



En una decisión sin precedentes que redefine el tablero de Oriente Medio, el gobierno libanés ha formalizado una declaración de guerra de facto contra Hezbollah e Irán, prohibiendo toda actividad militar de la organización chií y sus aliados extranjeros en suelo nacional.
Al mejor estilo Zelensky, el presidente del Libano, Joseph Aoun, se calzó el traje militar para pronunciar un fuerte discurso en el que prometió volver a poner al país en la senda de la estabilidad. La medida, que busca restaurar la soberanía del Estado sobre sus fronteras, marca el punto de ruptura final entre el Ejecutivo central y el "Estado dentro del Estado" que Hezbollah ha liderado durante décadas.
El decreto oficial establece la ilegalidad inmediata de cualquier milicia armada y ordena a las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL) tomar el control de los arsenales y puntos estratégicos en el sur del país y el valle de la Bekaa. El primer ministro, en un mensaje cargado de gravedad, subrayó que el Líbano no puede seguir siendo "el rehén de agendas externas que desangran nuestra tierra y anulan nuestras instituciones".
El apoyo galo y los intereses de París
Esta maniobra soberanista no ocurre en el vacío. Francia, bajo el firme liderazgo de Emmanuel Macron, ha emergido como el principal garante internacional de esta transición. El Palacio del Elíseo no solo ha validado políticamente la decisión del Líbano, sino que ha anunciado un compromiso de asistencia militar inmediata.
Envío de material logístico y sistemas de defensa antiaérea para las FAL, asesoría estratégica en inteligencia para detectar focos de insurgencia, y el despliegue de una fuerza de monitoreo naval en el Mediterráneo oriental para asegurar el flujo de suministros y evitar bloqueos, son las principales promesas de los europeos.
Para París, la estabilidad del Líbano es una cuestión de seguridad nacional. Con la escalada de tensiones con Irán, el Estrecho de Ormuz está prácticamente bloqueado (por donde pasa el 20% del gas y petróleo mundial). Francia tiene intereses directos. El envío del portaaviones Charles de Gaulle busca asegurar que el flujo energético hacia Europa no colapse totalmente.
Francia busca además frenar la percepción de decadencia europea. Tras los reveses sufridos en África (especialmente en el Sahel), París necesita demostrar que aún puede liderar crisis de alto impacto. Al tomar la iniciativa en el Líbano, Macron proyecta una Francia con "autonomía estratégica", capaz de mover piezas militares y diplomáticas sin esperar el visto bueno total de Washington.
Pero no todo es diplomacia romántica y seguridad nacional. París aspira a liderar los contratos de infraestructura y energía que surgirán si el Estado libanés logra estabilizarse y desplazar la influencia económica iraní.
Un equilibrio frágil: Alineaciones y riesgos
La gran incógnita reside en cómo afectará esto a la paz interna. El Líbano es un complejo mosaico de 18 confesiones religiosas donde el equilibrio es sagrado.
Mientras las facciones cristianas y sunitas parecen cerrar filas con el gobierno, la comunidad chií enfrenta una fractura interna entre quienes apoyan la resistencia de Hezbollah y quienes anhelan la seguridad de un Estado único.
En cuanto a las alineaciones externas, el bloque occidental y las potencias del Golfo (lideradas por Arabia Saudita) celebran el debilitamiento de Irán. Por otro, desde Teherán se percibe esto como una traición orquestada desde Washington y París.
El riesgo de una guerra civil es el fantasma que recorre las calles de Beirut. El éxito de esta medida dependerá de la capacidad de las Fuerzas Armadas para imponer autoridad sin confrontar con la población civil chií.
La otrora "Suiza del Medio Oriente" busca recuperar el esplendor que supo tener, previo a las malas influencias de las potencias regionales. Si el Estado logra sostener el pulso con el respaldo francés, el Líbano podría lograr la estabilidad que las influencias de Damasco (en los 60 y 70) y de Teherán (desde los 80 hasta hoy) le han quitado; de lo contrario, esta la declaración de guerra a las milicias que responden a intereses yihadistas podría ser el prólogo de un nuevo y oscuro capítulo de inestabilidad regional.






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