



En política, los gestos suelen decir más que los discursos. Y en Rafaela, hace tiempo que Lisandro Mársico dejó de disimular lo que ya es un secreto a voces: su distancia con el intendente Leonardo Viotti no solo es real, sino también irreversible.
Lo que antes eran matices o diferencias tácticas hoy se transformó en una ruptura política de hecho. Mársico ya no juega dentro del esquema oficialista; juega para sí mismo. Y lo hace con un objetivo claro, sin rodeos, sin eufemismos: 2027. La candidatura a la intendencia dejó de ser una especulación para convertirse en una construcción en marcha.
El problema no es solo la ambición de Mársico —legítima en términos políticos—, sino el impacto directo que esa decisión tiene sobre la gobernabilidad de Viotti. Porque sin Mársico, el intendente queda peligrosamente expuesto en el Concejo Municipal de Rafaela. Pierde volumen político, pierde músculo legislativo y, sobre todo, pierde a uno de los pocos dirigentes con peso propio dentro de su espacio.
La imagen es clara: Viotti empieza a quedar solo. Demasiado solo.
En un contexto donde la gestión necesita acuerdos finos, muñeca política y capacidad de negociación, el aislamiento no es una opción. Es un problema. Y uno serio. Porque gobernar sin respaldo en el Concejo no solo dificulta la aprobación de proyectos clave, sino que también debilita la autoridad política del Ejecutivo.
Pero hay algo más profundo aún. La soledad de Viotti no es solo producto de la salida de Mársico; también es consecuencia de una forma de ejercer el poder. Durante la etapa de “vacas gordas”, cuando los números acompañaban y el margen de maniobra era amplio, primó una lógica cerrada, poco permeable al diálogo, con rasgos de soberbia que hoy pasan factura.
A este cuadro ya de por sí complejo, se le suma un dato político de alto voltaje: la relación con el gobernador Maximiliano Pullaro. En la superficie, el respaldo institucional está. En los papeles, también. Pero en la política real, la que se cocina lejos de los micrófonos, la historia es otra.
Pullaro acompaña en las formas, pero no en el fondo.
Las diferencias con Viotti no son nuevas; vienen de arrastre, de años, y en el entorno del gobernador las describen como irreconciliables. Hay una frase que el propio Pullaro suele repetir en voz baja, casi como una sentencia: “los códigos no se discuten”. Y en ese terreno, entienden que Viotti nunca terminó de encajar.
Ese distanciamiento silencioso deja al intendente aún más expuesto. Porque sin respaldo político sólido en la provincia y sin volumen propio en el Concejo, su margen de maniobra se reduce al mínimo.
La sensación que empieza a instalarse es incómoda, pero cada vez más evidente: la suerte de Viotti está prácticamente echada.
De aquí a 2027, el escenario aparece cuesta arriba. Muy cuesta arriba. Habrá que ver si logra reinventarse políticamente o si queda atrapado en su propio aislamiento. Porque, al final del día, estamos hablando de dirigentes que conocen el sistema y sus recovecos.
Y si algo ha demostrado la política argentina, es que nadie se queda afuera del todo. Siempre hay un lugar, un cargo, una estructura donde reacomodarse.
Después de todo, cuando se apagan las luces del poder real, empieza otra etapa. Y ahí, más que vocación de servicio, lo que suele prevalecer es la necesidad de seguir estando. Aunque sea, como tantas veces, desde algún rincón cómodo del Estado.










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