Uñac, el peronismo y la incómoda pelea por volver a parecer una alternativa
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay lanzamientos que nacen para ganar una elección. Otros, para empezar una conversación. La decisión de Sergio Uñac de anunciar que competirá por la Presidencia en 2027 pertenece a la segunda categoría. No porque el senador sanjuanino ignore las dificultades de una candidatura que hoy parece cuesta arriba, sino porque entiende que el verdadero problema del peronismo ya no es encontrar un nombre: es reconstruir un método y una identidad después de haber perdido ambas.
En política, el orden de los factores suele alterar el resultado. Durante años, el peronismo resolvió sus candidaturas en oficinas, reuniones reservadas y acuerdos entre dirigentes que llegaban envueltos como decisiones inevitables. Ese mecanismo funcionó mientras conservó capacidad de representar una expectativa colectiva. Cuando dejó de hacerlo, las mesas siguieron reuniéndose, pero la sociedad dejó de escuchar. Allí aparece el principal aporte —y también la principal provocación— de Uñac: sugerir que el próximo candidato no debería emerger de una negociación de cúpulas, sino de una competencia real.
La propuesta parece obvia en cualquier democracia. En el peronismo no lo es.
Resulta llamativo que uno de los dirigentes que más tiempo pasó ocupando cargos ejecutivos termine cuestionando precisamente la lógica vertical que durante décadas organizó al movimiento. Quizás porque conoce desde adentro sus virtudes y, sobre todo, sus límites. Haber sido intendente, vicegobernador, gobernador y senador le permite exhibir una carrera construida paso a paso, algo que hoy intenta convertir en activo político frente a una época donde la experiencia convive incómodamente con el descrédito de la política profesional.
Su argumento tiene un detalle interesante. No presenta su currículum como una garantía automática, sino como un expediente abierto para que la sociedad lo examine. Es una diferencia sutil, aunque significativa. Después de años en los que la política prometió salvadores de distinto signo, empieza a instalarse otra demanda: menos épica y más antecedentes comprobables.
El mensaje también dialoga con otro fenómeno. Javier Milei llegó al poder convertido en una impugnación de la experiencia política tradicional. Dos años y medio después, parte del debate parece haberse desplazado. La pregunta ya no es únicamente quién representa lo nuevo, sino quién puede demostrar capacidad concreta para administrar un Estado sin convertir cada decisión en una batalla ideológica.
En ese punto aparece uno de los ejes que Uñac intenta instalar: la compatibilidad entre equilibrio fiscal y desarrollo productivo.
Es, curiosamente, una discusión donde las fronteras ideológicas empiezan a mezclarse. El oficialismo convirtió el déficit cero en su bandera excluyente. Uñac evita cuestionar el objetivo y prefiere discutir las consecuencias de un equilibrio que, según sostiene, ordena las cuentas públicas mientras desordena la economía cotidiana de millones de familias. Es un matiz importante porque implica abandonar una vieja tentación del peronismo: responder a cada ajuste proponiendo más gasto. Aquí intenta construir otro relato. La discusión no sería gastar más, sino crecer mejor.
El problema es que esa promesa carga con un peso histórico enorme. El peronismo habla de producción desde hace décadas. También gobernó durante buena parte de las últimas dos décadas. La sociedad inevitablemente compara ambos momentos. Por eso el desafío de Uñac no consiste únicamente en describir un modelo alternativo; consiste en convencer de que ese modelo puede evitar repetir errores que muchos ciudadanos todavía asocian con el pasado reciente.
Su insistencia en la minería explica bastante de esa estrategia. San Juan se convirtió durante su gestión en un laboratorio donde la actividad minera ocupó un lugar central dentro del desarrollo provincial. Al mencionarla como ejemplo, marca una diferencia con dirigentes cuya experiencia está ligada a economías completamente distintas, como la bonaerense.
La comparación con Axel Kicillof resulta inevitable, aunque Uñac procura evitar convertirla en un duelo personal. Allí asoma otra diferencia de estilo. Mientras otros sectores del peronismo organizan la discusión alrededor de liderazgos, él intenta desplazarla hacia modelos productivos y experiencias territoriales.
No deja de ser una apuesta arriesgada.
Porque el verdadero conflicto del peronismo quizás no sea económico, sino geográfico.
Durante años, el interior reclamó protagonismo dentro de un movimiento cuya gravitación terminó concentrándose en el conurbano bonaerense. La aparición de un dirigente que reivindica conocer las veinticuatro provincias busca corregir ese desequilibrio simbólico. No alcanza con recorrer el país; hace falta transmitir que ese recorrido modifica la forma de gobernar.
La crítica a Milei también aparece atravesada por esa mirada federal. La discusión sobre infraestructura excede las rutas o las líneas eléctricas. Es una forma de cuestionar una concepción del Estado que prioriza el equilibrio contable mientras posterga inversiones cuya rentabilidad aparece varios años después.
El ejemplo del tomate industrial sanjuanino funciona como metáfora. No importa únicamente si el dato refleja una política puntual; importa el concepto que intenta transmitir: cuando una estrategia productiva necesita tiempo para madurar, los cambios bruscos pueden desarmar años de planificación.
Ese planteo conecta con una preocupación más amplia. Argentina parece haberse acostumbrado a discutir únicamente el presente inmediato. El dólar de mañana. La inflación del próximo mes. La próxima elección. La infraestructura pertenece exactamente al tiempo contrario: el de las decisiones cuyos resultados aparecen cuando ya cambió el gobierno que las inició.
Quizás por eso la parte más interesante del discurso de Uñac no sea la económica, sino la política.
Su relación con Cristina Fernández de Kirchner resume bastante bien ese equilibrio delicado. Reconoce la importancia de su voz dentro del peronismo, pero evita colocarla como único centro ordenador. Tampoco convierte la consigna de "Cristina libre" en bandera propia. No rompe con el kirchnerismo, aunque tampoco acepta quedar reducido a él.
Es una gimnasia compleja.
Porque cualquier dirigente peronista que aspire a construir volumen nacional debe resolver una ecuación difícil: cómo respetar el peso histórico de Cristina sin quedar atrapado en un liderazgo que ya no organiza al conjunto del espacio como lo hacía hace una década.
Allí aparece, finalmente, el verdadero sentido de esta candidatura.
Uñac probablemente entienda que hoy no alcanza con discutir quién será el candidato presidencial. Primero hay que redefinir qué significa representar al peronismo en una Argentina distinta. Una Argentina donde el equilibrio fiscal dejó de ser patrimonio exclusivo del liberalismo, donde la producción vuelve a reclamar centralidad y donde el interior exige algo más que visitas de campaña.
Su lanzamiento, entonces, dice menos sobre sus posibilidades electorales inmediatas que sobre el vacío que intenta ocupar. El interrogante no es si puede convertirse en presidente. El interrogante es si puede convencer al peronismo de que la próxima reconstrucción no se resolverá alrededor de una mesa cerrada, sino frente a una sociedad que, antes de escuchar promesas, quiere revisar antecedentes.
Y esa quizás sea la discusión más incómoda de todas.