Adorni debe renunciar o Milei debe echarlo. FIN
Hay momentos en la política en los que las explicaciones ya no alcanzan. Hay situaciones en las que los relatos se terminan, las excusas se agotan y sólo queda una salida digna: renunciar.
Manuel Adorni debe renunciar. Y si no tiene la decencia política de hacerlo, el presidente Javier Milei debe echarlo.
Así de simple.
Porque cuando un funcionario ocupa uno de los cargos más importantes del gobierno nacional, con una responsabilidad institucional enorme y una exposición pública permanente, no puede permitirse mentirle a la sociedad. Mucho menos cuando sobre su figura comienzan a pesar serias sospechas que comprometen la credibilidad de la administración que integra.
Los argentinos estamos cansados.
Cansados de que siempre paguen los mismos. Cansados de que los organismos recaudatorios persigan hasta el último peso de quienes trabajan, producen y generan riqueza mientras ciertos personajes parecen gozar de privilegios que el ciudadano común jamás tendría.
Somos millones los que nos deslomamos todos los días para llegar a fin de mes. Somos millones los que soportamos una presión fiscal asfixiante. Somos millones los que cumplimos con nuestras obligaciones sin pedir nada a cambio.
Y precisamente por eso resulta insoportable observar cómo desde el poder se pretende naturalizar conductas que jamás serían toleradas en cualquier trabajador argentino.
El gobierno de Javier Milei llegó al poder prometiendo algo muy concreto: terminar con los privilegios, las mentiras y las prácticas de la vieja política.
Muchos acompañamos ese cambio porque creímos —y seguimos creyendo— que la Argentina necesita una transformación profunda.
Pero el cambio no puede ser selectivo.
No puede haber tolerancia cero para unos y protección política para otros.
Cuando aparece una situación que compromete la credibilidad de un funcionario, la respuesta debe ser inmediata. Porque lo que está en juego no es solamente un nombre propio. Lo que está en juego es la palabra empeñada ante la sociedad.
Y aquí surge un problema cada vez más evidente: la defensa cerrada de Adorni termina dañando al propio Milei.
Cada minuto que pasa sin una definición clara erosiona la autoridad moral de un gobierno que prometió ser distinto.
Lo más preocupante es que Adorni parece representar exactamente aquello que muchos argentinos creíamos haber dejado atrás.
La soberbia. La mentira. El oportunismo. La falta de coraje para asumir responsabilidades.
Por eso resulta imposible no encontrar similitudes con las peores prácticas que durante años caracterizaron al kirchnerismo.
Mentir, negar lo evidente y aferrarse desesperadamente al cargo son conductas que los argentinos ya conocemos demasiado bien.
Y justamente porque las conocemos es que ya no las aceptamos.
La política necesita recuperar algo elemental: la responsabilidad.
Cuando un funcionario se convierte en un problema para el gobierno que integra, debe dar un paso al costado.
Cuando un funcionario pierde credibilidad, debe irse.
Cuando un funcionario expone permanentemente a la administración que representa, debe dejar el cargo.
No hay vueltas.
No hay grises.
No hay medias tintas.
Manuel Adorni debe renunciar.
Y si no lo hace, Javier Milei tiene la obligación política de removerlo.
Porque quienes apostamos por un cambio verdadero no votamos para repetir las mismas prácticas de siempre con distintos protagonistas.
La Argentina necesita funcionarios que honren la palabra, no que la degraden.
Adorni debe irse. FIN