Dardos progresistas

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Estudiantes en clase con dianas políticas

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay escenas que explican mejor que cualquier análisis el clima político de una época. No requieren cifras, ni encuestas, ni especialistas en prime time. Alcanza con observar un episodio puntual, casi doméstico, en una facultad pública. En este caso, la Facultad de Medicina, donde uno imaginaría estudiantes concentrados en libros complejos, fórmulas imposibles y parciales eternos. Pero no. La escena ofrecía algo más didáctico: un blanco para lanzar dardos con la cara del Presidente.

Didáctica aplicada, versión siglo XXI.

La postal es tan precisa que parece diseñada con intención satírica. Un grupo que se reivindica como defensor de los derechos humanos organiza una actividad lúdica cuyo objetivo consiste en arrojar proyectiles simbólicos contra una figura política. Pero atención, no es violencia: es “expresión política”. Porque en la Argentina existe una categoría superior que todo lo justifica. Si la causa es correcta, el método pasa a ser un detalle técnico.

Y así aparece el elemento disruptivo de toda esta escena: alguien decide filmar. Un joven libertario, con la audacia imperdonable de registrar lo que está ocurriendo. Y ahí cambia todo. De repente, el problema deja de ser el blanco con una cara. El conflicto no es la consigna, ni la invitación explícita. El verdadero escándalo es la cámara.

Siempre la cámara.

Porque la cámara tiene esa manía insoportable de no interpretar: muestra. Y mostrar, en ciertos contextos, es casi un acto subversivo. Por eso la reacción es inmediata: “no filmen”. Una frase que sintetiza mejor que cualquier teoría la lógica del momento. Hay cosas que pueden hacerse, pero no deben verse. La ética, en este esquema, es un asunto más visual que moral.

Lo interesante no es el hecho en sí, sino la velocidad con la que se resignifica. En cuestión de segundos, la escena se transforma. Lo que era un juego con dardos pasa a ser una reivindicación histórica. Lo que parecía una provocación se convierte en una defensa de valores universales. Es una gimnasia retórica admirable: se toma una acción incómoda y se la envuelve en una narrativa noble.

“Defendemos todos los derechos humanos”, dicen. Todos. Incluso, al parecer, el derecho a elegir a quién se le apunta simbólicamente.

En ese contexto, el Presidente reacciona con una frase breve, casi quirúrgica: “Civilización o barbarie. Fin”. Y ahí está el punto. Porque más allá del tono, de la provocación o del estilo, hay una síntesis que interpela. No porque resuelva el problema, sino porque lo expone sin rodeos.

Lo que este episodio deja en evidencia es algo más profundo que una discusión universitaria. Es la dificultad de ciertos sectores para procesar que el escenario cambió. Durante años, hubo una especie de consenso implícito sobre quiénes tenían la autoridad moral para definir los límites del debate. Ese esquema hoy está en revisión. Y cuando eso ocurre, aparecen reacciones como esta: exageradas, contradictorias, a veces hasta ingenuas.

El problema no es la militancia. La política necesita militancia, discusión, pasión. El problema es cuando esa militancia se convence de que su causa la habilita a todo. Que hay acciones que, si las hace el otro, son inadmisibles, pero si las hace uno mismo, son justificables. Esa doble vara, que durante mucho tiempo funcionó sin demasiada resistencia, hoy empieza a quedar más expuesta.

Y ahí es donde el Gobierno de Javier Milei encuentra terreno fértil.

No porque sea perfecto —claramente no lo es—, sino porque logra capitalizar estas contradicciones. Cada escena como esta refuerza su relato. No necesita construir demasiado: el material le llega servido. Y eso, en política, es una ventaja enorme.

Además, hay un cambio de clima. Una parte de la sociedad empezó a mirar estas situaciones con otro filtro. Ya no alcanza con invocar palabras como “memoria” o “derechos humanos” para cerrar cualquier discusión. Esos conceptos siguen siendo fundamentales, pero ya no funcionan como blindaje automático frente a cualquier conducta.

La coherencia empezó a pesar.

Y cuando la coherencia entra en juego, las contradicciones se notan más. Un blanco con una cara puede parecer un detalle menor, una travesura militante. Pero en el contexto actual, se vuelve un símbolo. Un símbolo de cómo ciertas prácticas que antes pasaban desapercibidas ahora generan ruido.

Mientras tanto, el oficialismo no necesita sobreactuar ni sobredimensionar estos episodios: le alcanza con mostrar lo que ocurre. Y en esa simpleza hay una fortaleza política poco habitual en la Argentina, donde durante años el relato intentó imponerse por encima de los hechos.

Porque si algo está logrando el Gobierno de Javier Milei es invertir esa lógica: primero los hechos, después el discurso. Y en ese terreno, donde lo que se ve pesa más que lo que se dice, empieza a consolidarse una legitimidad distinta, menos declamada y más concreta.

En ese contexto, cada contradicción ajena no solo expone a quien la protagoniza, sino que refuerza la idea de que el cambio no era solo necesario, sino inevitable. Y quizás ahí radique la verdadera ventaja del oficialismo: no en la perfección, sino en haber interpretado mejor que nadie el hartazgo social y haber decidido, sin pedir permiso, correr los límites de lo políticamente tolerado.

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