como una cirugía inevitable y cada conflicto terminaba absorbido por la potencia comunicacional del Presidente. Era un mecanismo relativamente simple: mientras el pasado siguiera ocupando más espacio que el presente, el oficialismo conservaría la iniciativa.

Hoy esa fórmula muestra algunas fisuras.

Resulta llamativo que buena parte de la conversación política ya esté girando alrededor de las próximas elecciones cuando todavía queda un largo recorrido institucional por delante. Esa ansiedad colectiva revela algo más profundo que el calendario electoral: muestra que el sistema político entró en modo supervivencia.

El Gobierno interpreta ese fenómeno como una exageración mediática. Cree que todavía hay tiempo suficiente para recomponer expectativas y que el escenario puede modificarse varias veces antes de la definición real. Es una apuesta razonable. La política argentina tiene una capacidad extraordinaria para cambiar de forma en pocos meses.

Pero también encierra un riesgo.

Confiar demasiado en la volatilidad argentina puede convertirse en una forma sofisticada de subestimar los cambios silenciosos.

Mientras tanto, el oficialismo sigue construyendo poder donde cree que realmente se ganan las elecciones: en las provincias. Los acuerdos con gobernadores, las negociaciones discretas y los pactos legislativos forman parte de una ingeniería menos épica que los discursos presidenciales, aunque probablemente mucho más determinante.

La política argentina siempre fue así.

Los grandes relatos suelen escribirse en Buenos Aires. Las mayorías se terminan armando en el interior.

Sin embargo, incluso esa estrategia tiene límites. Gobernadores e intendentes negocian mientras perciben fortaleza. Cuando huelen debilidad, empiezan a cotizar distinto.

Y ahí aparece otra cuestión interesante.

El debate sobre las PASO parece haberse convertido en una discusión casi burocrática. Oficialmente sigue siendo importante. Extraoficialmente, empieza a cansar incluso dentro del propio oficialismo. Porque, en el fondo, todos saben que las reglas electorales nunca reemplazan a la política.

El peronismo competirá como le resulte más conveniente. Si existen internas, las utilizará. Si no existen, intentará llegar unido. Esa flexibilidad forma parte de su ADN histórico.

La verdadera incógnita no pasa por el reglamento.

Pasa por el estado emocional del electorado.

Ahí es donde el Gobierno enfrenta un desafío más complejo. Durante mucho tiempo construyó su fortaleza sobre una pregunta muy poderosa: “¿Querés volver a lo anterior?”. Esa interpelación todavía conserva eficacia porque buena parte del rechazo hacia el ciclo anterior sigue vigente.

Pero las elecciones tienen una característica incómoda para cualquier oficialismo.

Llega un momento en que el pasado deja de competir solo.

Empieza a competir el presente.

Y el presente obliga a responder preguntas distintas.

¿Cómo sigue creciendo la economía?

¿Dónde aparecen nuevas inversiones?

¿Por qué el riesgo financiero vuelve a generar inquietud?

¿Por qué ciertos indicadores empiezan a transmitir señales ambiguas?

Son interrogantes que ya no alcanzan a resolverse únicamente con referencias a la inflación o al equilibrio fiscal.

El mercado tampoco funciona exclusivamente con datos.

También opera con expectativas.

Por eso resulta revelador que algunos empresarios hayan salido más tranquilos después de escuchar conversaciones privadas que luego de asistir a los discursos públicos. Es un detalle aparentemente menor, pero dice bastante.

Cuando el sector privado necesita traducciones adicionales para interpretar el mensaje oficial, significa que la comunicación empieza a perder precisión.

Y la confianza nunca tolera demasiado tiempo esa clase de ambigüedades.

Hay otro aspecto que merece atención.

El oficialismo sigue convencido de que Javier Milei conserva una ventaja importante respecto de cualquier candidato opositor. Probablemente tenga razones para sostener esa confianza. La oposición todavía aparece fragmentada, sin liderazgo indiscutido y con enormes dificultades para construir un relato competitivo.

Pero una ventaja electoral no siempre evoluciona de manera lineal.

La historia argentina está llena de candidatos que parecían invencibles hasta que dejaron de parecerlo.

No porque cambiaran ellos.

Porque cambió el clima.

La pregunta decisiva quizás no sea quién lidera hoy las encuestas. Tal vez sea otra: ¿qué motor impulsará el voto dentro de un año?

Durante la campaña que llevó a Milei a la Presidencia existía un combustible evidente: la bronca.

Hoy ese combustible perdió parte de su intensidad.

La esperanza tampoco alcanza, por sí sola, para reemplazarlo.

Y ahí aparece una palabra que el Gobierno todavía parece evitar con cierta incomodidad: crecimiento.

No el crecimiento estadístico.

El crecimiento tangible.

El que llega al bolsillo, al empleo, al consumo y a la sensación cotidiana de progreso.

Porque ninguna narrativa política resiste indefinidamente si deja de conectarse con la experiencia concreta de quienes la escuchan.

Existe, además, un fenómeno menos visible que empieza a condicionar al oficialismo.

La gestión entró en una etapa donde administrar expectativas resulta más difícil que administrar conflictos.

Los conflictos pueden desactivarse.

Las expectativas incumplidas permanecen.

Quizás por eso el Gobierno insiste tanto en instalar una elección emocional antes que programática. La lógica es comprensible: si la sociedad termina eligiendo entre miedo al pasado y confianza en el rumbo actual, las posibilidades oficialistas aumentan considerablemente.

Pero esa estrategia también tiene una fecha de vencimiento.

Llega un momento en que los ciudadanos dejan de preguntarse de dónde vienen.

Empiezan a preguntarse hacia dónde están yendo.

Y esa transición puede convertirse en el verdadero examen político del mileísmo.

Porque el tiempo, ese aliado invisible que impulsó el cambio hace pocos años, también puede transformarse en un adversario exigente.

Las elecciones futuras no dependerán únicamente de cuánto recuerde la sociedad los errores del pasado.

Dependerán, sobre todo, de cuánto logre percibir que el futuro dejó de ser una promesa para convertirse en una experiencia concreta.

Ahí es donde comienza la política más difícil.

La que ya no se gana con diagnósticos.

La que obliga a ofrecer resultados.