OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

El dilema de la Doctrina Donroe: El caso argentino frente al avance de China

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

La geopolítica en el continente americano ha ingresado en una fase de redefinición estructural. Mientras la administración de Donald Trump consolida una estrategia de reafirmación del dominio estadounidense, Argentina se ha posicionado como el laboratorio de pruebas de una renovada "Doctrina Monroe" adaptada al siglo XXI. El reciente derrocamiento del régimen en Venezuela marcó un punto de inflexión en la intervención directa, pero es la relación con el gobierno de Javier Milei la que ofrece las pistas más concretas sobre las herramientas financieras que la Casa Blanca está dispuesta a utilizar para recuperar terreno frente a la influencia de China en la región.

Argentina constituye hoy el único escenario global donde el poder financiero del Tesoro de los Estados Unidos ha sido utilizado de manera explícita para sostener a un aliado estratégico. En septiembre de 2025, ante la posibilidad de un colapso económico que amenazaba la continuidad del proyecto libertario, el gobierno estadounidense envió un rescate de 20.000 millones de dólares. Esta intervención, sin precedentes desde la crisis mexicana de mediados de los años 90, logró estabilizar la moneda argentina y garantizar la supervivencia política de Milei. Sin embargo, este auxilio financiero no es gratuito: conlleva la expectativa de un alineamiento total que desafíe el control que Beijing ejerce sobre sectores estratégicos de la infraestructura sudamericana.

Desde la llegada de este flujo de capitales norteamericanos, el gobierno argentino ha comenzado a erigir obstáculos a proyectos clave de origen chino. Se han registrado frenos administrativos en la construcción de infraestructura espacial en los Andes y se mantiene paralizada una propuesta de inversión nuclear de 8.000 millones de dólares respaldada por el gigante asiático. Asimismo, se han bloqueado licitaciones a empresas chinas en proyectos de dragado y mantenimiento de vías fluviales fundamentales para el comercio internacional. Estas medidas parecen responder a una exigencia de exclusividad geopolítica que Washington intenta imponer a través de lo que analistas denominan "zanahorias" financieras, diferenciándose de los métodos coercitivos o arancelarios aplicados a otros países de la región como Brasil o México.

Pese a esta ofensiva diplomática y financiera, la realidad económica impone límites severos a la ruptura con el gigante asiático. Argentina mantiene una dependencia comercial profunda que no ha sido reemplazada por el mercado estadounidense. Durante el último año, las exportaciones hacia China crecieron un 57%, una cifra que duplica el incremento de los envíos hacia los Estados Unidos. Esta asimetría explica por qué, a pesar de la retórica confrontativa de la campaña electoral, el Banco Central argentino ha procedido a renovar tramos del swap de divisas con el Banco Popular de China y ha permitido que instalaciones estratégicas de ese país sigan operando en territorio nacional. La dinámica refleja una máxima que parece inalterable: Beijing ha llegado para quedarse y ningún gobierno puede reestructurar sus relaciones económicas solo por voluntad política externa.

El desafío para la estrategia de Trump radica en que la inversión extranjera directa de China en las Américas ya supera los 180.000 millones de dólares. En una región con necesidades urgentes de modernización industrial y extracción de recursos estratégicos, pocos Estados perciben a los Estados Unidos como una alternativa de inversión real frente a la disponibilidad de capital de Beijing. Las políticas proteccionistas actuales de la Casa Blanca, que desalientan la inversión privada en el exterior, terminan por agravar esta brecha. Así, Argentina aparece como la excepción de una política exterior que todavía se inclina más hacia la presión que hacia la cooperación económica estructural.

El futuro de la influencia de Washington en el hemisferio dependerá de su capacidad para transformar estas intervenciones puntuales en una política de Estado sostenible. Si el modelo de recompensas financieras no se institucionaliza, los líderes regionales —incluso aquellos ideológicamente afines— se verán atrapados en una contradicción insoluble. La necesidad de apaciguar a dos superpotencias enfrentadas obligará a los gobiernos a mantener una ambigüedad diplomática que la Casa Blanca difícilmente acepte. La confirmación de una próxima visita de Milei a China hacia finales de año es el recordatorio más nítido de que, en el actual orden mundial, la lealtad geopolítica no alcanza para reemplazar el flujo de capitales que hoy domina el comercio global.