Un Concejo destituyente buscó la expulsión de Fabricio Dellasanta porque “molesta” con sus denuncias

RAFAELA Por Carlos Zimerman

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Por Carlos Zimerman

En Rafaela ya no sorprende nada, pero hay episodios que, por burdos, igual llaman la atención. Esta vez, el Concejo Municipal decidió dar un paso más allá: firmar en conjunto una declaración contra el concejal Fabricio Dellasanta, basada en supuestos dichos que, casualmente, aparecieron recortados, descontextualizados y oportunamente amplificados.

“Cuando todos firman lo mismo al mismo tiempo, no es consenso: es obediencia.”

Lo curioso —o lo preocupante— no es solo el contenido de la declaración, sino la sincronización. Oficialismo, oposición, propios y ajenos: todos en fila. Incluso la concejal libertaria Milagros Zafra, compañera de bancada del propio Dellasanta, decidió sumarse al coro. Un dato que, lejos de ser anecdótico, deja al descubierto que acá no hubo convicciones, sino alineamiento.

Porque si algo quedó claro es que esto no fue un gesto institucional. Fue otra cosa.

“No fue una declaración: fue un aviso. Y el destinatario tiene nombre y apellido.”

La jugada es transparente para cualquiera que quiera verla: instalar un clima, generar presión, construir el argumento. Dejar abierta la puerta. No hace falta decirlo explícitamente cuando el objetivo se insinúa con suficiente claridad: avanzar hacia la expulsión de Dellasanta del cuerpo legislativo.

Sí, expulsión.

Una palabra pesada, incómoda, pero que empieza a sobrevolar con naturalidad en un ámbito que debería ser, justamente, el refugio del debate democrático.

“Cuando un cuerpo deliberativo empieza a pensar en expulsar al que incomoda, deja de ser deliberativo.”

Lo más grave no es la crítica —legítima en cualquier democracia— sino el método. Se tomó un recorte, se lo infló, se lo convirtió en escándalo y luego se firmó en masa. Sin matices. Sin dudas. Sin siquiera el mínimo ejercicio de reflexión individual.

Y ahí aparece otro elemento que muchos prefieren no nombrar, pero que en los pasillos se comenta en voz baja: detrás de esta movida no hay valentía política, hay conducción en las sombras. Un personaje siniestro —de esos que no firman, pero ordenan— fue quien empujó la operación.

El resto hizo lo que mejor sabe hacer: obedecer.

“No actuaron como representantes: actuaron como ejecutores.”

Porque lo verdaderamente alarmante no es que exista una diferencia política con Dellasanta. Es que, frente a esa diferencia, la respuesta haya sido corporativa, coordinada y con tufillo a disciplinamiento.

Y ahí es donde el Concejo entero queda expuesto. No por lo que dijeron, sino por cómo lo hicieron.

Firmaron todos juntos. Sin grietas. Sin preguntas. Como si alguien hubiese bajado la orden y ellos, prolijos, la hubieran cumplido.

“Más que un Concejo, pareció un rebaño.”

Podrán argumentar que se trató de una defensa institucional, de un límite necesario o de una reacción frente a excesos. Pero el problema es que, cuando todos reaccionan igual, al mismo tiempo y con el mismo libreto, la explicación pierde credibilidad.

Y gana fuerza otra hipótesis: la de una maniobra destituyente, tan torpe como peligrosa.

Porque hoy es Dellasanta. Mañana puede ser cualquiera que se anime a incomodar.

Y cuando eso pasa, la democracia deja de ser un sistema de representación para convertirse en un sistema de castigo.

Rafaela merece algo mejor que concejales que firman sin pensar, que actúan sin cuestionar y que se mueven al ritmo de intereses que nadie votó.

Pero, sobre todo, merece un Concejo que entienda algo básico:
la diferencia no se expulsa, se discute.

Aunque moleste. Aunque incomode. Aunque diga lo que muchos prefieren callar.

La vergonzosa declaración que firmaron los concejales: un Concejo destituyente quiso expulsar a Fabricio Dellasanta porque “molesta”

hoy

El documento existe. Está firmado. Tiene fecha: 31 de marzo de 2026. Y, sobre todo, tiene un objetivo que ya no se puede disimular.

El Concejo Municipal de Rafaela dejó por escrito algo mucho más grave que un simple “repudio”: dejó asentada una maniobra política para disciplinar —y eventualmente expulsar— al concejal Fabricio Dellasanta.

No es interpretación. Es lectura.

“Cuando la presión política se convierte en documento oficial, deja de ser opinión y pasa a ser operación.”


📄 Lo que dice el documento (y lo que realmente significa)

A primera vista, el texto parece institucional. Habla de “rechazo”, “violencia”, “convivencia”. Palabras correctas, prolijas, políticamente aceptables.

Pero cuando se lo desarma, aparece otra cosa.


🔴 Condena sin pruebas

El documento afirma que los dichos de Dellasanta “justifican y promueven violencia”.

Una acusación gravísima.

¿El problema?

  • No hay contexto
  • No hay investigación
  • No hay prueba concreta
  • No hubo descargo previo

“Primero condenan, después —si sobra tiempo— verán qué pasó.”


🔴 Se arrogan el rol de jueces

Cuando los concejales dicen que “no naturalizan la violencia” y que eso “no es el rol de un representante público”, hacen algo más que opinar.

👉 Se colocan como árbitros de lo que está permitido decir.

No debaten.
No discuten.
Definen.

“Se creen dueños del límite de la palabra.”


🔴 El punto más grave: quieren imponer qué pensar

El documento da un salto peligroso cuando afirma:

👉 “Ese no es el rol de un representante público”

Ahí ya no hay crítica.

Hay intento de disciplinamiento.

Están diciendo, en términos claros:

  • qué se puede decir,
  • cómo se debe pensar,
  • qué postura es válida

“No cuestionan una idea: pretenden reemplazarla por una obligatoria.”


🔴 La frase que revela todo

👉 “Nos comprometemos a impulsar acciones”

No es retórica.

Es una advertencia.

Impulsar acciones, en política, significa:

  • avanzar institucionalmente,
  • sancionar,
  • escalar el conflicto

Y sí, también:
👉 dejar abierta la puerta a una expulsión.

“No es una declaración: es el primer paso de un proceso.”


🔴 El rasgo autoritario explícito

Pero el punto más brutal del documento es este:

👉 “Exigimos una rectificación pública”

Exigen.

No piden.
No sugieren.
No debaten.

Exigen.

A un concejal elegido por el voto popular.

“Exigir una opinión ‘correcta’ no es democracia: es autoritarismo.”

“No quieren discutir con Dellasanta: quieren que piense como ellos.”


⚠️ Lo que NO hicieron (y es igual de grave)

El documento también muestra su debilidad en lo que omite:

  • ❌ No escucharon al concejal
  • ❌ No le dieron derecho a defensa
  • ❌ No verificaron el contexto real
  • ❌ No esperaron aclaraciones

Es decir:
👉 condenaron antes de escuchar.

“Ni siquiera intentaron parecer justos.”


🐑 Un Concejo en modo rebaño

Lo más impactante no es solo el contenido.

Es la unanimidad.

Firmaron todos. Sin fisuras. Sin matices. Sin una sola voz disidente.

Incluso la concejal libertaria Milagros Zafra, compañera de bancada de Dellasanta, se sumó al documento.

Eso no habla de consenso.

Habla de otra cosa.

“Cuando todos firman lo mismo, no hay acuerdo: hay alineamiento.”

“Más que un Concejo, pareció un rebaño.”


🎯 El trasfondo: el problema no es lo que dijo, es que lo dijo

El argumento formal es un recorte de declaraciones.

El motivo real es otro.

Fabricio Dellasanta incomoda.

Incomoda porque:

  • denuncia,
  • expone,
  • rompe acuerdos tácitos

“El problema no es su discurso: es que no se calla.”


🧠 La conclusión que nadie quiere decir

Lo que ocurrió en Rafaela no es menor.

Es un precedente.

Un Concejo que:

  • define qué está bien opinar,
  • exige rectificaciones,
  • amenaza con acciones,

deja de ser un espacio democrático.

Y pasa a ser un mecanismo de control.

“Hoy le exigen a Dellasanta que se rectifique. Mañana le pueden exigir a cualquiera que se calle.”


Rafaela merece un Concejo que debata, no que discipline.
Que discuta, no que condene.
Que represente, no que ejecute órdenes.

Porque cuando la política decide quién puede hablar…

la democracia ya empezó a perder.

El video que incomodó a todos

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