El gran desafío: pensar la Rafaela que viene
La carrera electoral ya se largó.
Que nadie se confunda con los calendarios electorales ni con las formalidades partidarias. En los hechos, la carrera por el sillón mayor de Moreno 8 ya comenzó.
Hay dirigentes que ya se muestran, otros que miden fuerzas, algunos que esperan agazapados el momento oportuno y varios que todavía no blanquearon sus intenciones. La lista de aspirantes supera los cinco nombres y, dentro de ese universo, al menos tres parecen tener posibilidades concretas de protagonizar la pelea.
Pero hay algo mucho más importante que saber quién quiere ser intendente.
La verdadera discusión debería ser qué Rafaela queremos construir.
Porque si la elección se transforma exclusivamente en una pelea de nombres, internas, encuestas, cargos y ambiciones personales, estaremos cometiendo el peor de los errores: discutir el futuro de una ciudad pensando únicamente en los próximos cuatro años.
Y Rafaela da para muchísimo más.
Rafaela tiene un potencial enorme. Probablemente mucho mayor del que nosotros mismos estamos dispuestos a reconocer.
Tiene agro, industria, universidades, empresas, emprendedores, instituciones, profesionales, trabajadores calificados y una cultura del esfuerzo y del trabajo que no abunda en la Argentina.
Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿por qué no pensar en grande?
¿Por qué no pensar, por ejemplo, en que Rafaela pueda transformarse en un gran polo tecnológico argentino?
Hablar hoy de un polo informático ya no es hablar de ciencia ficción. Las nuevas tecnologías acortaron las distancias de una manera extraordinaria. Una empresa tecnológica puede desarrollarse en Rafaela, vender en Buenos Aires, trabajar para Europa y exportar servicios al mundo.
El territorio dejó de ser una limitación. La capacidad humana pasó a ser el principal activo.
Y Rafaela tiene ese activo.
¿Por qué no pensar en una especie de Silicon Valley argentina?
No se trata de copiar modelos ajenos ni de vender humo con palabras de moda. Se trata de aprovechar lo que ya tenemos y llevarlo a otra dimensión.
Universidades que formen profesionales. Empresas que demanden talento. Un municipio que facilite y no que complique. Infraestructura digital de primer nivel. Incentivos para que los jóvenes no tengan que emigrar para encontrar oportunidades. Vinculación entre el sector privado, el sistema educativo y el Estado. Investigación. Innovación. Inteligencia artificial. Software. Biotecnología. Agroindustria.
Todo eso puede convivir en Rafaela.
Y no solamente puede convivir. Puede convertirse en una enorme oportunidad de desarrollo.
Pero para eso hace falta algo que muchas veces escasea en la política: visión.
Hay que dejar de pensar en la próxima elección y empezar a pensar en los próximos 100 años.
El intendente que venga deberá resolver los problemas cotidianos, naturalmente. Las calles, el tránsito, la seguridad, los servicios, la infraestructura, la limpieza y todo aquello que forma parte de la gestión diaria.
Pero un intendente no debería limitarse a administrar los problemas.
Debe ser capaz de imaginar el futuro.
Rafaela no puede conformarse con ser una ciudad ordenada, productiva y trabajadora. Tiene condiciones para convertirse en mucho más.
Puede aspirar a ser un centro regional de conocimiento, producción, tecnología e innovación. Puede atraer inversiones. Puede generar empleos de calidad. Puede retener a sus jóvenes. Puede convertirse en referencia nacional en determinadas áreas.
El mundo está cambiando a una velocidad brutal.
Las ciudades que entiendan ese cambio van a crecer. Las que no lo hagan quedarán mirando cómo las oportunidades pasan por delante.
Por eso, la discusión electoral que recién comienza debería elevarse por encima de la pelea pequeña.
No se trata solamente de quién ocupará Moreno 8. Se trata de qué proyecto de ciudad llegará a Moreno 8.
Porque una cosa es querer ser intendente para ganar una elección.
Y otra, completamente distinta, es querer ser intendente para transformar una ciudad.
La primera puede ser legítima, pero es insuficiente.
La segunda exige otra cabeza, otra preparación y, sobre todo, otra ambición.
Rafaela no necesita dirigentes que piensen en cómo ganar una elección. Necesita dirigentes que se animen a pensar en grande.
Pensar en los próximos 100 años.
Pensar en nuestros hijos y en nuestros nietos.
Pensar una ciudad capaz de competir, de atraer talento, de generar riqueza y de convertirse en una referencia nacional.
Porque Rafaela tiene con que.
Y si tiene con que, sería un verdadero desperdicio que la política volviera a encerrarse en la discusión de siempre: quién gana, quién pierde, quién mide más, quién tiene la lapicera y quién se queda con el cargo.
Rafaela da para más. Para mucho más.
Y quizás la próxima elección sea una oportunidad extraordinaria para empezar, de una vez por todas, a discutirlo.
La Rafaela que queremos dejarles a nuestros hijos y nietos no se construye con miedo ni con conformismo. Se construye con visión, con trabajo y con la convicción de que podemos estar entre las grandes ciudades de la Argentina.
Animémonos. Rafaela puede. Y el futuro no espera.