Milei e Illia: ideologías totalmente opuestas, valores compartidos
Hace pocos días se cumplió un juevo aniversario del fallecimiento del que para muchos Argentinos fue el mejor presidente que se sentó en el sillón de Rivadavia. Esta afirmación quizá sea discutida por muchos, quizá me incluya entre ellos, pero lo que nadie puede negar y casi es unánime el pensamiento, es que fue el presidente más honesto que tuvo la Argentina, de ello seguramente no hay dudas.
A muchos les va a parecer imposible. Otros dirán que la comparación es descabellada. No faltarán quienes se enojen ante la sola mención conjunta de sus nombres. Sin embargo, vale la pena detenerse un momento y pensar: ¿pueden Javier Milei y Arturo Illia, tan distintos en lo ideológico, encontrarse en algún punto esencial? La respuesta, aunque incomode, es sí.
Ideológicamente no coinciden en nada. Más aún: podría decirse que son opuestos en casi todo. Illia representó una tradición política ligada al humanismo radical, al Estado como garante del bienestar y a una economía con fuerte presencia pública. Milei, en cambio, encarna un liberalismo extremo, con una mirada crítica —y disruptiva— sobre el rol del Estado y la política tradicional. Hasta ahí, no hay discusión.
Pero donde sí se encuentran, de manera clara y contundente, es en los valores personales: la honradez, la austeridad y una forma de ejercer el poder sin ostentación.
Sobre Illia hay ríos de tinta escritos. Su vida austera, su rechazo a los privilegios del poder, su modestia personal y su honestidad a prueba de cualquier sospecha forman parte del consenso histórico argentino. Vivía como médico de pueblo, gobernó como un ciudadano común y se fue del poder con la misma sencillez con la que había llegado.
De Milei, en cambio, recién ahora comienza a conocerse esa faceta. Lejos del personaje mediático, del tono confrontativo y del discurso incendiario, empiezan a aparecer gestos que hablan de simpleza, humildad y honradez. Hace pocos días trascendió que el Presidente ordenó acondicionar un pequeño galpón —utilizado para guardar herramientas— dentro de la quinta presidencial para mudarse allí, incómodo con los inmensos y lujosos salones de la residencia oficial. Un dato menor para algunos, pero profundamente simbólico.
También lo vimos lucir un mameluco de YPF como vestimenta, una imagen impensada en la liturgia tradicional del poder argentino. Un gesto de sencillez pocas veces visto en un presidente en ejercicio y que, inevitablemente, remite a la sobriedad de Don Arturo.
Seguro que ideológicamente no coinciden en nada. Pero nadie puede endilgarle a Javier Milei la ostentación, el lujo desmedido o el uso obsceno del poder que caracterizó a otros mandatarios argentinos. En un país golpeado por la corrupción, el cinismo y la distancia entre dirigentes y ciudadanos, ese punto de contacto no es menor.
Tal vez la historia no los reúna por sus ideas económicas ni por sus programas de gobierno. Pero puede que los vincule por algo más profundo y escaso: la ética personal aplicada al ejercicio del poder. Y en la Argentina, eso no es poca cosa.