En la tormenta, el Gobierno afina su brújula y apuesta a consolidar el rumbo

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Milei navegando en la tormenta

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RiGusZim1

Hay momentos en la política en los que lo decisivo no es la ausencia de conflicto, sino la forma en que se lo atraviesa. El Gobierno de Javier Milei parece haber elegido, en este tramo, una estrategia que incomoda a los observadores clásicos: resistir, ordenar su tropa y avanzar, incluso en medio del ruido. No es una anomalía. Es, más bien, una señal de identidad.

La escena puede leerse de dos maneras. Una, la más superficial, ve un oficialismo que se repliega sobre su núcleo duro mientras espera mejores datos económicos. La otra —más estructural— observa un proceso de consolidación política que no se desarma ante la primera turbulencia, sino que ensaya una pedagogía del conflicto: mostrar firmeza, marcar límites y sostener la iniciativa.

En ese marco se inscribe la defensa cerrada de Manuel Adorni. No es solo la protección de un funcionario. Es un mensaje hacia adentro y hacia afuera. Hacia adentro, disciplina. Hacia afuera, coherencia. El Gobierno entiende que ceder ante la presión mediática o política en esta etapa equivaldría a convalidar un mecanismo que históricamente erosionó a administraciones que aún no habían terminado de afirmarse.

Se dirá que hay costos. Que las explicaciones pudieron ser más prolijas. Que el estilo confrontativo genera resistencias. Todo eso puede ser cierto. Pero también es cierto que la política no es un concurso de formas, sino de poder. Y en ese terreno, el oficialismo parece haber optado por una lógica clara: no regalar debilidad.

El respaldo explícito del Presidente, la rápida alineación del gabinete y la activación de un ecosistema comunicacional propio no fueron improvisaciones. Responden a una concepción del poder que no separa la gestión de la narrativa. En tiempos de fragmentación, construir un relato consistente no es un lujo: es una necesidad.

Mientras tanto, el tablero económico ofrece señales que, aunque todavía incipientes, empiezan a configurar un horizonte distinto. La estabilización cambiaria, la acumulación de reservas y la desaceleración inflacionaria —con matices y tensiones— son piezas de un rompecabezas que el Gobierno intenta completar. Allí aparece uno de los nombres clave de este proceso, el de Federico Sturzenegger, impulsor de una agenda de desregulación que busca modificar las bases mismas del funcionamiento estatal.

El desafío, claro, es que esa arquitectura técnica se traduzca en percepciones concretas. Porque la economía, como la política, se juega también en el terreno de las expectativas. Y allí el oficialismo parece haber aprendido una lección central: no alcanza con prometer un futuro mejor; hay que construir señales creíbles de que ese futuro está en marcha.

En ese punto, la apuesta por sostener el rumbo sin cambios bruscos en el equipo cobra sentido. No se trata de falta de alternativas, como sugieren algunos, sino de una decisión deliberada de evitar el síndrome argentino de la permanente recomposición. Cambiar por cambiar puede ser más costoso que administrar tensiones.

Además, hay un dato que suele pasar inadvertido en el análisis coyuntural: la debilidad estructural de la oposición. Más allá de movimientos incipientes, como los que ensaya el peronismo en busca de reordenamiento, no aparece todavía una propuesta capaz de disputar con claridad el sentido del proceso en curso. Esa ausencia le otorga al Gobierno un margen que, bien administrado, puede transformarse en ventaja.

En ese contexto, las polémicas que ocupan la agenda —viajes, declaraciones, estilos— funcionan, en parte, como ruido de superficie. No porque carezcan de relevancia, sino porque no alteran el eje central del momento político: la disputa por el rumbo económico y el modelo de país.

El oficialismo parece haber decidido que esa disputa no se gana evitando conflictos, sino atravesándolos. Con un diagnóstico implícito: la sociedad argentina, cansada de zigzagueos, podría valorar más la consistencia que la perfección.

Por supuesto, el tiempo es un factor decisivo. La paciencia social no es infinita y la economía real impone sus propios plazos. Pero también es cierto que los procesos de cambio profundo rara vez transcurren sin tensiones.

En ese delicado equilibrio se mueve hoy el Gobierno. Entre la urgencia de mostrar resultados y la necesidad de sostener una estrategia de largo plazo. Entre el ruido de la coyuntura y la construcción de una narrativa que le dé sentido.

Tal vez por eso, más que un repliegue, lo que se observa es una forma de avance menos evidente. Un movimiento que no busca agradar a todos, sino consolidar una base desde la cual proyectar.

En política, como en la navegación, hay momentos en los que lo importante no es evitar la tormenta, sino saber hacia dónde se dirige el barco. Y en ese punto, el Gobierno de Milei parece tener algo que, durante años, fue escaso en la Argentina: una brújula definida.

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