La batalla por los gobernadores
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La política argentina suele ofrecer una enseñanza recurrente: los proyectos nacionales rara vez se construyen únicamente con los propios. La historia demuestra que las elecciones presidenciales no las ganan las identidades cerradas, sino las coaliciones capaces de ampliar sus fronteras. Quizás por eso el peronismo parece haber llegado, finalmente, a una conclusión que durante meses evitó pronunciar con claridad. La discusión ya no consiste solamente en reunificar sus tribus internas; el verdadero desafío es impedir que los gobernadores terminen orbitando alrededor de Javier Milei cuando llegue la batalla decisiva de 2027.
Ese cambio de lógica revela mucho más que una estrategia electoral. Expone el reconocimiento de una debilidad. El justicialismo descubrió que la Casa Rosada encontró un recurso inesperado para gobernar sin mayoría parlamentaria: el apoyo circunstancial de varios mandatarios provinciales que, lejos de compartir la identidad libertaria, eligieron priorizar la supervivencia de sus distritos antes que la disciplina partidaria.
Durante casi dos años el Gobierno logró sostener votaciones clave gracias a esa geometría variable del poder. Gobernadores que en sus provincias levantaban banderas peronistas, provinciales o dialoguistas terminaban acompañando iniciativas oficiales cuando las necesidades fiscales o las negociaciones presupuestarias así lo imponían. Esa convivencia incómoda fue funcional para ambos. Milei conseguía gobernabilidad. Los mandatarios preservaban recursos y evitaban enfrentamientos costosos con la Nación.
Pero toda relación basada exclusivamente en la conveniencia tiene fecha de vencimiento.
El peronismo empezó a interpretar que esos vínculos pueden romperse si consigue ofrecer una expectativa política más atractiva que la mera administración de urgencias. No se trata tanto de recuperar la obediencia partidaria como de reconstruir incentivos. La política funciona, muchas veces, como un mercado de expectativas: nadie apuesta por quien cree condenado a perder.
Por eso comenzaron a multiplicarse los gestos hacia dirigentes que hasta hace poco eran observados con desconfianza. Gobernadores que durante meses fueron catalogados como colaboradores del oficialismo hoy aparecen como interlocutores posibles. No porque hayan cambiado radicalmente sus convicciones, sino porque el peronismo modificó su criterio de selección. La pureza ideológica dejó de ser una condición indispensable. La utilidad electoral empezó a ocupar ese lugar.
Osvaldo Jaldo y Raúl Jalil representan con claridad ese fenómeno. Ambos construyeron una relación pragmática con el Gobierno nacional desde el inicio de la gestión libertaria. Sin embargo, las tensiones surgidas durante el último tiempo abrieron un espacio para la especulación política. Nadie supone que se convertirán de un día para otro en referentes del kirchnerismo. Lo que se busca es algo bastante más modesto y, al mismo tiempo, más importante: evitar que vuelvan a transformarse en sostén decisivo de Milei cuando la disputa presidencial entre en su fase crítica.
La diferencia parece semántica, pero no lo es. La estrategia consiste menos en sumar soldados que en neutralizar adversarios potenciales.
En esa búsqueda aparece otro dato revelador: Axel Kicillof comenzó a ensayar un liderazgo distinto del que cultivó durante años. El gobernador bonaerense parece haber comprendido que un dirigente con aspiraciones nacionales no puede hablar solamente hacia el interior de su espacio. Necesita construir puentes incluso con quienes nunca integrarían naturalmente su núcleo político.
Ese aprendizaje llega después de una larga etapa en la que el peronismo confundió unidad con homogeneidad. La experiencia demostró que ese camino tiene límites evidentes. Una fuerza que pretende volver al poder necesita aceptar que la Argentina actual está fragmentada territorial, económica y políticamente. Ningún liderazgo podrá imponerse ignorando esa diversidad.
Sin embargo, la apuesta también encierra riesgos considerables.
Muchos de esos gobernadores mantienen una característica que incomoda al peronismo tradicional: conservan una extraordinaria capacidad para cambiar de interlocutor según cambien las circunstancias. Gustavo Sáenz constituye probablemente el mejor ejemplo. Puede cuestionar duramente al Gobierno por el deterioro de la infraestructura nacional y, al mismo tiempo, preservar canales abiertos con la Casa Rosada. Su política parece responder menos a las lealtades partidarias que al cálculo permanente de costos y beneficios.
Lo mismo ocurre en otros distritos donde los oficialismos provinciales desarrollaron una autonomía que trasciende las etiquetas nacionales. Son dirigentes acostumbrados a administrar poder propio, no a subordinarse completamente a liderazgos externos.
Allí aparece el principal desafío del peronismo.
Convencer a esos gobernadores exige ofrecer algo más que discursos sobre la unidad. Requiere construir una expectativa creíble de competitividad. Ningún mandatario provincial hipotecará su capital político simplemente por nostalgia partidaria.
Paradójicamente, algunas señales recientes parecen favorecer ese intento. El creciente malestar que reflejan diversos sondeos sobre determinados aspectos de la gestión nacional abrió interrogantes que hace algunos meses parecían inexistentes. El desgaste natural de cualquier gobierno empieza a modificar los cálculos de numerosos actores políticos.
Pero el oficialismo tampoco permanece inmóvil.
Milei sigue conservando una fortaleza que explica buena parte de su capacidad para disciplinar aliados circunstanciales: mientras conserve centralidad electoral, muchos gobernadores preferirán mantener abiertas todas las puertas antes que comprometerse definitivamente con una oposición todavía en reconstrucción.
Por eso la carrera recién empieza.
También resulta llamativo el movimiento que empieza a producirse en provincias tradicionalmente difíciles para el peronismo nacional. Córdoba constituye el caso más emblemático. Nadie imagina hoy una integración plena entre el cordobesismo y el kirchnerismo. Sin embargo, ya no parece imposible construir acuerdos parciales, coordinaciones legislativas o, al menos, una neutralidad electoral que impida fortalecer automáticamente al oficialismo nacional.
Ese tipo de entendimientos refleja una política mucho más pragmática que doctrinaria.
Algo parecido sucede con figuras como Natalia de la Sota, cuyo acercamiento al universo peronista nacional muestra que las fronteras internas empiezan a volverse más porosas cuando aparecen objetivos compartidos.
Sin embargo, el interrogante de fondo sigue siendo otro.
¿Puede el peronismo reconstruir una alternativa nacional sin resolver completamente sus propias tensiones internas?
La respuesta todavía permanece abierta. La calma alcanzada después de los enfrentamientos bonaerenses representa apenas una tregua. Los liderazgos continúan compitiendo silenciosamente por el futuro del espacio. Kicillof, Sergio Massa, Juan Manuel Olmos, Ricardo Quintela y otros referentes participan de una misma conversación, pero todavía no necesariamente de un mismo proyecto acabado.
Esa convivencia transitoria explica por qué la búsqueda de gobernadores externos adquiere tanta importancia. Incorporar nuevos actores también permite equilibrar disputas domésticas.
Al final, la verdadera novedad no consiste en que el peronismo quiera ampliar su frente. Siempre intentó hacerlo cuando aspiró a recuperar el poder. La diferencia es que ahora parece haber entendido que, antes de conquistar nuevos aliados, necesita impedir que Milei siga administrando una periferia de gobernadores disponibles para sostenerlo cuando el Congreso se convierte en campo de batalla.
La política argentina entró así en una etapa donde el objetivo ya no será únicamente sumar voluntades propias. Será administrar ausencias ajenas. Y, en un país donde los gobernadores siguen siendo piezas determinantes del tablero federal, esa diferencia puede terminar definiendo mucho más que una elección presidencial.