OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Milei, los monstruos y el pecado argentino de empezar a ordenar la casa

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

A esta altura de la historia nacional, el problema de la Argentina no es la grieta. El problema es la sorpresa. Acá cualquier intento de orden genera más escándalo que veinte años de desorden organizado. Si un gobierno emite sin control, destruye la moneda, multiplica ministerios, subsidia hasta el aire y deja una inflación capaz de licuar hasta la paciencia de un monje tibetano, el sistema político bosteza, los panelistas debaten boludeces y la corporación completa se acomoda en el caos como quien encuentra la posición ideal en el sillón del living.

Ahora, pruebe usted bajar el gasto, cortar privilegios, desregular mercados o decir que el Estado no puede seguir funcionando como una financiera quebrada manejada por alcohólicos. Ahí sí. Ahí aparecen los expertos, las almas sensibles, los republicanos de temporada y los apocalípticos profesionales anunciando el fin de la democracia occidental.

Por eso no sorprende que Javier Milei haya vuelto a hablar de monstruos. Porque el Presidente entendió algo que gran parte del sistema político todavía no termina de comprender: en la Argentina hay sectores que viven del miedo. Miedo a la apertura. Miedo a la competencia. Miedo a perder cajas. Miedo a quedarse sin relato. Miedo, en definitiva, a que el país funcione más o menos normalmente.

La referencia a Monsters Inc., que para algunos analistas fue una extravagancia más del catálogo mileísta, en realidad describe bastante bien el clima político local. Durante años, buena parte de la dirigencia construyó poder asustando a la sociedad. Que el mercado te va a devorar. Que el capitalismo es cruel. Que sin el Estado omnipresente la gente moriría abrazada a una factura de gas. Que la iniciativa privada es poco menos que un plan satánico diseñado en Wall Street para destruir jubilados.

Y sin embargo pasó algo incómodo para los fabricantes del espanto: la gente empezó a cansarse.

Porque mientras los “defensores del pueblo” pronunciaban discursos épicos sobre justicia social, el salario se hacía puré, la inflación demolía cualquier posibilidad de progreso y el Estado, ese dios pagano al que había que rendirle culto obligatorio, acumulaba más empleados, más impuestos y menos resultados. Era un modelo tan exitoso que logró convertir a un país que alimentaba al mundo en un especialista internacional en fabricar pobres.

En ese contexto apareció Milei, que podrá ser desmesurado, teatral, volcánico y a veces insoportablemente intenso, pero tiene una virtud política innegable: dice en voz alta cosas que durante años parecían prohibidas. Por ejemplo, que emitir dinero sin respaldo destruye la moneda. O que si usted asfixia de impuestos a una pyme, probablemente la pyme cierre. Una locura revolucionaria.

La escena del Presidente hablando ante empresarios y anticipando que en 2027 “los van a pasar por arriba” tiene mucho menos de delirio mesiánico de lo que algunos pretenden instalar. Lo que hay detrás es otra cosa: la convicción de que el oficialismo encontró una narrativa que conecta con una parte importante de la sociedad que ya no quiere romanticismo estatal sino resultados concretos.

Y hay datos que explican ese fenómeno. La inflación, que parecía una enfermedad terminal incorporada al ADN argentino, dejó de correr al ritmo de una Ferrari sin frenos. El déficit fiscal, esa vieja pasión nacional financiada con inflación y deuda, dejó de tratarse como un detalle menor. El Gobierno, además, consiguió algo todavía más raro: instalar la idea de que el equilibrio económico no es una maldición neoliberal sino una condición mínima de supervivencia.

Claro que falta muchísimo. Nadie que vaya a un supermercado puede decir seriamente que la Argentina ya se acomodó. Los salarios siguen golpeados, el consumo no termina de reaccionar y la recuperación convive con una sociedad exhausta. Pero también sería intelectualmente deshonesto negar que el país dejó atrás la sensación permanente de descontrol absoluto.

Ahí es donde entra la desesperación opositora. Porque durante años muchos sectores aprendieron a hacer política administrando decadencia. Sabían moverse en el barro inflacionario, negociar con el dólar al borde del infarto y convivir con un Banco Central convertido en impresora industrial de billetes de fantasía. Lo que no saben es cómo pararse frente a un gobierno que decidió convertir el orden macroeconómico en bandera política.

Por eso la campaña ya empezó aunque falte mucho para 2027. Y por eso Milei polariza con el kirchnerismo. No sólo porque le conviene electoralmente, que desde luego le conviene, sino porque entiende que necesita mantener viva la discusión de fondo: qué modelo económico quiere la Argentina después de décadas de frustración.

De un lado queda la lógica del Estado gigantesco, paternalista y deficitario que promete protección mientras vacía bolsillos. Del otro, una idea de país más abierta, menos regulada y más integrada al mundo. No es una discusión estética. Es una discusión sobre cómo generar riqueza en serio después de cien años de tropezar con la misma piedra.

También hay algo particularmente irritante para el establishment tradicional: Milei llegó diciendo exactamente lo que iba a hacer. No engañó demasiado a nadie. Anunció ajuste, motosierra, reformas y conflicto. Y aun así ganó. Ese detalle destruyó décadas de manual político argentino basado en prometer Disneylandia y gobernar Parque Patricios.

El Presidente además encontró un lenguaje nuevo para comunicar economía. Habla de inflación como un ladrón silencioso. De los impuestos como castigo a la producción. De las regulaciones como trabas absurdas que impiden crecer. Puede gustar más o menos el tono, pero logró algo que parecía imposible: convertir conceptos técnicos en conversación cotidiana.

Mientras tanto, la oposición todavía parece atrapada en una reunión eterna de consorcio ideológico donde todos hablan del pueblo pero nadie explica cómo evitar otra catástrofe económica.

La gran incógnita, naturalmente, es si Milei podrá sostener políticamente este rumbo cuando aparezcan los costos inevitables de cualquier transformación profunda. Porque ordenar una economía destruida no tiene épica inmediata. Tiene desgaste. Tiene resistencia. Tiene sectores que pierden privilegios y reaccionan como si les estuvieran invadiendo Normandía.

Pero acaso allí radique la verdadera batalla cultural de la que habla el oficialismo: convencer a una sociedad históricamente acostumbrada a vivir de adelantos, parches y emisión de que la estabilidad no es un castigo sino una oportunidad.

Y quizás por eso la metáfora de los monstruos terminó siendo bastante más precisa de lo que parecía. Porque el miedo más grande de cierta política no es Milei. El miedo verdadero es que, después de décadas de fracaso administrado, la Argentina descubra que algunas cosas básicas —como gastar menos de lo que entra y respetar la lógica económica— funcionan bastante mejor de lo que le hicieron creer.