

Viotti apuesta todo a los Odesur, pero Rafaela no necesita una fiesta para tapar una mala gestión
RAFAELA Por Carlos Zimerman

Leonardo Viotti parece haber encontrado en los Juegos Odesur la gran tabla de salvación de su gobierno.
Todo parece girar alrededor de los Juegos. Obras, anuncios, reuniones, fotografías, discursos y una permanente intención de mostrar que Rafaela está ante una oportunidad histórica.
Pero permítanme decirlo claramente: yo no creo que los Odesur sean la gran revolución que algunos pretenden venderle a los rafaelinos.
Y mucho menos creo que puedan convertirse en el salvavidas político de una gestión que viene mostrando demasiadas dificultades.
Hace poco más de dos años, desde R24N comenzamos a advertir que Rafaela iba a ser una de las sedes de los Juegos Odesur 2026. Lo hicimos cuando la administración de Viotti recién comenzaba y cuando, en la Municipalidad, ni siquiera parecía existir una verdadera dimensión de lo que significaba que la ciudad fuera sede.
Dijimos entonces que había que trabajar con tiempo, planificar, estudiar las necesidades y aprovechar la oportunidad de manera responsable.
Hoy, dos años después, los Odesur aparecen casi como la gran bandera de la gestión Viotti.
Y ahí es donde aparecen mis dudas.
Porque una cosa es organizar un acontecimiento deportivo y otra muy distinta es creer que eso va a transformar económicamente a Rafaela.
No estoy convencido de que durante los Juegos los comercios vayan a desbordar de clientes. No creo que la ciudad vaya a vivir una explosión comercial extraordinaria. Puede haber movimiento, naturalmente. Puede haber visitantes. Puede haber consumo.
Pero de ahí a imaginar un boom económico hay una distancia enorme.
Y esa diferencia importa cuando hablamos de millones de pesos destinados a obras, infraestructura y acondicionamiento.
Porque la pregunta que nadie debería esquivar es muy sencilla:
¿Cuánto le van a costar realmente los Odesur a los rafaelinos y qué quedará después?
No alcanza con decir que quedan obras.
Hay que preguntarse qué utilidad tendrán esas instalaciones una vez que termine la competencia.
Porque construir es una cosa. Mantener es otra.
Una obra puede lucir extraordinariamente bien durante los Juegos, con delegaciones, autoridades, cámaras de televisión y movimiento permanente. Pero cuando termine la fiesta y los deportistas se vayan, quedará una estructura que habrá que mantener, cuidar, reparar, iluminar, limpiar y administrar.
Y eso cuesta dinero.
Mucho dinero.
¿Está Rafaela preparada para afrontar ese gasto durante los próximos años?
¿Se hizo realmente un estudio serio sobre el costo de mantenimiento de toda esa infraestructura?
¿Existe un plan concreto para garantizar que esas instalaciones tengan utilización permanente?
Son preguntas que, a mi entender, deberían estar sobre la mesa antes de presentar los Odesur como una suerte de maná que llega a la ciudad.
Porque si después de los Juegos quedan instalaciones costosas, subutilizadas y difíciles de sostener, la supuesta oportunidad puede transformarse en otro problema para las futuras administraciones municipales.
Y hay algo más.
No podemos analizar los Odesur separados de la realidad económica de Rafaela.
Mientras se habla de grandes obras y de la importancia de recibir una competencia internacional, el gobierno municipal continúa reclamando más y más recursos de los vecinos.
Aumentos de tasas. Nuevos pedidos de incremento. Mayor presión tributaria.
Entonces la pregunta resulta inevitable:
¿Tiene sentido exigirle cada vez más al contribuyente mientras se destinan recursos importantes a proyectos cuyo beneficio económico futuro no está tan claro?
Ese es el debate que debería darse.
No se trata de estar en contra del deporte. Tampoco de estar en contra de que Rafaela sea sede de una competencia internacional.
Se trata de algo mucho más simple: administrar con responsabilidad el dinero de los rafaelinos.
Hace más de dos años advertimos desde R24N que había que trabajar seriamente con los Odesur. La administración municipal tenía tiempo para planificar. Tenía tiempo para evaluar costos, beneficios y necesidades.
Hoy Viotti parece querer convertirlos en la gran vidriera de su gobierno.
Pero los rafaelinos no viven dentro de una vidriera.
Viven en una ciudad donde tienen que pagar impuestos cada vez más altos, donde se discute permanentemente cómo se administran los recursos municipales y donde cada peso debería ser utilizado con absoluta responsabilidad.
Por eso sigo sosteniendo algo que dije hace tiempo: Viotti tiene el boleto picado.
Y los Odesur no van a cambiar esa realidad.
Podrán traer algunos visitantes. Podrán generar movimiento durante determinados días. Podrán dejar alguna obra útil.
Pero no van a borrar una gestión que, desde mi mirada, viene equivocando el rumbo desde el comienzo.
Y tampoco deberían convertirse en una excusa para gastar sin medir las consecuencias.
Porque la fiesta termina.
Las delegaciones se van.
Las cámaras se apagan.
Los funcionarios dejan de sacarse fotos.
Y entonces Rafaela queda con lo que realmente importa: las obras que habrá que mantener, los gastos que habrá que afrontar y los mismos vecinos que seguirán pagando la cuenta.
Los Odesur pueden ser una oportunidad.
Pero una oportunidad no significa automáticamente un beneficio.
Y mucho menos una salvación política.
Rafaela necesita una buena administración. No una fiesta que durante unos días intente hacernos olvidar de ella.








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