Kicillof toma el control del PJ bonaerense y reordena la interna del peronismo
- Axel Kicillof asumirá la presidencia del PJ bonaerense tras un acuerdo de cúpulas.
- La vicepresidencia quedará en manos de Verónica Magario y resta definir el consejo partidario.
- El Movimiento Derecho al Futuro buscó asegurarse mayor peso en la nueva conducción.
- El avance de Kicillof contrasta con la pérdida de centralidad de Cristina Kirchner.
- La interna bonaerense condiciona la reorganización del peronismo a nivel nacional.
- El perfil del nuevo PJ marcará la estrategia opositora con vistas a 2027.
El desembarco de Axel Kicillof al frente del Partido Justicialista bonaerense marca un punto de inflexión en la política provincial y reconfigura el delicado equilibrio de poder dentro del peronismo. Tras una negociación de cúpulas cerrada en las últimas horas, el gobernador aceptó asumir la presidencia del partido en reemplazo de Máximo Kirchner, una decisión que sintetiza tensiones acumuladas, concesiones cruzadas y un cambio de etapa que trasciende las fronteras de la provincia.
La nueva conducción tendrá a Verónica Magario como vicepresidenta primera, un movimiento que garantiza volumen territorial y ordena, al menos en el corto plazo, la transición. Resta definir la integración del consejo partidario, donde se medirá con precisión quiénes capitalizaron la negociación y quiénes quedaron relegados. Ese reparto será clave para la puesta en escena del nuevo liderazgo y para evaluar cuánto poder real concentra el gobernador dentro de la estructura partidaria.
Kicillof había mostrado reticencias iniciales a asumir el cargo. Sin embargo, la presión política y la lectura del contexto terminaron por inclinar la balanza. La propuesta para desplazar a Máximo Kirchner y reconfigurar la mesa de decisiones aceleró una definición que venía madurando. En el Movimiento Derecho al Futuro, el espacio que articula intendentes, movimientos sociales y sectores sindicales afines al gobernador, se resolvió jugar fuerte para asegurarse posiciones estratégicas, con el argumento de que ese entramado representa hoy la mayor porción del peronismo bonaerense.
El paso no está exento de riesgos. Asumir la presidencia del PJ implica exponerse a una catarata de interpretaciones sobre el rumbo político que pretende imprimirle al partido y, por extensión, al peronismo nacional. La cantidad y jerarquía de los cargos que queden bajo su órbita funcionarán como termómetro del fortalecimiento real del gobernador frente a sus adversarios internos, muchos de ellos aliados circunstanciales.
El estilo de conducción de Kicillof, más deliberativo y menos vertical que el de los históricos caciques del conurbano, genera impaciencia en parte de su propia tropa. Hay intendentes que reclaman definiciones más rápidas y señales más contundentes. Aun así, el gobernador avanzó de manera constante, acumulando poder y ampliando su influencia dentro del justicialismo provincial, mientras otros liderazgos comenzaron a mostrar signos de desgaste.
Esa dinámica se vuelve más evidente en la relación con Cristina Kirchner. Con el correr del tiempo, la expresidenta perdió centralidad política y capacidad de ordenamiento, un proceso acelerado por su situación judicial y su progresivo aislamiento del sistema político. La dirigencia que le responde se redujo y los conflictos internos empezaron a expresarse como resistencias abiertas a su conducción, o a la de su hijo. En paralelo, el kicillofismo avanza, con tensiones propias, hacia una ruptura del molde kirchnerista tradicional.
El impacto de esta interna excede a la provincia. En distintas regiones del país emergen reclamos de renovación y mayor protagonismo de los dirigentes del interior, que observan con atención lo que ocurre en Buenos Aires antes de mover fichas en el plano nacional. En la hoja de ruta de Kicillof aparece el fortalecimiento del bloque de gobernadores como un polo de poder más federal y participativo, una estrategia que busca nacionalizar su figura y ampliar la base política de su proyecto.
La llegada del gobernador al PJ bonaerense abre, además, una discusión sobre el perfil que adoptará el partido. Mientras el camporismo presiona para que la agenda esté atravesada por la situación de Cristina Kirchner, los intendentes y el núcleo kicillofista empujan una mirada hacia adelante, enfocada en construir una alternativa frente al gobierno nacional y proyectar una opción competitiva para 2027.
Kicillof aceptó el desafío y, con ese gesto, envió una señal clara: después de seis años de gestión provincial, decidió tomar las riendas del partido y asumir el costo político de liderar una etapa de transición. La interna no se cerró, pero el tablero cambió de manos.