Cuando el campo deja de pedir auxilio y empieza a exigir resultados
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay gestos que, aun cuando parecen menores, terminan revelando mucho más que un discurso. Que la inauguración oficial de la Exposición Rural de Palermo se haya trasladado del tradicional sábado al domingo para acomodarse a la agenda internacional del presidente Javier Milei puede interpretarse como una simple cuestión de calendario. Sin embargo, también simboliza otra realidad: el Gobierno entiende que el campo ocupa un lugar central en su estrategia política y económica. No por casualidad eligió cerrar una semana de alto voltaje diplomático con una imagen de cercanía hacia el sector que, probablemente, más acompañó el rumbo económico desde el comienzo de la gestión.
La Rural dejó de ser hace tiempo una exposición ganadera. Es un termómetro del vínculo entre el poder político y uno de los motores históricos de la economía argentina. Allí no sólo se exhiben los mejores ejemplares bovinos, la maquinaria más moderna o los avances tecnológicos del agro. Allí también se mide el humor de quienes producen, invierten y generan una parte sustancial de las divisas que sostienen al país. Por eso cada palabra pronunciada desde ese escenario adquiere un peso que trasciende al predio de Palermo.
Milei llegó con un mensaje que buscó consolidar una alianza que ya existía antes de asumir la Presidencia. No habló únicamente para los productores rurales. Habló para un electorado que desde hace años considera que el Estado convirtió al campo en una fuente permanente de recursos fiscales sin ofrecer, a cambio, reglas claras ni previsibilidad. El Presidente intentó reforzar esa idea al presentar a su administración como la responsable de comenzar a desmontar un entramado de regulaciones, restricciones e impuestos que durante décadas condicionó la competitividad del sector.
En esa construcción discursiva hubo un concepto que apareció de manera reiterada: la libertad. Para Milei, el crecimiento del agro no depende tanto de la asistencia estatal como de la ausencia del Estado allí donde considera que sobra. La eliminación de restricciones cambiarias, la reducción de retenciones, la apertura de mercados y la baja de aranceles fueron presentadas como pruebas de una filosofía que sostiene que producir más comienza cuando el Estado deja de intervenir menos. Esa idea constituye, probablemente, el corazón del proyecto económico libertario.
Sin embargo, la política rara vez permite relatos lineales. El mismo Presidente que reivindicó la capacidad del campo para generar riqueza también reconoció, aunque de manera indirecta, que las retenciones continúan vigentes. Es decir, la principal demanda histórica del sector sigue pendiente. La diferencia radica en que hoy existe una expectativa distinta. Muchos productores parecen creer que la eliminación definitiva llegará más temprano que tarde. La confianza, en economía, suele ser tan importante como las medidas concretas, y ese capital político todavía acompaña al Gobierno.
El discurso presidencial también buscó instalar una visión más amplia sobre el papel del agro en la estructura económica argentina. Durante años se intentó reducir el debate a una falsa dicotomía entre el campo y la industria, como si ambos sectores compitieran entre sí. La realidad demuestra exactamente lo contrario. Detrás de cada hectárea sembrada existe una enorme cadena de valor integrada por científicos, transportistas, mecánicos, ingenieros, comerciantes, fabricantes de maquinaria, desarrolladores tecnológicos y miles de trabajadores que encuentran en la producción agroindustrial su fuente de ingresos. El campo dejó hace mucho de ser solamente agricultura y ganadería. Hoy representa innovación, biotecnología, exportaciones y empleo calificado.
Quizá por eso resultó significativo que Nicolás Pino, presidente de la Sociedad Rural Argentina, eligiera un tono diferente al de otros años. Hubo reconocimiento hacia varios logros económicos del Gobierno, especialmente en materia de inflación, estabilidad fiscal y apertura comercial. Pero también hubo reclamos concretos. Las retenciones siguen siendo consideradas un impuesto distorsivo. Los gravámenes provinciales continúan encareciendo la producción. Las tasas municipales aparecen muchas veces como costos difíciles de justificar. Es decir, la confianza existe, pero no alcanza para reemplazar las reformas pendientes.
En definitiva, el mensaje de la dirigencia rural pareció resumirse en una frase sencilla: el Gobierno comenzó un camino correcto, pero todavía falta recorrer buena parte del trayecto. Esa diferencia es importante. No se trató de una ovación incondicional ni de un respaldo acrítico. Fue, más bien, una ratificación de expectativas. El sector decidió darle crédito político a una administración que promete terminar con viejos esquemas tributarios que durante décadas afectaron su competitividad.
Mientras tanto, los números ayudan a consolidar ese clima. La producción agropecuaria atraviesa uno de sus mejores momentos de los últimos años. Las cosechas alcanzaron niveles históricos. Las exportaciones crecieron. Algunos segmentos de la ganadería disfrutan de precios favorables y de una demanda sostenida. Es evidente que la combinación entre mejores condiciones climáticas, mayor apertura comercial y un escenario macroeconómico menos distorsionado contribuyó a fortalecer esa recuperación.
Pero sería un error atribuir todo el mérito exclusivamente a las políticas oficiales. El campo argentino ha demostrado una extraordinaria capacidad para producir incluso en contextos profundamente adversos. Lo hizo con cepo, con inflación, con brechas cambiarias, con presión tributaria récord y con permanentes cambios regulatorios. Si hoy exhibe mejores resultados, también es consecuencia de una resiliencia empresarial que pocas actividades económicas poseen. El mérito del Estado debería consistir precisamente en no convertirse nuevamente en un obstáculo para esa capacidad productiva.
Existe, además, un componente político que no puede ignorarse. El Gobierno necesita que el agro continúe siendo uno de los principales motores de la recuperación económica. No sólo por el ingreso de divisas, sino porque gran parte del equilibrio fiscal y cambiario depende de una buena performance exportadora. Si el campo produce más, ingresan más dólares, aumenta la actividad económica y se fortalecen las posibilidades de consolidar el programa económico. En otras palabras, la relación entre el Gobierno y el sector rural dejó de ser únicamente una cuestión ideológica para transformarse en una necesidad estratégica.
Sin embargo, esa alianza tampoco debería convertirse en un cheque en blanco. La historia argentina enseña que los ciclos de entusiasmo político suelen desvanecerse cuando las promesas tardan demasiado en concretarse. El respaldo actual existe porque convive con la expectativa de reformas más profundas. Si esas transformaciones no llegan, la paciencia podría comenzar a agotarse.
La imagen final de Palermo mostró un Gobierno respaldado por uno de los sectores que históricamente reclamó reglas de juego previsibles antes que subsidios. También dejó la impresión de que el campo ya no pide gestos simbólicos. Reclama decisiones permanentes. Después de décadas de conflictos con distintos gobiernos, parece haber cambiado la naturaleza de su demanda. Ya no exige ser salvado. Exige que lo dejen trabajar.
Y quizá allí resida la principal enseñanza de esta nueva etapa. Un país que aspira a crecer difícilmente pueda hacerlo enfrentándose con quienes producen riqueza. Pero tampoco alcanzará con discursos elogiosos si las reformas quedan a mitad de camino. El desafío ya no consiste en convencer al campo. Consiste en demostrarle, con hechos sostenidos en el tiempo, que esta vez las promesas no serán apenas otra estación pasajera de la política argentina.