Argentina no es racista
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay afirmaciones que, además de ser equivocadas, lastiman. No porque afecten el orgullo de un pueblo, sino porque desfiguran la esencia de una Nación cuya identidad se construyó exactamente en sentido contrario de aquello que se le pretende atribuir. En los últimos días volvió a instalarse con fuerza la idea de que la Argentina es un país racista, una etiqueta que se repite con una ligereza preocupante y que desconoce no solo la historia nacional, sino también la experiencia concreta de millones de personas que encontraron en estas tierras un lugar donde comenzar una nueva vida.
Los países pueden ser juzgados por sus errores o por los valores que eligieron abrazar desde su nacimiento. Ninguna nación está exenta de episodios de discriminación, injusticias o conflictos que avergüencen a sus generaciones posteriores. Pretender lo contrario sería negar la propia condición humana. Sin embargo, otra cosa muy distinta es reducir la identidad de un país a esos episodios aislados y convertirlos en su rasgo distintivo. Cuando eso ocurre, el análisis deja de ser histórico para transformarse en un prejuicio.
La Argentina nació con una vocación profundamente integradora. Esa decisión quedó plasmada para siempre en el Preámbulo de la Constitución Nacional, probablemente uno de los textos fundacionales más generosos del mundo. Allí no se establecieron diferencias entre nacionalidades, razas, credos o idiomas. Por el contrario, se extendió una invitación a "todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino". Esa frase no fue una licencia poética ni una expresión protocolar. Representó un proyecto de país, una declaración de principios y una manera de entender la convivencia entre personas de los más diversos orígenes.
A lo largo de más de un siglo y medio, esa promesa constitucional se transformó en una realidad tangible. Millones de inmigrantes llegaron desde Europa escapando del hambre, de las guerras y de las persecuciones políticas. Más tarde lo hicieron familias provenientes de Medio Oriente, de Asia y de distintos rincones de América Latina. Cada una de ellas aportó su cultura, sus tradiciones, su idioma y sus costumbres para enriquecer una sociedad que nunca dejó de construirse sobre la base del encuentro entre diferentes.
Quienes desembarcaron en la Argentina no encontraron una sociedad perfecta. Encontraron dificultades económicas, crisis políticas y enormes desafíos, como cualquier país en formación. Pero también hallaron algo que pocas naciones podían ofrecer en aquella época: la posibilidad real de trabajar, de enviar a sus hijos a la escuela, de acceder a una universidad pública, de recibir atención médica y, sobre todo, de construir un proyecto de vida sin que su origen determinara su destino. Esa fue la verdadera fortaleza argentina durante generaciones enteras.
No existe mejor prueba del espíritu de una sociedad que las decisiones de quienes la eligen para vivir. Las migraciones no responden a discursos ni a campañas publicitarias. Responden a expectativas concretas. Nadie abandona su hogar para instalarse en un lugar donde presume que será rechazado por su nacionalidad, por el color de su piel o por su religión. Durante décadas, la Argentina fue precisamente el destino de quienes buscaban una oportunidad que en sus países de origen les había sido negada. Esa realidad continúa vigente hasta nuestros días.
Miles de jóvenes de países vecinos siguen llegando cada año para estudiar en universidades argentinas. Familias enteras cruzan las fronteras en busca de mejores condiciones laborales, de un sistema educativo de calidad o de atención sanitaria. Muchas de ellas terminan arraigándose definitivamente, trabajando, emprendiendo, formando familias y viendo crecer a sus hijos como argentinos. Difícilmente eso ocurra en una sociedad cuyo rasgo dominante sea el rechazo al diferente.
Por supuesto que la discriminación existe. Como existe en prácticamente todas las sociedades del planeta. Sería ingenuo negarlo. La Argentina no está inmunizada contra los prejuicios, los actos de intolerancia o las conductas individuales que deben ser condenadas. Pero esos comportamientos, por lamentables que resulten, no representan la esencia de un país. Confundir la existencia de personas discriminadoras con la identidad de toda una Nación constituye una simplificación injusta que desconoce la realidad cotidiana de millones de argentinos.
La vida diaria ofrece un retrato mucho más fiel que cualquier estereotipo construido desde la distancia. En las escuelas conviven alumnos cuyos padres nacieron en distintos continentes. En los hospitales públicos se atiende a quien lo necesita sin preguntar su nacionalidad. En los barrios se mezclan acentos, costumbres y tradiciones que forman parte de una identidad colectiva en permanente construcción. En los lugares de trabajo, en las universidades y en las pequeñas comunidades del interior, la diversidad dejó hace mucho tiempo de ser una excepción para convertirse en una característica natural de la sociedad argentina.
Quizás por eso resulte tan injusto escuchar que desde otros lugares del mundo se pretenda definir a la Argentina mediante categorías que no explican su historia. Muchas veces esas miradas proyectan experiencias propias sobre realidades completamente diferentes. Cada nación carga con sus deudas históricas y debe hacerse responsable de ellas. Pero también corresponde reconocer que los procesos sociales no fueron iguales en todos los países ni pueden analizarse utilizando un único molde interpretativo.
La Argentina tiene mucho por mejorar. Debe seguir combatiendo toda forma de discriminación, promoviendo la igualdad de oportunidades y fortaleciendo una convivencia basada en el respeto mutuo. Esa tarea nunca termina y exige un compromiso permanente. Sin embargo, asumir esa responsabilidad no implica aceptar una caracterización que contradice el recorrido histórico de la Nación y la experiencia concreta de quienes, generación tras generación, encontraron aquí un lugar para desarrollarse.
Hay una imagen que resume mejor que cualquier estadística lo que representa la Argentina. Es la de millones de hombres y mujeres que llegaron con una valija cargada de incertidumbre y la esperanza de empezar de nuevo. Algunos escapaban de guerras, otros del hambre, otros de persecuciones políticas o religiosas. Muchos no hablaban español. Casi ninguno conocía lo que encontraría del otro lado del océano. Sin embargo, aquí levantaron sus hogares, abrieron comercios, trabajaron la tierra, fundaron industrias, educaron a sus hijos y ayudaron a construir el país que hoy conocemos.
Esa historia sigue viva. Late en los apellidos, en los barrios, en las costumbres, en la gastronomía, en las aulas y en las calles de cada ciudad argentina. Es la historia de un pueblo que hizo de la integración una de sus principales fortalezas y que entendió, desde sus propios orígenes, que las diferencias culturales no eran una amenaza sino una riqueza.
Por eso, cuando alguien intenta reducir a la Argentina a la condición de un país racista, no solo desconoce los matices de su presente. También ignora el legado de generaciones enteras que hicieron posible una Nación construida sobre la convivencia, el trabajo, la educación y la esperanza. Una Nación que, fiel al espíritu de su Constitución, sigue creyendo que siempre habrá lugar para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.