La carrera que el Gobierno adelantó
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay una paradoja que atraviesa la discusión electoral del oficialismo y que explica buena parte de su inquietud actual. Mientras el Gobierno sostiene que las PASO anticipan la campaña y consumen meses valiosos de gestión, la propia dinámica del poder ya instaló la lógica de la reelección como un horizonte inmediato. Antes de que el calendario obligara a hablar de 2027, la conversación ya había empezado puertas adentro, en los actos políticos y en las negociaciones parlamentarias. Ahora, cuando el reloj del Congreso se vuelve un actor más de la escena, la Casa Rosada descubre que el tiempo ya no es solamente una variable administrativa: también es una amenaza política.
El dato que mejor resume ese clima no es la cantidad de votos asegurados ni el estado de las conversaciones con los aliados. Es una frase pronunciada en voz baja, casi como una confesión incómoda: la posibilidad de que la reelección se complique si no prospera la reforma electoral. Allí aparece el verdadero corazón del conflicto. La pelea por las PASO dejó de ser una discusión técnica sobre procedimientos electorales para convertirse en una disputa sobre las condiciones en las que el oficialismo pretende llegar a la próxima competencia presidencial.
Durante meses, La Libertad Avanza construyó una narrativa basada en la confrontación con las estructuras tradicionales. Sin embargo, cuanto más se acerca el momento de modificar las reglas, más depende precisamente de esas estructuras. Radicales, dirigentes del PRO, gobernadores y bloques provinciales pasaron de ser interlocutores circunstanciales a piezas imprescindibles para sostener el proyecto. Esa necesidad obliga al Gobierno a practicar un ejercicio que siempre le resultó incómodo: negociar sin exhibir debilidad.
La tensión aparece con nitidez en la estrategia elegida. La eliminación de las PASO fue presentada como el objetivo principal. Después empezó a asomar otra posibilidad: suspenderlas. Más tarde apareció una tercera variante: volverlas optativas. Cada alternativa revela algo más profundo que una diferencia legislativa. Expone la adaptación de un oficialismo que empieza a comprender que gobernar también significa administrar retrocesos sin admitirlos como tales.
El problema es que cada movimiento deja una huella. Cuando un gobierno presenta una reforma como indispensable y luego acepta discutir versiones atenuadas, inevitablemente transmite que el objetivo ya no es preservar un principio sino encontrar una salida. La política suele distinguir entre convicción y necesidad. En este caso, ambas empiezan a confundirse.
Mientras tanto, el calendario avanza con una indiferencia que el poder nunca logra domesticar. Los días que restan para cerrar el período ordinario del Congreso funcionan como un reloj visible sobre el escritorio presidencial. La advertencia institucional sobre la necesidad de implementar los cambios con tiempo suficiente fue recibida con fastidio por algunos sectores del oficialismo, que la consideran innecesaria. Sin embargo, la advertencia existe porque la organización de un sistema electoral nunca depende únicamente de la voluntad política. También requiere previsibilidad. Y la previsibilidad es justamente el recurso más escaso cuando las mayorías todavía deben construirse voto por voto.
Hay otro aspecto llamativo en esta historia. El oficialismo argumenta que las PASO beneficiarían especialmente al peronismo porque le permitirían ordenar sus diferencias internas antes de la elección general. Esa lectura puede tener lógica desde la conveniencia electoral. Pero también deja al descubierto una inquietud menos confesada: el Gobierno parece preocuparse tanto por la capacidad del adversario para organizarse como por la propia necesidad de evitar mostrar anticipadamente sus cartas.
En ese punto aparece una discusión interesante sobre la naturaleza del poder. Los gobiernos suelen creer que controlar el calendario equivale a controlar la política. La experiencia demuestra lo contrario. Las elecciones tienen fechas. Las campañas tienen ritmos propios. Pero la percepción pública empieza a construirse mucho antes de que aparezcan las boletas.
De hecho, resulta difícil sostener que la campaña empezaría con las PASO cuando desde el propio espacio oficialista ya hubo gestos explícitos hacia una nueva candidatura presidencial. Los cánticos, los lanzamientos implícitos y las señales dirigidas a la militancia terminaron instalando una conversación que ahora se intenta presentar como un problema generado por el calendario electoral. La política rara vez consigue convencer cuando pretende atribuir al reglamento consecuencias que nacieron de sus propias decisiones.
Como si ese frente no fuera suficiente, la negociación parlamentaria sufrió una interferencia inesperada. La controversia alrededor del presupuesto vinculado a discapacidad abrió una grieta donde el oficialismo esperaba encontrar disciplina. Las críticas internas revelaron algo más importante que una diferencia de contenido. Mostraron problemas de coordinación.
Las objeciones de Patricia Bullrich reflejan precisamente ese malestar. No se trata solamente de cuestionar una decisión puntual. También aparece una crítica al método con el que se construyen algunas decisiones estratégicas. Cuando dirigentes relevantes descubren aspectos sensibles sobre la marcha, el problema deja de ser únicamente legislativo. Empieza a convertirse en una cuestión de conducción.
Martín Menem eligió otro camino: evitar el conflicto público. Esa diferencia de estilos también ilustra una característica del oficialismo. Mientras algunos exponen sus reparos, otros prefieren administrar silencios. Ambos comportamientos conviven dentro de una estructura que todavía busca consolidar mecanismos estables para procesar las diferencias sin convertirlas en crisis visibles.
Los gobernadores observan todo desde una posición singularmente pragmática. Ninguno parece dispuesto a regalar una herramienta política sin recibir garantías equivalentes. La discusión dejó de parecerse a un debate institucional para adoptar la lógica de un intercambio permanente. Primero el acuerdo, después el respaldo. O primero el respaldo, después el acuerdo. Esa inversión del orden resume buena parte del bloqueo actual.
Tal vez el verdadero interrogante no sea si las PASO sobrevivirán. Tampoco si la reforma llegará antes de fin de año. La pregunta más interesante es otra: cuánto cambia un gobierno cuando empieza a organizar su presente en función de una elección futura.
El poder siempre convive con esa tentación. Administrar pensando en la próxima gestión puede fortalecer una estrategia o debilitar el presente. La diferencia suele depender del equilibrio entre ambas prioridades. Cuando todo empieza a leerse en clave electoral, incluso las decisiones administrativas adquieren el peso simbólico de una campaña anticipada.
Bioy Casares escribió alguna vez que los días empiezan a sentirse distintos cuando se vuelven escasos. La frase parece describir este momento político. Cada jornada que pasa reduce el margen para ordenar aliados, cerrar acuerdos y transformar intenciones en leyes. Y mientras el oficialismo intenta desactivar una herramienta electoral que considera inconveniente, enfrenta una ironía difícil de ignorar: la carrera hacia la reelección parece haber comenzado mucho antes de que lograra decidir cómo quiere que se vote.