OPINIÓN Por Carlos Zimerman

Trump frente a Irán y la hora de una decisión

RESUMEN

  • Donald Trump volvió a poner sobre la mesa la posibilidad de una nueva ofensiva de gran escala contra Irán y reconoció que deberá tomar próximamente una decisión importante.
  • El régimen iraní mantiene desde hace décadas una política de confrontación con Estados Unidos e Israel, además de respaldar a distintos actores armados de Medio Oriente.
  • Quienes defienden una línea más dura consideran que las sanciones y la diplomacia no alcanzaron para modificar la conducta de Teherán y reclaman una respuesta contundente.
  • Una eventual ofensiva estadounidense tendría consecuencias sobre todo Medio Oriente, especialmente Israel, los países del Golfo, Yemen y el estrecho de Ormuz.
  • Trump enfrenta ahora una decisión que no admite improvisaciones: negociar, profundizar la presión económica o recurrir nuevamente a la fuerza militar para intentar modificar el equilibrio estratégico de la región.

Hay momentos en los que la diplomacia deja de ser una herramienta suficiente y los gobiernos deben decidir hasta dónde están dispuestos a tolerar que una amenaza siga creciendo.

Donald Trump volvió a poner sobre la mesa una posibilidad que nadie debería tomar a la ligera: una nueva ofensiva de gran escala contra Irán.

Y acá conviene hablar sin vueltas.

El régimen iraní no es simplemente otro gobierno con el que Occidente tiene diferencias. Desde hace décadas, la República Islámica sostiene una política exterior enfrentada con Estados Unidos e Israel, respalda a organizaciones armadas de la región y mantiene un programa nuclear que Washington y sus aliados consideran una amenaza estratégica.

Por eso, cuando Trump dice que tiene “una decisión importante” por delante, no está hablando solamente de una operación militar. Está hablando de qué hacer con un régimen que ha construido buena parte de su estrategia regional sobre la confrontación.

La pregunta que nadie puede esquivar

La cuestión es sencilla, aunque la respuesta no lo sea.

¿Hasta cuándo se puede presionar, negociar, sancionar y advertir a un régimen que continúa desafiando a Occidente y amenazando a sus adversarios?

Los partidarios de una línea más dura sostienen que las sanciones y las negociaciones no alcanzaron para modificar sustancialmente la conducta de Teherán. Desde esa perspectiva, una acción militar contundente buscaría elevar el costo de continuar con esa política.

Trump parece estar evaluando precisamente ese camino.

Pero hay una diferencia fundamental entre golpear para demostrar poder y tener una estrategia para lo que viene después. Cualquier decisión militar de Washington tendría consecuencias regionales y globales, especialmente sobre Israel, Arabia Saudita, los países del Golfo, el petróleo y el estrecho de Ormuz.

Irán no está solo en el tablero

El problema tampoco termina en las fronteras iraníes.

Teherán mantiene vínculos con distintos actores armados de Medio Oriente y utiliza una red de aliados y organizaciones asociadas para proyectar influencia en la región. Yemen, Irak, Siria, Líbano y Gaza forman parte de un tablero mucho más grande.

Por eso, quienes defienden una política de máxima presión argumentan que permitir que Irán conserve intacta esa estructura significa mantener abierta una fuente permanente de inestabilidad.

La discusión, entonces, no debería reducirse a “guerra sí” o “guerra no”.

La discusión real es qué estrategia puede impedir que un régimen considerado hostil por Washington y sus aliados continúe aumentando su capacidad militar y su influencia regional.

Trump quiere que Teherán entienda el mensaje

Trump siempre construyó buena parte de su política exterior sobre una idea: mostrar capacidad de respuesta para que el adversario entienda que determinadas líneas no pueden cruzarse impunemente.

Ahora vuelve a encontrarse frente a esa disyuntiva.

Puede avanzar hacia una negociación, mantener la presión económica o recurrir nuevamente a la fuerza militar.

La presencia simultánea de funcionarios estadounidenses e iraníes en Nueva York, durante la Asamblea General de Naciones Unidas, agrega una dimensión diplomática a un conflicto que también tiene una enorme dimensión militar.

Pero mientras se habla en los salones de la ONU, los misiles, los drones, las sanciones y las amenazas siguen formando parte de la realidad de Medio Oriente.

Una decisión que tendrá consecuencias

Quienes sostienen una política de máxima presión contra Irán consideran que el objetivo debería ser impedir que Teherán pueda seguir amenazando a sus adversarios y financiando estructuras militares en la región.

Otros advierten que una nueva ofensiva podría ampliar el conflicto y generar consecuencias difíciles de controlar.

Ese es el dilema que tiene Trump sobre la mesa.

Lo que no parece discutible es que el régimen iraní continuará siendo uno de los principales desafíos estratégicos de Medio Oriente mientras mantenga su actual política regional.

Ahora le corresponde a Washington decidir cuál será la respuesta.

Y si Trump opta por endurecer nuevamente la presión, deberá quedar claro que cualquier acción militar no puede ser simplemente una demostración de fuerza: deberá responder a objetivos concretos, evitar una escalada incontrolable y estar acompañada por una estrategia política para el día después.

Porque en Medio Oriente, ganar una batalla puede ser relativamente sencillo.

Lo verdaderamente difícil es conseguir que después de esa batalla exista un escenario más seguro que el que había antes.