OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

La nueva geometría del poder: cuando el triángulo se volvió línea recta

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

En la Argentina pasan cosas extraordinarias. No en el sentido heroico del término, sino en el sentido matemático. De pronto, una figura geométrica cambia de forma sin previo aviso. El famoso “triángulo de hierro” que organizaba el poder del gobierno de Javier Milei acaba de sufrir una mutación evolutiva digna de un documental de la BBC: dejó de ser triángulo y ahora parece más bien una línea recta con dos puntas muy definidas.

En una punta está el Presidente. En la otra, su hermana y secretaria general, Karina Milei, conocida en la fauna política local como “El Jefe”. Entre ambos se despliega la nueva arquitectura del poder, una estructura minimalista que tiene un objetivo tan simple como ambicioso: llegar enteritos a octubre de 2027.

Para que esa ingeniería funcione hay ayudantes. Algunos primos, algunos ministros, algunos funcionarios que orbitan con mayor o menor cercanía. Entre los más visibles aparecen Martín Menem y Eduardo "Lule" Menem, que actúan como piezas indispensables en la construcción territorial del oficialismo. A veces se suma también el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, lo que transforma el dibujo geométrico en algo más parecido a un rombo, aunque sin garantía de estabilidad estructural.

En cambio, quien parece haber quedado fuera de la figura es Santiago Caputo, hasta hace poco considerado el estratega central del oficialismo. El “arquitecto de la victoria”, como lo definía el propio Milei durante la campaña de 2023, ahora ocupa un lugar más ambiguo en la mesa chica del poder. No desapareció, pero tampoco está donde estaba.

La escena de la asunción del nuevo ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, fue casi un manual de lenguaje corporal aplicado a la política. Hubo saludos fríos, abrazos largos y sonrisas protocolarias que decían mucho más de lo que cualquiera estaba dispuesto a admitir en voz alta.

La política argentina tiene algo de teatro clásico: los gestos suelen explicar mejor que los discursos lo que realmente ocurre.

El desplazamiento relativo de Caputo no significa que haya abandonado el tablero. Todavía conserva áreas sensibles, especialmente aquellas vinculadas al mundo de la inteligencia estatal, un territorio donde la información vale más que el oro y donde todos saben que quien controla los datos suele tener medio partido ganado.

Ese punto es clave porque en la política argentina —como en el póker— las cartas ocultas suelen ser más importantes que las visibles.

Mientras tanto, el nuevo equipo de Justicia empieza a moverse en un terreno lleno de minas políticas. La designación de Mahiques no es solamente un cambio de nombres en un ministerio: también implica la reorganización de vínculos con el Poder Judicial, un ecosistema donde conviven jueces, fiscales, operadores, ex operadores, aspirantes a operadores y operadores que dicen no ser operadores.

En ese universo aparecen también debates institucionales relevantes. Uno de ellos es la integración de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que actualmente funciona con menos miembros de los previstos. Otro es la designación del Procurador General, una silla que permanece vacante desde hace años.

Pero quizá el desafío más inmediato sea otro: cubrir la enorme cantidad de cargos judiciales que siguen sin titular en todo el país. El número de vacantes ronda cifras que, para cualquier sistema judicial, son tan saludables como correr una maratón con una pierna rota.

En ese contexto, la selección de futuros jueces y fiscales se vuelve una pieza clave del rompecabezas político. No es un secreto que el oficialismo revisa con lupa cada pliego, especialmente aquellos destinados a tribunales sensibles para el poder político.

Nada demasiado original. Todos los gobiernos lo hicieron antes. Lo único que cambia es el estilo.

Mientras tanto, el mundo libertario también discute cuestiones más explosivas, algunas de ellas todavía en estado embrionario. Entre rumores, versiones y desmentidas parciales, aparecen debates que podrían generar fuertes impactos políticos y sociales si llegaran a materializarse.

El oficialismo sabe que la provocación suele ser una herramienta eficaz para ordenar el tablero político. También sabe que la polarización es un combustible que alimenta su narrativa. El problema es que, en política, jugar siempre al límite tiene un pequeño inconveniente: tarde o temprano uno descubre dónde estaba el borde.

Por ahora, el Gobierno se mueve con una lógica bifocal. Un ojo está puesto en la economía y en los proyectos de reformas y el otro en el horizonte mayor: la reelección presidencial.

En ese camino, la consolidación del liderazgo de Karina Milei parece ser uno de los datos más visibles de la etapa que comienza. No porque antes no tuviera influencia, sino porque ahora esa influencia dejó de ser discreta para convertirse en una estructura política concreta.

El resultado es una nueva configuración del poder. Menos triángulo, más línea recta. Menos épica discursiva, más organización electoral.

Si todo sale según el plan oficial, el experimento geométrico debería durar varios años.

Y si no sale, siempre queda la posibilidad de inventar otra figura. En la Argentina, la política es el único lugar donde la geometría se reescribe todos los días.