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Sigo creyendo en Javier Milei. Sigo convencido de que representa el cambio político que la Argentina necesitaba y de que fue quien nos permitió dejar atrás uno de los períodos más nefastos de nuestra historia reciente: el kirchnerismo. No tengo dudas de que el rumbo económico es el correcto ni de que muchas de las transformaciones impulsadas por su gobierno eran imprescindibles.
Pero justamente porque creo en ese cambio, no estoy dispuesto a justificar conductas que durante años les critiqué a otros. Haber votado a Milei no significa aceptar personajes que terminan reproduciendo las mismas prácticas que tanto daño le hicieron al país.
La corrupción no distingue partidos políticos. Se es honesto o se es corrupto. No existen corruptos buenos y corruptos malos. No importa si pertenecen al peronismo, al radicalismo, al PRO o a La Libertad Avanza. Si un funcionario traiciona la confianza de la sociedad, debe irse.
Manuel Adorni no cayó por ser libertario. Cayó porque terminó convirtiéndose en un problema ético y político para el Gobierno, del mismo modo que Martín Insaurralde lo fue para el kirchnerismo. Quienes intentan presentar uno como símbolo de la vieja política y al otro como representante de la nueva cometen un error. Yo no compro ese relato.
La corrupción, o la degradación ética del poder, no tiene ideología. Tiene nombres. Tiene funcionarios que olvidan que administran recursos ajenos y gobiernos que, muchas veces, los sostienen mucho más tiempo del que deberían.
Martín Insaurralde quedó envuelto en gravísimas investigaciones judiciales que pulverizaron cualquier autoridad moral para seguir ocupando cargos públicos. Del otro lado, Manuel Adorni terminó convirtiéndose en uno de los mayores problemas políticos para Javier Milei. No solamente por las denuncias y las investigaciones que lo rodean, sino porque su permanencia fue erosionando el principal capital del Presidente: la credibilidad de haber prometido un gobierno distinto.
Y allí, creo, estuvo el mayor error de Milei.
Hubiese sido saludable, tanto política como institucionalmente, apartarlo mucho antes. Un Presidente no debe esperar únicamente una condena judicial para tomar decisiones. También tiene la obligación de cuidar la confianza de la sociedad. Cuando un funcionario deja de fortalecer al Gobierno para convertirse en una carga permanente, la decisión correcta es removerlo.
Adorni le hizo un enorme daño a Milei. Un daño cuyos efectos probablemente todavía no puedan medirse en toda su dimensión, pero que seguramente aparecerán con el tiempo. Porque la confianza no se pierde de golpe; se deteriora lentamente. Y una vez que se rompe, recuperarla resulta extremadamente difícil.
Uno paseaba por Marbella en un yate de lujo mientras millones de argentinos sufrían una profunda crisis económica. El otro terminó simbolizando que quienes prometían una vara moral diferente también podían quedar atrapados por cuestionamientos incompatibles con el discurso del cambio.
Cambian los gobiernos.
Cambian los discursos.
Cambian las banderas.
Pero si la conducta termina siendo la misma, la decepción social también es la misma.
La corrupción no comienza cuando aparece una sentencia judicial. Empieza mucho antes: cuando un funcionario confunde el cargo con un privilegio, cuando el interés personal desplaza al interés público y cuando el poder deja de entenderse como un servicio para convertirse en un beneficio propio.
La Argentina no necesita celebridades del poder. No necesita funcionarios que vivan rodeados de privilegios ni voceros que terminen eclipsando al propio Presidente. Necesita servidores públicos que comprendan que el Estado no les pertenece y que administrar recursos públicos exige una conducta irreprochable.
No me interesa de qué partido provenga un funcionario. La vara debe ser exactamente la misma para todos.
Porque el día que un gobierno deja de aplicar hacia adentro el mismo rigor que exige hacia afuera, pierde la autoridad moral para combatir la corrupción.
Sigo creyendo en Javier Milei. Precisamente por eso creo que debe ser el primero en demostrar que en la nueva Argentina no hay lugar para los corruptos, sin importar el cargo que ocupen ni el partido al que pertenezcan.
Porque la corrupción no tiene partido.
Y la ética tampoco debería tener excepciones.








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