La tentación del liderazgo regional
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay una diferencia sustancial entre interpretar un cambio político y creer que ese cambio es irreversible. La historia latinoamericana está repleta de dirigentes que confundieron una victoria electoral con el nacimiento de una nueva era. Muchos terminaron descubriendo que el péndulo ideológico de la región se mueve con una velocidad capaz de convertir triunfos resonantes en derrotas inesperadas.
Javier Milei parece convencido de que está frente a una oportunidad histórica. No se trata únicamente de gobernar la Argentina. Su aspiración, cada vez menos disimulada, consiste en transformarse en el principal referente de un nuevo espacio político latinoamericano integrado por gobiernos de centroderecha y derecha que comparten una visión crítica del populismo, del intervencionismo estatal y de los organismos regionales que dominaron la escena durante las últimas dos décadas.
La apuesta no carece de lógica. En varios países de América Latina comenzaron a consolidarse administraciones que exhiben una agenda económica más cercana al libre mercado y un discurso mucho más severo frente al avance del Estado sobre la actividad privada. El fenómeno existe. Negarlo sería desconocer la realidad política del continente.
La verdadera discusión, sin embargo, no pasa por determinar si ese fenómeno es real, sino por establecer si tiene la profundidad suficiente para convertirse en una arquitectura política duradera.
Es allí donde aparecen las primeras dudas.
Las alianzas regionales construidas sobre afinidades ideológicas suelen tener una vida mucho más corta que aquellas edificadas sobre intereses permanentes. América Latina ofrece múltiples antecedentes. Distintos bloques nacieron con grandes expectativas y terminaron perdiendo relevancia cuando cambiaron los gobiernos que les daban sustento. Las relaciones internacionales, al fin y al cabo, sobreviven cuando los intereses de los Estados pesan más que las simpatías personales entre los presidentes.
El Gobierno argentino parece imaginar una especie de nueva coordinación política regional integrada por administraciones afines. La idea seduce porque permitiría proyectar la influencia de Milei mucho más allá de las fronteras nacionales y convertirlo en una referencia continental del liberalismo económico.
Pero el liderazgo no se decreta.
Tampoco surge únicamente de la potencia del discurso.
Se construye mediante resultados.
Los presidentes que lograron ejercer influencia regional fueron aquellos que exhibieron éxitos concretos en sus propios países antes de intentar exportar sus modelos. Primero resolvieron los problemas internos. Después fueron escuchados por sus vecinos.
Ese orden no es casual.
La Argentina todavía atraviesa una transición económica compleja. La inflación continúa descendiendo y el Gobierno logró recuperar parte de la estabilidad macroeconómica, pero persisten desafíos significativos en materia de crecimiento, empleo, inversión y recuperación del poder adquisitivo. Difícilmente un país pueda convertirse en faro regional cuando buena parte de sus propios ciudadanos todavía espera que las mejoras económicas lleguen a la vida cotidiana.
Existe además otro elemento que merece atención.
Las afinidades ideológicas no garantizan coincidencias estratégicas.
Los gobiernos considerados cercanos a Milei poseen prioridades nacionales muy distintas entre sí. Algunos concentran sus esfuerzos en combatir el crimen organizado. Otros priorizan la atracción de inversiones. Algunos mantienen posiciones proteccionistas en determinados sectores económicos mientras otros impulsan una apertura mucho más acelerada. Incluso existen diferencias relevantes en política exterior.
Pensar que todos esos gobiernos actuarán coordinadamente solo porque comparten un diagnóstico crítico sobre el populismo puede resultar una simplificación excesiva.
La política internacional suele ser mucho más pragmática que ideológica.
En ese contexto, la gira presidencial adquiere un valor simbólico importante. Las visitas, las fotografías conjuntas y los gestos políticos buscan consolidar una narrativa según la cual América Latina estaría atravesando una profunda reconfiguración política.
Sin embargo, las fotografías tienen un efecto efímero.
Lo verdaderamente trascendente será comprobar si esa sintonía logra traducirse en posiciones comunes dentro de organismos multilaterales, acuerdos económicos concretos o estrategias compartidas frente a desafíos regionales como la inseguridad, el narcotráfico, la migración o el comercio internacional.
Hasta ahora predominan las señales políticas.
Los resultados institucionales todavía aparecen como una promesa.
También resulta llamativo que buena parte del entusiasmo oficial repose sobre procesos electorales que aún no concluyeron. Las democracias latinoamericanas han demostrado una notable capacidad para sorprender incluso a los analistas más experimentados. Dar por consolidado un mapa político antes de que los ciudadanos voten suele conducir a diagnósticos prematuros.
La prudencia nunca debería ser interpretada como pesimismo.
Es simplemente una obligación del análisis político serio.
Porque si algo caracteriza a América Latina es precisamente la volatilidad de sus procesos electorales.
Un continente que hace pocos años aparecía ampliamente dominado por gobiernos de izquierda comenzó luego a mostrar victorias de fuerzas conservadoras o liberales. Nada garantiza que dentro de algunos años el péndulo no vuelva a desplazarse en sentido contrario.
Ese comportamiento pendular forma parte de la identidad política regional.
Por eso, quizás el mayor desafío para Milei no consista en liderar un espacio ideológico, sino en construir una política exterior capaz de trascender esos ciclos.
Las administraciones pasan.
Los intereses nacionales permanecen.
La Argentina necesita fortalecer sus vínculos con aquellos gobiernos que compartan objetivos estratégicos, pero sin convertir las coincidencias ideológicas en el único criterio para definir alianzas internacionales. Una diplomacia basada exclusivamente en afinidades políticas corre el riesgo de debilitarse cada vez que cambia el signo de un gobierno extranjero.
La política exterior exige una dosis de estabilidad que la política doméstica muchas veces no ofrece.
El Presidente parece decidido a ocupar un lugar central en el debate latinoamericano. Es una ambición legítima. Incluso puede resultar beneficiosa si contribuye a recuperar protagonismo internacional para la Argentina.
Pero esa aspiración encontrará su verdadera medida en los hechos y no en las expectativas.
Si la estabilización económica se consolida, si las reformas producen crecimiento sostenido y si el país recupera credibilidad de manera permanente, el liderazgo regional llegará casi por decantación.
Si esos objetivos no se alcanzan, ninguna gira internacional, ninguna fotografía colectiva ni ninguna declaración de afinidad ideológica podrán sustituir el peso de los resultados.
Porque, al final, los liderazgos duraderos nunca nacen de la retórica.
Nacen del ejemplo.