OPINIÓN Por Carlos Zimerman

Terminó el Mundial. Ahora hay que sacar de la cancha a la casta

Por Carlos Zimerman

Durante un mes y medio la Argentina vivió pendiente de una pelota. Se discutieron formaciones, cambios, penales, arbitrajes y estadísticas. Se abrazaron desconocidos en las calles, se llenaron bares y las redes sociales explotaron de pasión. El Mundial, como siempre, fue una extraordinaria pausa emocional para un país acostumbrado a convivir con las malas noticias.

Pero el Mundial terminó.

Y la realidad volvió con toda su fuerza.

Los problemas siguen exactamente donde estaban hace un mes y medio. La inseguridad continúa golpeando a millones de argentinos. Los comerciantes siguen luchando para mantener abiertas sus persianas. Las pequeñas y medianas empresas todavía cargan con las consecuencias de décadas de malas políticas. Los municipios continúan gastando más de lo que recaudan y la burocracia sigue siendo un peso insoportable para quienes producen y trabajan.

La diferencia es que hoy, al menos existe una esperanza. El gobierno de Javier Milei comenzó a ordenar una economía que venía al borde del colapso. La inflación dejó de ser una carrera desenfrenada, el déficit fiscal dejó de ser una regla inquebrantable y empezó a instalarse la idea de que la Argentina puede salir adelante si se hacen las cosas de manera diferente.

Eso no significa que los problemas hayan desaparecido.

Significa que por primera vez en muchos años hay un rumbo distinto, aunque el camino sea difícil y los resultados definitivos todavía estén por verse.

Los que no cambiaron son los políticos de la casta.

Son los mismos que durante más de cuarenta años gobernaron el país desde distintos partidos, prometiendo soluciones que nunca llegaron. Los mismos que multiplicaron el gasto público, agrandaron el Estado para acomodar militantes, crearon impuestos, emitieron dinero sin control, endeudaron al país y terminaron condenando a millones de argentinos a la pobreza.

Son los mismos chantas de siempre.

Muchos de ellos hoy intentan presentarse nuevamente como los salvadores de la Argentina. Hablan de sensibilidad social cuando fueron responsables del desastre. Critican los ajustes después de haber dejado un Estado quebrado. Se escandalizan por decisiones que ellos mismos hicieron inevitables.

La memoria del ciudadano suele durar menos que un campeonato.

Y ellos siempre apostaron a eso.

Durante estas semanas el Mundial ocupó la conversación de todos. Fue una alegría necesaria, una pasión compartida y una pausa que el país necesitaba. Pero mientras la pelota rodaba, los problemas estructurales seguían esperando soluciones.

Ahora ya no hay partidos.

Ya no hay goles.

Ya no hay festejos que tapen la realidad.

Ahora sería bueno terminar también con los políticos chantas de la casta que nos gobiernan desde hace más de cuarenta años. A esos hay que ganarles por goleada. Si hace falta, en los noventa minutos, en el alargue y también en los penales. Porque cada elección representa un nuevo partido donde está en juego el futuro de millones de argentinos.

Es tiempo de exigir resultados. No relatos. No marketing político. No discursos vacíos. Resultados concretos.

Y esa exigencia debe empezar por quienes durante más de cuatro décadas construyeron el país que hoy dicen querer arreglar.

Se terminó el Mundial.

Ahora empieza el partido más importante: reconstruir una Argentina devastada por décadas de privilegios, corrupción, populismo e irresponsabilidad.

Porque los problemas no nacieron hace un año y medio. Se incubaron durante más de cuarenta años de una dirigencia que prometió todo y cumplió casi nada.

Y si esta vez existe una oportunidad de cambiar esa historia, dependerá de que la sociedad no vuelva a cometer el mismo error de confiar en quienes ya demostraron, una y otra vez, que gobernaban para ellos y no para los argentinos.