


Rafaela no entra en el PowerPoint
Por Maximiliano Pullaro corren tiempos de discursos grandilocuentes. Micrófono en mano, cámaras encendidas y estadísticas prolijamente acomodadas, el gobernador repite como un mantra el “derrumbe del delito en Rosario y en Santa Fe”. Lo dice con convicción, con épica y con la satisfacción de quien cree haber encontrado la fórmula. El problema es que, a poco más de 90 kilómetros, esa película no se proyecta.
En Rafaela, la realidad va por otro carril. Acá no hay derrumbes ni victorias históricas. Hay robos todos los días, hechos violentos cada vez más frecuentes y una sensación de hartazgo que crece al mismo ritmo que la inseguridad. Las crónicas policiales ya no sorprenden: se repiten. Y cuando algo se repite demasiado, deja de ser una excepción para convertirse en sistema.
La gente está cansada. Cansada de promesas, de anuncios lejanos y de planes que parecen diseñados para lucir bien en Rosario, pero que no cruzan la Ruta 34. Rafaela observa, escucha y espera… mientras el delito avanza.
En este escenario, el silencio de la intendencia empieza a ser tan preocupante como la inseguridad misma. Leonardo Viotti, el intendente que la ciudad eligió para gobernarla, no se anima —o no quiere— a pegar el puño contra la mesa. No se lo escucha exigirle al gobernador una respuesta urgente, clara y concreta. No se lo ve plantarse con la firmeza que la situación reclama.
Rafaela no necesita gestos tibios ni buenos modales políticos. Necesita un intendente que deje de lado cuestiones personales, afinidades o incomodidades, y actúe en defensa de la ciudad que gobierna. Porque cuando la inseguridad aprieta, la diplomacia sobra.
Pero la responsabilidad no es solo local. Pullaro también debe hacerse cargo. Gobernar Santa Fe no es gobernar Rosario con extensiones administrativas. El interior existe, padece y también vota. Rafaela no puede seguir siendo una nota al pie en la estrategia de seguridad provincial. Acá, así como vamos, nos estamos convirtiendo de a poco en aquello que el gobernador dice haber derrotado.
La advertencia está hecha. Rafaela no quiere convertirse en la próxima estadística que justifique un nuevo plan, un nuevo nombre rimbombante o una nueva conferencia de prensa. Quiere prevención, presencia policial real y decisiones políticas firmes. Ahora, no cuando sea demasiado tarde.
Porque cuando el delito avanza y la política mira para otro lado, el problema deja de ser de seguridad y pasa a ser de coraje. Y de eso, por ahora, hay un preocupante faltante.








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