Perotti, memoria selectiva y el peso de un voto imperdonable

OPINIÓN Carlos Zimerman
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Cuando Omar Perotti reaparece en la escena pública con tono solemne, pretendiendo erigirse en defensor de los jubilados santafesinos, conviene ejercitar la memoria. En política, como en la vida, nadie puede reinventarse a sí mismo sin cargar con el peso de sus decisiones pasadas. Y Perotti tomó una de enorme gravedad institucional y moral: acompañó con su voto el llamado “Memorándum de Entendimiento con Irán”, una maniobra diplomática que pretendió maquillar de cooperación judicial lo que en realidad fue una claudicación ante un régimen acusado de haber amparado a los responsables del atentado más brutal de la historia argentina.


Aquel pacto —firmado en 2013— buscaba, bajo la excusa de destrabar la causa AMIA, crear una “Comisión de la Verdad” conjunta con la República Islámica de Irán. En términos simples: poner en pie de igualdad a la Justicia argentina con el Estado sospechado de proteger a los acusados. Un disparate jurídico sin antecedentes, que fue rechazado por las víctimas, por amplios sectores de la comunidad internacional y finalmente declarado inconstitucional por la Justicia argentina.


Perotti no fue un actor secundario ni un distraído. Fue uno de los legisladores que levantó la mano para avalar ese engendro institucional. Con su voto se alineó sin matices con el poder político de entonces, encabezado por Cristina Kirchner, priorizando la disciplina partidaria por sobre la dignidad nacional y el reclamo de justicia.


Por eso resulta, cuanto menos, incómodo verlo hoy ensayar poses de sensibilidad social selectiva, como si su trayectoria no estuviera marcada por decisiones que afectaron directamente la credibilidad internacional de la Argentina y el respeto a las víctimas del terrorismo. No alcanza con hablar de jubilados ni con declamar preocupación por los sectores vulnerables cuando se ha sido parte de uno de los episodios más oscuros de la política exterior argentina reciente.


La sociedad santafesina —y la argentina toda— merece dirigentes con coherencia, no especialistas en amnesia conveniente. Porque quien fue capaz de convalidar un pacto espurio con un régimen acusado de encubrir terroristas difícilmente pueda hoy presentarse como paladín de los desprotegidos sin antes dar explicaciones.


La política no es un escenario donde uno cambia de máscara según la ocasión. Es, o debería ser, el territorio de la responsabilidad. Y esa responsabilidad no prescribe.

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