El wokismo es el verdadero cáncer ideológico del siglo XXI: Milei tiene razón
RESUMEN
El wokismo se ha convertido en una de las expresiones más perjudiciales de la decadencia cultural y política del siglo XXI.
Javier Milei tiene razón cuando enfrenta una ideología que pretende reemplazar el esfuerzo, el mérito y la libertad por el adoctrinamiento y la dependencia del Estado.
Los sectores más radicalizados de la izquierda encontraron en determinadas estructuras estatales una manera de sostener su militancia con el dinero de los contribuyentes.
Los conflictos que atraviesa Francia obligan a debatir las consecuencias de décadas de políticas que, en nombre del progresismo, debilitaron la autoridad y la responsabilidad individual.
Es necesario terminar con el predominio de estas ideas y recuperar definitivamente la cultura del trabajo, el mérito y el respeto por quienes sostienen al Estado con sus impuestos.
Hay que comenzar a llamar a las cosas por su nombre. El wokismo es, a mi entender, el verdadero cáncer ideológico del siglo XXI. Una corriente que, detrás de un discurso aparentemente progresista, ha terminado convirtiéndose en una herramienta de confrontación social, intolerancia política y desprecio por valores fundamentales como el trabajo, el esfuerzo personal, la libertad y el mérito.
Por eso coincido plenamente con Javier Milei cuando denuncia públicamente las consecuencias de esta ideología. El presidente argentino ha tenido el coraje de enfrentar un discurso que durante años pareció intocable, protegido por sectores políticos, académicos y culturales que pretendían imponer una única manera de pensar. Milei comprendió algo fundamental: una sociedad que castiga al que produce y premia la dependencia permanente del Estado termina condenándose a la decadencia.
Lo más indignante es que buena parte de la militancia política que ha hecho del wokismo su bandera parece haber encontrado una actividad extraordinariamente rentable: vivir alrededor del presupuesto público. Organizaciones, estructuras burocráticas, programas de dudosa utilidad y cargos creados para sostener aparatos ideológicos constituyen, en muchos casos, un universo que merece ser revisado profundamente.
Son los profesionales del discurso, los militantes del subsidio y los eternos enemigos del esfuerzo ajeno. Algunos de sus exponentes jamás han tenido que arriesgar capital, generar empleo, pagar salarios o sostener una empresa. Sin embargo, se consideran moralmente habilitados para indicarle al empresario cómo debe producir, al trabajador cómo debe pensar y al ciudadano cómo debe vivir.
Y lo hacen, demasiadas veces, con recursos que salen del bolsillo de quienes verdaderamente trabajan.
No es casualidad que sectores provenientes de una izquierda que ha fracasado reiteradamente en sus experimentos económicos hayan encontrado refugio en estas nuevas expresiones ideológicas. Cuando el comunismo perdió buena parte de su capacidad de seducción económica, algunos de sus herederos encontraron en las disputas culturales una nueva forma de protagonismo político. Cambiaron las consignas, modernizaron el lenguaje y adoptaron nuevas banderas, pero conservaron una vieja obsesión: ampliar el poder político sobre la vida de las personas.
Lo que sucede en Francia merece una reflexión profunda. Los episodios de violencia, los disturbios y las tensiones sociales que atraviesa ese país no pueden explicarse mediante una sola causa, pero tampoco deberían quedar al margen del debate sobre las políticas culturales y sociales que sus gobiernos impulsaron durante décadas.
En mi opinión, parte de la dirigencia europea confundió tolerancia con permisividad, integración con ausencia de exigencias y derechos con la desaparición de las responsabilidades individuales. Cuando una sociedad deja de exigir respeto por la ley, esfuerzo personal y responsabilidad, corre el riesgo de debilitar las bases de su propia convivencia.
Francia, que supo representar valores extraordinarios de la civilización occidental, enfrenta hoy contradicciones que deberían preocupar a toda Europa. No se trata de cuestionar la diversidad ni los derechos individuales, sino de preguntarse hasta qué punto determinadas políticas públicas han contribuido a consolidar una cultura en la que las obligaciones parecen importar cada vez menos.
Y aquí aparece nuevamente la importancia de Javier Milei. Mientras numerosos dirigentes occidentales continúan atrapados en discursos políticamente correctos, el presidente argentino se anima a cuestionar los privilegios de quienes pretenden transformar al Estado en una fuente inagotable de financiamiento para sus proyectos ideológicos.
El dinero público no pertenece a los políticos, ni a los militantes, ni a las organizaciones que se consideran dueñas de la superioridad moral. Pertenece a los contribuyentes. A los comerciantes que levantan sus persianas cada mañana, a los industriales que invierten, a los profesionales que trabajan, a los empleados que cumplen sus jornadas y a los emprendedores que arriesgan sus ahorros para construir un futuro mejor.
Es absolutamente inadmisible que quienes sostienen económicamente a un país deban financiar indefinidamente estructuras cuya utilidad social no puede demostrarse.
Pero existe algo todavía más preocupante: la intolerancia de quienes se presentan como defensores de la tolerancia. Muchos exponentes del wokismo proclaman la diversidad mientras intentan desacreditar a cualquiera que piense diferente. Hablan de libertad, pero pretenden establecer qué palabras pueden utilizarse, qué opiniones deben censurarse y cuáles son las ideas socialmente aceptables.
No hay nada verdaderamente progresista en perseguir intelectualmente al que piensa distinto. No hay justicia social en despreciar el mérito. Y no existe futuro posible para una nación que convierte la dependencia estatal en un proyecto permanente de vida.
El siglo XXI necesita una revolución cultural, pero no la que proponen los burócratas de la corrección política. Necesita recuperar el valor del trabajo, la educación exigente, la responsabilidad individual, el respeto por la propiedad privada y la libertad de pensamiento.
Necesitamos menos funcionarios dedicados a imponer ideologías y más personas produciendo. Menos estructuras políticas financiadas sin controles y más inversiones. Menos adoctrinamiento y más educación. Menos discursos sobre supuestos privilegios y más oportunidades reales para quienes quieren progresar.
El wokismo, como ideología de imposición cultural y dependencia política, debe perder definitivamente su influencia. Sus ideas deben ser derrotadas en el debate democrático y sus estructuras privilegiadas, cuando existan, deben dejar de sostenerse con los impuestos de quienes trabajan. Las personas tienen derecho a pensar como quieran, pero ninguna corriente ideológica tiene derecho a vivir eternamente a costa del contribuyente.
Por eso respaldo a Javier Milei en esta batalla cultural. Porque entiendo que la discusión no es solamente económica. Es una disputa por los valores sobre los cuales queremos construir nuestras sociedades.
La Argentina y el mundo necesitan que desaparezca la cultura del privilegio, no la cultura del esfuerzo. Que termine el negocio de la dependencia y vuelva a ocupar el centro de la escena la dignidad del trabajo.
El futuro no pertenece a quienes viven de imponer consignas, sino a quienes se levantan cada mañana para estudiar, trabajar, invertir, producir y construir.
El wokismo podrá seguir haciendo ruido, pero las sociedades que quieran progresar deberán elegir entre financiar eternamente la decadencia o recuperar la cultura del trabajo.
Yo no tengo ninguna duda de qué lado estoy.
Con fe, esperanza y convicción.