OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

El peronismo federal intenta recuperar la política detrás de la interna

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

El peronismo atraviesa una crisis que no se explica solamente por la pérdida del poder nacional ni por las dificultades para construir una alternativa electoral competitiva. Su problema más profundo parece estar en la dificultad para establecer prioridades, interpretar las transformaciones de la sociedad y ofrecer respuestas que excedan las disputas entre sus dirigentes. En ese escenario, el intento de recuperar una agenda federal y productiva representa algo más que una reunión partidaria: constituye una apuesta por modificar el eje de una discusión que amenaza con volverse irrelevante para buena parte de la ciudadanía.

El encuentro previsto en la Patagonia expresa esa voluntad de desplazar el centro de gravedad del debate justicialista. La intención es discutir energía, industria, pesca, desarrollo científico y empleo, asuntos que condicionan la vida cotidiana de las provincias y que, sin embargo, suelen quedar relegados cuando las principales figuras del espacio concentran sus esfuerzos en resolver quién debe conducirlo. La diferencia entre ambos enfoques es sustancial. Mientras una discusión gira alrededor de los liderazgos, la otra obliga a explicar qué modelo económico se pretende defender y cómo se lo llevaría a la práctica.

El federalismo, sin embargo, no puede limitarse a una consigna atractiva para diferenciarse de la política concentrada en el área metropolitana. Para convertirse en una propuesta nacional, necesita demostrar que las particularidades regionales pueden integrarse en un programa común. La Patagonia ofrece un punto de partida especialmente significativo: la actividad energética, los recursos naturales y las posibilidades de desarrollo conviven con dificultades laborales que ponen en cuestión la capacidad de la economía para generar oportunidades sostenibles. Allí, las discusiones partidarias se enfrentan con una realidad que no admite demasiadas abstracciones.

La pérdida de puestos de trabajo en las zonas vinculadas con la producción petrolera plantea, además, un interrogante que el peronismo no debería eludir. Si durante décadas construyó buena parte de su identidad política alrededor del empleo, la industria y la movilidad social, necesita explicar cómo recuperaría esas capacidades en una economía que atraviesa transformaciones profundas. No alcanza con denunciar los costos sociales del presente. También resulta indispensable precisar qué actividades podrían reemplazar a las que pierden dinamismo, qué inversiones serían necesarias y cuál sería el papel del Estado en esa transición.

La discusión energética expone otra dificultad. Las posiciones tradicionales sobre los subsidios ya no pueden resolverse mediante consignas que dividan el debate entre la protección indiscriminada y el traslado de todos los costos a los usuarios. La sustentabilidad fiscal importa, pero también importa la posibilidad concreta de pagar los servicios. Entre ambos extremos existe un espacio para diseñar mecanismos que contemplen las diferencias de ingresos, las necesidades productivas y las particularidades territoriales. La capacidad de encontrar ese equilibrio podría convertirse en una prueba de madurez para una fuerza que necesita revisar algunas de sus respuestas históricas.

El problema es que cualquier intento de reconstrucción programática debe desarrollarse en medio de una interna que consume buena parte de la energía política del peronismo. La disputa por la conducción, especialmente intensa en Buenos Aires, proyecta sus efectos sobre el conjunto del espacio y dificulta la elaboración de una estrategia compartida. No se trata de negar la importancia de los liderazgos, indispensables para competir electoralmente, sino de advertir que ninguna candidatura puede sustituir la definición de un proyecto. La discusión sobre quién representa al peronismo debería ser consecuencia de un debate sobre lo que el peronismo quiere representar.

El desafío del armado federal consiste, precisamente, en demostrar que existe una alternativa entre la obediencia a los núcleos tradicionales de poder y la fragmentación en expresiones provinciales sin capacidad de articulación nacional. Para eso necesitará incorporar a gobernadores, intendentes y dirigentes con experiencias diferentes, sin convertir la amplitud territorial en una simple suma de intereses electorales. La diversidad puede ser una fortaleza, pero solamente cuando existe un acuerdo reconocible sobre las prioridades económicas y sociales.

También deberá resolver una cuestión menos visible, aunque decisiva: cómo transformar los documentos y las deliberaciones en compromisos políticos verificables. La elaboración de propuestas constituye un avance frente a la discusión puramente personalista, pero su utilidad dependerá de que pueda traducirse en decisiones, equipos y una orientación consistente. De lo contrario, el debate federal corre el riesgo de convertirse en otra actividad partidaria que produce diagnósticos sin modificar la realidad.

La oportunidad está planteada. El peronismo puede continuar atrapado en una disputa por sus antiguas jerarquías o intentar reconstruir su identidad a partir de los problemas que enfrenta la sociedad. La agenda productiva no resolverá por sí sola la crisis de representación, pero puede contribuir a recuperar una conversación política más concreta. Antes de definir quién encabezará una eventual candidatura presidencial, el espacio necesita responder una pregunta más elemental: qué tiene para ofrecerle al país y por qué los ciudadanos deberían volver a confiar en él.