OPINIÓN Por Carlos Zimerman

El tránsito no puede ser una tierra de nadie: hay que controlar para salvar vidas

Por Carlos Zimerman

RESUMEN

  • La inseguridad vial es uno de los grandes problemas que enfrenta la Argentina.
  • La senda peatonal, las velocidades máximas y las normas básicas se incumplen cotidianamente.
  • Camionetas, motos y automóviles conviven en un tránsito cada vez más desordenado y con controles insuficientes.
  • La seguridad vial necesita PRESENCIA, PERMANENCIA Y RIGUROSIDAD.
  • Otro problema es que muchas veces las políticas viales quedan en manos de funcionarios sin especialización, designados por compromisos políticos.

El tránsito argentino necesita presencia, permanencia y rigurosidad

Hay algo que en la Argentina hemos terminado naturalizando y que, sinceramente, no deberíamos naturalizar jamás: el caos del tránsito y la enorme cantidad de conductas irresponsables que todos los días ponen en riesgo la vida de los demás.

Nos hemos acostumbrado a ver cosas que en cualquier sociedad medianamente ordenada deberían resultar inaceptables. El automóvil detenido sobre la senda peatonal, el conductor que dobla sin respetar al peatón, la moto que aparece por cualquier lado, la camioneta que parece tener prioridad absoluta sobre todo lo que se mueve a su alrededor y, en las rutas, vehículos que circulan muy por encima de las velocidades máximas como si los carteles fueran simplemente una sugerencia.

Y lo peor de todo es que muchas veces nadie controla.

Ese es, a mi entender, el verdadero problema.

Porque podemos llenar las ciudades de carteles, pintar sendas peatonales, colocar semáforos, instalar radares y redactar las mejores leyes de tránsito del mundo. Pero si después no hay nadie que controle que esas normas se cumplan, todo queda reducido a una declaración de buenas intenciones.

La senda peatonal, por ejemplo, debería ser territorio exclusivo del peatón. Sin embargo, en muchísimas ciudades argentinas es ocupada sistemáticamente por automovilistas que frenan donde se les ocurre. Y no pasa nada.

El peatón espera.

El conductor avanza.

Y la autoridad, muchas veces, mira para otro lado.

En las rutas ocurre algo parecido. Las velocidades máximas existen por una razón. No son números puestos al azar en un cartel. Sin embargo, alcanza con transitar por cualquier ruta argentina para comprobar que una enorme cantidad de conductores no las respeta.

Y la pregunta vuelve a ser la misma: ¿dónde está el control?

Porque cuando el conductor sabe que probablemente no habrá nadie controlando, la norma pierde autoridad. Y cuando la norma pierde autoridad, aparece la anarquía.

Lo mismo ocurre con las camionetas. Hay conductores que parecen sentirse dueños y señores de las calles y de las rutas, como si manejar un vehículo más grande les otorgara una suerte de patente de corso. Se cruzan, aceleran, se adelantan de manera peligrosa, ocupan espacios que no les corresponden y pretenden imponer su tamaño por encima del resto.

Y con las motos la situación tampoco es mejor. Muchas motocicletas circulan como si prácticamente ninguna norma existiera. Adelantamientos por cualquier lugar, circulación entre vehículos, cruces indebidos, exceso de velocidad, falta de elementos de seguridad y maniobras que ponen en riesgo no solamente al motociclista sino también a todos los que circulan alrededor.

Aclaro algo: no estoy diciendo que todos los conductores de camionetas o todos los motociclistas sean irresponsables. Sería absurdo. Estoy señalando conductas que se repiten y que deberían ser controladas con mucha mayor firmeza.

Porque tampoco podemos caer en la ingenuidad de creer que el problema se resuelve solamente apelando a la buena voluntad de la gente.

No.

La educación vial es imprescindible, pero la educación sin control termina siendo insuficiente.

Y acá aparece una frase que, para mí, debería convertirse en una verdadera regla de oro de la seguridad vial argentina:

PRESENCIA, PERMANENCIA Y RIGUROSIDAD.

Presencia de la autoridad.

Permanencia del control.

Y rigurosidad para hacer cumplir las normas.

Las tres cosas juntas.

No sirve hacer un operativo espectacular durante un fin de semana y después desaparecer durante un mes. No sirve poner diez inspectores en una avenida cuando hay un evento y que al día siguiente no haya ninguno. No sirve controlar durante unos días una ruta y después dejarla librada a la suerte.

El control debe ser permanente porque el tránsito también lo es.

Y acá aparece otro problema que pocas veces se discute: quiénes son los responsables de diseñar y ejecutar las políticas de seguridad vial en la Argentina.

Porque no alcanza con tener un cargo. No alcanza con ser funcionario. No alcanza con pertenecer a un determinado partido político o contar con la confianza de alguien que ocupa un lugar más importante.

La seguridad vial requiere conocimiento.

Requiere especialistas.

Requiere experiencia.

Requiere estadísticas, planificación, prevención, ingeniería vial, conocimiento del comportamiento humano y capacidad para analizar dónde, cuándo y por qué se producen los siniestros.

Y, lamentablemente, muchas veces quienes están al frente de organismos relacionados con el tránsito o tienen la responsabilidad de diseñar políticas viales no son especialistas en la materia y llegan a esos lugares como consecuencia de compromisos políticos.

Esto no significa que una persona que proviene de la política no pueda hacer una buena gestión. Pero un área tan sensible como la seguridad vial no debería ser utilizada como una oficina más del reparto de cargos.

Porque cuando se habla de tránsito se habla de vidas.

Y cuando se habla de vidas, la improvisación debería estar prohibida.

Necesitamos funcionarios que sepan de seguridad vial, que conozcan las rutas, las ciudades, las estadísticas y los problemas concretos de los conductores y peatones. Necesitamos políticas que tengan continuidad y no cambien cada vez que cambia un gobierno o un funcionario.

Y necesitamos algo todavía más elemental: que las leyes se cumplan.

No podemos seguir discutiendo eternamente si hace falta una nueva ley mientras no somos capaces de hacer cumplir las que ya tenemos.

La Argentina tiene normas de tránsito. Tiene velocidades máximas. Tiene semáforos. Tiene sendas peatonales. Tiene cascos obligatorios. Tiene cinturones de seguridad. Tiene controles de alcoholemia. Tiene sanciones.

Lo que muchas veces falta es que alguien esté ahí para hacerlas cumplir.

Por eso también considero que la discusión sobre las facultades de la Policía y de los inspectores de tránsito no debería convertirse en una pelea corporativa. No importa quién controle más. Importa que se controle mejor.

Si deben intervenir los inspectores municipales, que intervengan.

Si determinadas situaciones requieren la intervención policial, que la Policía tenga las herramientas necesarias.

Si hacen falta controles electrónicos, que se utilicen.

Si hace falta modificar una norma, que se modifique.

Pero que nadie pierda de vista el objetivo principal: bajar la cantidad de muertos y heridos en nuestras calles y rutas.

Porque detrás de cada siniestro hay una persona.

Y detrás de cada persona hay una familia.

El tránsito argentino no necesita más discursos políticamente correctos. Necesita autoridad, profesionalismo y controles reales.

Necesita funcionarios que sepan.

Necesita agentes que estén.

Necesita controles que permanezcan.

Y necesita sanciones cuando alguien decide que las normas no son para él.

PRESENCIA, PERMANENCIA Y RIGUROSIDAD.

Si esas tres palabras se convierten verdaderamente en la columna vertebral de una política nacional de seguridad vial, podremos empezar a hablar de una solución.

Mientras no sea así, seguiremos pintando sendas que nadie respeta, colocando carteles de velocidades máximas que muchos ignoran y lamentando muertos que, en demasiados casos, se podrían haber evitado.