La Argentina que viene no puede volver atrás
Durante demasiados años, la Argentina vivió atrapada en un círculo vicioso de inflación, déficit, corrupción, privilegios y decadencia. Nos acostumbraron a creer que el fracaso era el estado natural del país. Nos hicieron aceptar que imprimir billetes era gobernar, que regalar dinero era hacer justicia social y que destruir al sector privado era defender a los más humildes.
Hoy, por primera vez en mucho tiempo, ese camino comenzó a cambiar.
La inflación, el impuesto más cruel que existe porque castiga especialmente a quienes menos tienen, lentamente está desapareciendo. La economía empezó a ordenarse y la Argentina vuelve a recuperar algo que había perdido hace décadas: la esperanza.
Javier Milei recibió un país devastado. Un barco a la deriva, saqueado durante años por un kirchnerismo que convirtió al Estado en una gigantesca agencia de empleo político, destruyó la cultura del trabajo, multiplicó la pobreza y dejó una economía al borde del colapso. Sin embargo, contra todos los pronósticos de quienes apostaban al fracaso, el rumbo comenzó a corregirse.
Pero nadie debe confundirse.
Lo más difícil todavía está por delante.
Los cambios verdaderamente profundos recién empiezan. Recuperar una economía es mucho más sencillo que reconstruir una sociedad a la que durante años le enseñaron que vivir del Estado era un derecho y que producir era casi un pecado.
Por eso hay que estar atentos.
Los personeros del fracaso siguen allí. No desaparecieron. Cambiaron de discurso, se disfrazaron de moderados, hablan de diálogo y consenso, pero en realidad solo buscan recuperar los privilegios que perdieron.
Allí están los empresarios preventistas, acostumbrados a ganar dinero especulando con la inflación y no compitiendo. También están los periodistas ensobrados, que durante años construyeron relatos al servicio del poder político y económico, ocultando la corrupción mientras atacaban a quienes pensaban distinto.
No faltan tampoco los políticos corruptos, verdaderos profesionales del gasto público, incapaces de vivir sin los privilegios que les pagaban los contribuyentes.
Y, naturalmente, aparece el peronismo decadente, acompañado por el kirchnerismo, probablemente la casta política más nociva que haya conocido la Argentina desde comienzos de este siglo. Su modelo fue tan perjudicial que incluso logró exportar muchas de sus recetas populistas y estatistas a otros gobiernos de la región, dejando como saldo inflación, pobreza, corrupción y atraso.
La Argentina comenzó lentamente a reinsertarse en el concierto de las grandes democracias occidentales. Recuperar una política exterior coherente era una condición indispensable para volver a ser un país confiable.
En ese contexto, el alineamiento estratégico con los Estados Unidos de Donald Trump representa mucho más que una coincidencia diplomática. Es una definición política, económica y cultural. Significa apostar por la libertad, la propiedad privada, la inversión, el comercio y la defensa de los valores de Occidente frente a quienes todavía creen que el socialismo puede ofrecer alguna solución.
Nada de esto será definitivo si la sociedad baja los brazos.
La batalla que viene ya no será solamente económica. Será, sobre todo, una batalla cultural.
Cada ciudadano que crea en una Argentina libre, moderna y próspera tiene la responsabilidad de defender estos cambios desde el lugar que le toque ocupar. Porque los corruptos nunca se resignan. Los privilegiados jamás entregan voluntariamente sus negocios. Los que vivieron del esfuerzo ajeno harán todo lo posible para volver.
No alcanza con haber iniciado el cambio.
Ahora hay que impedir que la Argentina vuelva a caer en manos de quienes la utilizaron como un botín político durante décadas.
Porque esta vez no se trata simplemente de elegir un gobierno.
Se trata de decidir, de una vez y para siempre, si queremos ser un país condenado al fracaso permanente o una Nación que vuelva a ocupar el lugar que nunca debió perder.
Este es mi pequeño granito de arena...