En las rutas del centro-norte santafesino, el paisaje invernal empieza a cambiar. A los tradicionales verdes se suma, cada vez más, un amarillo intenso que anticipa una transformación productiva con impacto global. Detrás de esa postal aparece la camelina, un cultivo que comienza a posicionarse no solo como alternativa agrícola, sino como pieza clave en el nuevo mapa energético.
Aunque a simple vista pueda confundirse con la colza, la camelina forma parte de un grupo de oleaginosas con características diferenciales. Su principal ventaja radica en su alto contenido de aceite, ideal para la producción de biocombustibles avanzados como el SAF (combustible sostenible para aviación), cuya demanda crece con fuerza en Europa ante las exigencias ambientales del sector aeronáutico.
Ese interés ya se traduce en inversiones concretas. La multinacional Louis Dreyfus Company puso en marcha una nueva línea de procesamiento en su complejo industrial de Timbúes, con un desembolso cercano a los 70 millones de dólares. El objetivo es claro: industrializar semillas con alto contenido oleico como camelina, carinata y colza. Sin embargo, el aceite obtenido será exportado para su refinación final en el mercado europeo.
Un camino distinto sigue YPF, que avanza con el desarrollo del proyecto Santa Fe Bio en San Lorenzo. Allí se apunta a producir tanto SAF como HVO (diésel verde), apostando a capturar mayor valor agregado dentro del país y posicionarse en el negocio de los biocombustibles de segunda generación.
Más allá de la industria, el atractivo de la camelina también está en el campo. Se trata de un cultivo de cobertura que se siembra en invierno, cuando los suelos suelen quedar ociosos. Su desarrollo no compite con los cultivos tradicionales como soja o maíz y, además, aporta beneficios agronómicos: mejora la estructura del suelo, favorece la infiltración de agua y contribuye a la captura de carbono.
A esto se suma un incentivo económico clave: no tributa derechos de exportación, lo que la convierte en una opción interesante en un contexto donde la agroindustria argentina proyecta exportaciones millonarias concentradas en pocos cultivos.
Sin embargo, el acceso a los mercados internacionales no está garantizado. Desde el sector advierten que la clave estará en cumplir con exigentes estándares ambientales. En ese sentido, el Programa Argentino de Carbono Neutro impulsa herramientas para medir y certificar la huella de carbono de los productos agroindustriales.
Durante la presentación de una calculadora específica para cultivos como la camelina, referentes del sector remarcaron la importancia de generar datos verificables y alineados con criterios científicos. El objetivo es claro: demostrar que la producción local puede ser parte de la solución al cambio climático.
En paralelo, instituciones como la Fundación de Investigación y Desarrollo Agropecuario trabajan en manuales de buenas prácticas y esquemas de certificación que permitan a los productores adaptarse a las nuevas reglas del comercio internacional.
A nivel político, la provincia también busca posicionarse. El gobernador Maximiliano Pullaro declaró de interés el desarrollo del SAF en Santa Fe, en una estrategia que apunta a atraer inversiones, generar empleo y consolidar una nueva cadena de valor.
El desafío ahora es integrar a todos los actores, especialmente a las pequeñas y medianas empresas del biodiésel, que podrían encontrar en estos cultivos una oportunidad para reconvertirse y escalar en el mercado energético global.
Entre la innovación agrícola, la presión ambiental y la geopolítica de la energía, la camelina deja de ser una rareza en los campos santafesinos para convertirse en un cultivo con proyección internacional. Una semilla pequeña que empieza a jugar en las grandes ligas.