OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

La República de los Inocentes Millonarios

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Durante años creímos que la Argentina había agotado su capacidad de producir personajes extraordinarios. Después de décadas observando funcionarios que explicaban fortunas imposibles mediante herencias misteriosas, negocios tan secretos que ni ellos mismos podían describirlos o golpes de suerte estadísticamente comparables a ser alcanzado por un rayo mientras se gana la lotería, uno suponía que ya estaba todo inventado.

Error.

La imaginación nacional siempre encuentra una manera de superarse.

Y así apareció Manuel Adorni, una especie de mago financiero que logró convertir una declaración patrimonial polémica en una obra de realismo fantástico. Un hombre capaz de mirar a una cámara, a un periodista, a un legislador, a un fiscal, a un organismo de control y posiblemente hasta al espejo de su baño con exactamente la misma expresión serena con la que un meteorólogo anuncia un día soleado mientras detrás suyo se observa un tsunami.

No es un talento menor.

Mentir es relativamente sencillo. Lo difícil es hacerlo con la tranquilidad de quien cree estar explicando cómo preparar un mate.

Hay artistas que pintan cuadros.

Hay músicos que componen sinfonías.

Y después están los funcionarios argentinos, capaces de construir relatos financieros que desafían simultáneamente a la economía, a la lógica y a la física.

Lo fascinante del episodio no es solamente la explicación ofrecida para justificar una fortuna que apareció con la velocidad de un conejo saliendo de una galera.

Lo fascinante es que todavía haya quienes crean que la ciudadanía está obligada a asentir con la cabeza y decir: “Claro, tiene sentido”.

Porque siempre existe una etapa superior en la evolución del relato.

Antes eran las tías multimillonarias.

Después llegaron las herencias inesperadas.

Más tarde aparecieron los negocios reservados.

Ahora ingresamos en la era de las criptomonedas milagrosas.

Todo muy siglo XXI.

El problema es que las historias cambian, pero la mecánica es siempre la misma: cuando alguien no puede explicar convincentemente de dónde salió el dinero, aparece una nube de conceptos técnicos tan espesa que el ciudadano común termina sintiéndose culpable por no entender.

Es una técnica brillante.

Si no comprendés la explicación, el problema sos vos.

No el tipo que multiplicó su patrimonio.

Vos.

Mientras tanto, el gobierno intenta convencernos de que todo forma parte de la más absoluta normalidad.

Y aquí es donde aparece la cuestión verdaderamente interesante.

Porque Adorni no es un accidente meteorológico.

No cayó desde Marte.

No apareció espontáneamente en una oficina pública.

Es producto de una determinada visión del mundo.

Una filosofía según la cual el éxito económico no es solamente una virtud sino una especie de mandato moral.

En ese ecosistema cultural, acumular riqueza se parece bastante a obtener una medalla olímpica.

Por lo tanto, resulta lógico que algunos funcionarios terminen observando sus cargos públicos como si fueran una sucursal del departamento de inversiones.

No estamos frente a una anomalía.

Estamos frente a una consecuencia.

Y cuando uno escucha ciertas declaraciones de figuras relevantes del oficialismo, la impresión se vuelve todavía más evidente.

Hace tiempo que algunos referentes libertarios vienen explicando, con una sinceridad que por momentos resulta admirable, que la preocupación principal de cada individuo debe concentrarse en sí mismo, su familia y su círculo más cercano.

El resto del planeta constituye apenas un detalle administrativo.

La sociedad como proyecto colectivo parece haber sido archivada junto con los teléfonos de disco.

Cada uno se salva como puede.

Cada uno corre su propia carrera.

Cada uno cuida su propio jardín.

Y si en el camino se derrumba el vecindario completo, bueno, siempre habrá algún economista dispuesto a explicar que el mercado encontrará una solución.

Eventualmente.

Quizás.

Con suerte.

Dentro de unos años.

Lo extraordinario es que esta doctrina individualista convive con otra característica profundamente argentina: la necesidad permanente de justificar lo injustificable.

Porque si realmente el enriquecimiento personal fuera tan transparente como se afirma, no harían falta relatos tan elaborados.

Nadie redacta una novela de cuatrocientas páginas para explicar el origen de un sueldo.

La novela aparece cuando los números empiezan a hacer preguntas.

Y las preguntas son precisamente el problema.

Porque los gobiernos pueden administrar la inflación.

Pueden controlar el dólar.

Pueden exhibir indicadores macroeconómicos positivos.

Pueden celebrar descensos del riesgo país.

Pero existe un enemigo mucho más peligroso que cualquier variable financiera.

El ridículo.

Y el ridículo tiene una particularidad devastadora.

Se pega.

Una vez que una historia comienza a parecer absurda, la discusión deja de ser económica y se vuelve cultural.

La gente ya no debate porcentajes.

La gente cuenta chistes.

Y cuando una gestión empieza a convertirse en material humorístico, la situación se vuelve incómoda.

Muy incómoda.

Sin embargo, tampoco conviene exagerar.

La historia argentina ofrece abundante evidencia de que los escándalos de corrupción no necesariamente producen castigos electorales inmediatos.

Si la economía brinda una sensación razonable de estabilidad, muchos votantes desarrollan una notable capacidad para mirar hacia otro lado.

Es una conducta tan vieja como la democracia moderna.

La indignación suele tener límites.

El bolsillo también.

Y cuando ambas variables entran en conflicto, la experiencia demuestra que la ética frecuentemente termina viajando en el baúl.

Por eso la oposición debería evitar los festejos prematuros.

Un escándalo mediático puede generar titulares durante semanas.

Pero una elección se gana con algo más complejo que titulares.

Mientras tanto, el episodio deja una enseñanza valiosa.

La Argentina nunca se queda sin personajes.

Cuando creemos haber visto el catálogo completo de vendedores de humo, aparecen nuevas versiones mejoradas.

Más sofisticadas.

Más tecnológicas.

Más digitales.

Antes nos vendían espejitos de colores.

Ahora nos venden algoritmos de colores.

La esencia sigue siendo la misma.

Cambian los envases.

Permanece el truco.

Y quizás por eso la frase escrita hace siglos sigue conservando una vigencia irritante.

La moral, la transparencia y la ética suelen protagonizar encendidos debates televisivos, discusiones familiares y guerras interminables en redes sociales.

Pero cuando llega la hora de las decisiones importantes, continúa apareciendo el mismo personaje de siempre.

Ese viejo caballero que nunca pierde elecciones, nunca pasa de moda y siempre encuentra quien lo defienda.

Don Dinero.