La incomodidad del poder: cuando la obediencia deja de ser automática
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay una escena que se repite en casi todos los oficialismos que construyen su identidad alrededor de un liderazgo fuerte. Al principio, la verticalidad parece una virtud. Ordena. Simplifica. Reduce las discusiones internas y transmite fortaleza hacia afuera. Pero con el paso del tiempo, esa misma lógica empieza a revelar su costado más frágil: la convivencia se vuelve difícil cuando alguno de los integrantes del dispositivo decide recordar que tiene volumen político propio.
Eso es, precisamente, lo que hoy ocurre dentro de La Libertad Avanza con Patricia Bullrich. Y no se trata solamente de una diferencia puntual sobre un pliego judicial, una votación incómoda o un desacuerdo legislativo. Lo que quedó expuesto es algo más profundo: el Gobierno empieza a convivir con una contradicción estructural entre el modelo hipercentralizado que construyó Javier Milei y la presencia de dirigentes que no nacieron políticamente dentro de ese ecosistema.
Bullrich nunca fue una dirigente diseñada para obedecer silenciosamente. Su recorrido político explica buena parte de la tensión actual. Tiene historia, estructura, vínculos propios y, sobre todo, una característica que incomoda en cualquier mesa de poder cerrada: autonomía. En tiempos de hegemonías personalistas, la autonomía suele ser percibida menos como una virtud que como una amenaza potencial.
Durante meses, esa convivencia funcionó bajo una lógica pragmática. Mientras el Gobierno acumulaba victorias políticas y sostenía niveles altos de apoyo social, las diferencias internas quedaban encapsuladas detrás del objetivo superior de preservar la estabilidad del proyecto libertario. Pero toda administración que se prolonga comienza inevitablemente a producir tensiones por acumulación. Y esas tensiones terminan apareciendo siempre en los lugares menos pensados.
La discusión alrededor de la jueza María Verónica Michelli actuó apenas como detonador. El problema venía de antes. Desde hacía semanas, Bullrich había empezado a mostrar señales de diferenciación. Algunas vinculadas a la política porteña, donde muchos imaginan una futura candidatura suya. Otras relacionadas con decisiones institucionales en las que eligió tomar distancia de la estrategia diseñada por el núcleo más duro de la Casa Rosada.
En cualquier gobierno tradicional, esas diferencias probablemente habrían sido administradas con naturalidad. Pero el mileísmo no funciona bajo parámetros tradicionales. Tiene una lógica de funcionamiento mucho más emocional, más binaria y más personalista. Dentro de ese esquema, disentir puede ser interpretado casi como una deslealtad.
Ahí aparece otra figura central de esta historia: Karina Milei. La hermana presidencial no solamente administra la estructura política del oficialismo. También regula los equilibrios internos, define cercanías y monitorea niveles de alineamiento. En ese esquema, muchos dirigentes construyeron su supervivencia política alrededor de una regla básica: evitar movimientos autónomos.
Bullrich, en cambio, nunca terminó de adaptarse completamente a esa lógica. Y probablemente tampoco quiera hacerlo.
Eso explica por qué cada uno de sus gestos adquiere una dimensión mayor dentro del oficialismo. Una declaración sobre Manuel Adorni. Una negociación legislativa realizada sin consulta previa. Una posición distinta respecto de un pliego judicial. Nada de eso sería demasiado relevante por separado. Pero todo junto empieza a configurar otra cosa: la construcción de una identidad política propia dentro de un espacio que todavía no sabe convivir con matices.
El episodio de la renuncia “puesta a disposición” terminó exponiendo mejor que nada esa dinámica. En apariencia, fue apenas un gesto protocolar. En términos políticos, fue mucho más que eso. Porque mostró que la relación entre Milei y Bullrich ya dejó de ser una simple asociación funcional y comenzó a transformarse en una convivencia de liderazgos con intereses parcialmente distintos.
La paradoja es interesante. El Gobierno necesita a Bullrich mucho más de lo que ciertos sectores internos estarían dispuestos a admitir. No solamente por su experiencia o por su capacidad parlamentaria. También porque representa algo que La Libertad Avanza todavía no logró construir completamente: musculatura política fuera del fenómeno Milei.
En el fondo, Bullrich aporta densidad. Y la densidad política no siempre es cómoda para los liderazgos construidos sobre la lógica de la centralidad absoluta.
Por eso cada diferencia genera ruido. Porque obliga al oficialismo a enfrentarse con una pregunta incómoda: ¿puede existir una figura relevante dentro del espacio sin someterse completamente al sistema de obediencia vertical que domina hoy al Gobierno?
Hasta ahora, la respuesta parece ambigua. La Casa Rosada intenta contener el conflicto sin escalarlo. Las fotos de unidad, las reuniones privadas y los mensajes conciliadores apuntan justamente a eso: administrar la tensión sin romper.
Pero los problemas de fondo siguen ahí.
Porque además existe otro elemento que empieza a complejizar el escenario: el calendario electoral. A medida que se acerque 2027, cada dirigente comenzará inevitablemente a pensar en términos de supervivencia propia. Y en ese contexto, las identidades individuales pesan más que la disciplina partidaria.
Bullrich parece haber entendido antes que otros esa dinámica. Por eso cuida el equilibrio. Marca diferencias, pero evita cruzar el límite de la ruptura. Genera incomodidad, aunque sin dinamitar el puente. Produce ruido, pero dosifica el volumen.
Es una estrategia inteligente. Aunque también riesgosa.
Porque el mileísmo todavía funciona bajo una lógica de adhesión emocional muy intensa alrededor del Presidente. Y los sistemas políticos construidos sobre liderazgos tan personalistas suelen tolerar mal las ambigüedades internas.
Mientras tanto, el oficialismo enfrenta desafíos legislativos cada vez más complejos. La reforma política, la discusión por las PASO y los acuerdos parlamentarios futuros exigirán una capacidad de negociación que muchas veces entra en tensión con el ADN confrontativo del Gobierno.
Ahí vuelve a aparecer Bullrich como pieza imprescindible y, al mismo tiempo, incómoda.
Tal vez esa sea hoy la principal contradicción del poder libertario: necesita dirigentes con autonomía para ampliar su base política, pero desconfía profundamente de cualquiera que intente ejercerla.