OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

El poder necesita votos, pero también confianza

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

La política argentina suele ofrecer escenas que, vistas de cerca, dicen mucho más que los comunicados oficiales. Javier Milei volverá a reunir a sus legisladores en la Casa Rosada para ordenar la ofensiva parlamentaria que pretende sacar al Gobierno de un prolongado letargo legislativo. La imagen busca transmitir liderazgo, cohesión y disciplina. Sin embargo, detrás de esa escenografía aparece una pregunta más incómoda: ¿es suficiente la autoridad presidencial para construir mayorías duraderas cuando el principal capital político sigue siendo la confrontación?

El oficialismo atraviesa un momento decisivo. Después de meses en los que muchas de sus reformas quedaron atrapadas entre negociaciones inconclusas y resistencias cruzadas, necesita demostrar que todavía puede transformar el respaldo electoral en leyes concretas. La convocatoria del Presidente no es simplemente una reunión de bloque; es un intento por recordarles a los propios que el proyecto libertario sigue teniendo un conductor indiscutido. Pero también es una admisión implícita de que las convicciones ideológicas, por sí solas, no alcanzan para aprobar iniciativas en un Congreso donde los números siguen imponiendo sus propias reglas.

La paradoja es evidente. Milei llegó prometiendo que gobernaría sin las prácticas tradicionales de la política. Hoy depende, precisamente, de aquello que tantas veces cuestionó: negociaciones, acuerdos, interlocutores permanentes y concesiones calculadas. No se trata de una contradicción menor. Es el inevitable encuentro entre la retórica de campaña y las exigencias del poder real.

En ese contexto aparece el PRO como un socio imprescindible y, al mismo tiempo, profundamente incómodo. La relación entre ambos espacios parece avanzar sobre una delgada línea donde conviven la conveniencia mutua y la desconfianza recíproca. Ambos saben que una alianza amplia podría resultar competitiva de cara a las próximas elecciones. Ambos también saben que cada acercamiento implica renunciar a una parte de la identidad propia.

La construcción de esa confianza es, quizás, el verdadero desafío. Los acuerdos políticos rara vez fracasan por diferencias ideológicas insalvables. Generalmente se rompen cuando alguno sospecha que el otro está utilizando la negociación como una herramienta circunstancial. En esa lógica, cada votación parlamentaria deja de ser únicamente una discusión sobre proyectos y se convierte en un examen sobre la credibilidad de los interlocutores.

La Ciudad de Buenos Aires resume mejor que ningún otro distrito esas tensiones. Allí conviven dos aspiraciones difíciles de compatibilizar: el PRO quiere preservar un territorio que considera propio desde hace casi dos décadas, mientras La Libertad Avanza pretende demostrar que ya no necesita actuar como fuerza complementaria de nadie. Las críticas cruzadas revelan que el conflicto no es solamente electoral. Es una disputa por la conducción del espacio político que representa al votante no peronista.

Por eso resulta llamativo que, mientras se habla de construir una estrategia conjunta, continúen apareciendo cuestionamientos públicos sobre convicciones, cambios de postura o supuestas conversiones oportunistas. Ninguna alianza sólida puede consolidarse si sus protagonistas siguen hablando más para las redes sociales que para la mesa de negociación.

Mientras tanto, el Gobierno intenta avanzar con un paquete legislativo que considera prioritario. La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central ocupa un lugar central dentro del proyecto económico libertario. No es un detalle técnico. Representa una pieza simbólica de la idea de limitar definitivamente la capacidad del Estado para intervenir sobre la emisión monetaria. La denominada Inocencia Fiscal también forma parte de esa agenda destinada a redefinir la relación entre el Estado y los contribuyentes.

Sin embargo, el oficialismo enfrenta un riesgo que suele acompañar a los gobiernos con fuerte impronta personalista: confundir prioridades estratégicas con obsesiones políticas. Cuando un Presidente coloca demasiado peso sobre determinados proyectos, cualquier revés legislativo adquiere dimensiones desproporcionadas. La oposición entiende perfectamente ese mecanismo y suele utilizarlo como herramienta de desgaste.

Tampoco ayuda que existan diferencias dentro del propio universo libertario. La discusión sobre la reforma electoral expone fisuras que hasta hace poco permanecían disimuladas. La eliminación de las PASO, presentada durante mucho tiempo como una bandera del oficialismo, hoy aparece envuelta en dudas sobre su viabilidad parlamentaria. Algunos dirigentes prefieren administrar expectativas; otros insisten en sostener públicamente el objetivo. Esa diferencia de diagnóstico ya constituye una señal política.

Las internas no siempre destruyen a un gobierno. A veces incluso fortalecen el debate interno. El problema aparece cuando esas diferencias comienzan a proyectarse como incertidumbre sobre la conducción. Allí es donde Karina Milei adquiere un protagonismo creciente. Su influencia en la arquitectura política oficialista ya no admite discusión. Pero también implica una mayor responsabilidad: cuanto más centralizado está el proceso de decisiones, más difícil resulta distribuir los costos cuando aparecen los tropiezos.

La figura del jefe de Gabinete también queda expuesta en este escenario. Las negociaciones permanentes con otras fuerzas requieren algo más que habilidad táctica. Exigen paciencia, capacidad para escuchar y una dosis considerable de pragmatismo. Son atributos que muchas veces chocan con la lógica binaria que caracterizó al discurso libertario desde su nacimiento.

Existe otro elemento que merece atención. El Gobierno parece haber comprendido que la batalla legislativa no puede librarse únicamente durante las sesiones. Las reuniones previas, las conversaciones reservadas y la coordinación política pasaron a ocupar un lugar tan importante como el debate público. Es una evolución lógica, aunque también representa una transformación cultural para un espacio que construyó buena parte de su identidad denunciando precisamente esos mecanismos.

El problema es que la política nunca deja vacíos. Cuando un gobierno decide abandonar una herramienta porque la considera parte de la vieja práctica, tarde o temprano descubre que otra fuerza ocupa ese espacio. La construcción de mayorías sigue dependiendo del diálogo, incluso cuando ese diálogo resulte incómodo.

La verdadera incógnita no reside únicamente en si el oficialismo conseguirá aprobar uno u otro proyecto. La pregunta más relevante es si será capaz de consolidar una mayoría política estable antes de que comience la carrera electoral. Porque gobernar durante una campaña permanente suele convertirse en un ejercicio agotador. Cada votación empieza a leerse en clave electoral. Cada aliado potencial calcula costos futuros antes que beneficios presentes.

Milei todavía conserva el activo más importante que puede tener un Presidente: la capacidad de marcar la agenda. Pero marcar la agenda no equivale a controlar el Congreso. Y esa diferencia, que durante meses pudo disimularse bajo el impacto de la novedad política, empieza a convertirse en el principal desafío de su administración.

La historia argentina ofrece una enseñanza repetida: los gobiernos pueden llegar al poder impulsados por el entusiasmo; permanecen fuertes únicamente cuando logran construir confianza. No solo hacia los mercados o hacia la sociedad, sino también entre quienes deben levantar la mano cuando llega el momento de votar una ley.