OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Brasil ante una elección decisiva: dos proyectos enfrentados y una relación con Milei en juego

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

La elección presidencial de Brasil llega a sus últimos días con un escenario más incierto de lo que parecía hace apenas unas semanas. Flávio Bolsonaro e Ignacio Lula da Silva encabezan una disputa que trasciende la alternancia en el poder y pone en discusión dos maneras de concebir el Estado, la economía, la seguridad y la protección social. En una sociedad atravesada por diferencias territoriales, religiosas y económicas, el resultado también puede modificar el equilibrio político de América Latina y determinar el rumbo de la relación entre Brasil y la Argentina de Javier Milei.

El sociólogo y analista político Ariel Goldstein interpreta esta competencia como la confrontación entre dos países que conviven dentro de una misma nación, pero que expresan prioridades y expectativas diferentes. La distancia entre ambos candidatos se redujo durante la campaña y transformó una contienda que parecía encaminada hacia una definición menos ajustada en una elección abierta a la incertidumbre. Con buena parte del electorado decidido, el desafío ya no consiste solamente en convencer, sino en conseguir que los propios simpatizantes concurran a las urnas.

Esta situación revela una característica central de las democracias contemporáneas: las campañas pueden llegar a sus últimos días sin que los candidatos dispongan de demasiado espacio para modificar las preferencias de la sociedad. Cuando las identidades políticas se encuentran consolidadas, la movilización adquiere una importancia comparable a la persuasión. Cada voto que se incorpora, cada ausente que decide participar y cada territorio donde la diferencia se estrecha pueden terminar definiendo una elección nacional.

Las propuestas económicas muestran con claridad la naturaleza de la confrontación. Flávio Bolsonaro plantea reducir el gasto público, disminuir los impuestos y flexibilizar las condiciones de contratación, al tiempo que coloca la seguridad ciudadana en el centro de su discurso. Su programa contempla un endurecimiento de las penas, una ampliación de la capacidad penitenciaria y una mayor utilización de cámaras y tecnologías de reconocimiento facial. Sin embargo, también propone mantener el Bolsa Familia, un instrumento de asistencia social cuyo beneficio aumentó un 15% durante la campaña. Esa combinación refleja el intento de atraer a sectores que reclaman un Estado menos costoso, pero que no necesariamente están dispuestos a renunciar a las ayudas que reciben.

Lula, por su parte, apuesta a una mayor intervención pública en la economía, al impulso de la industria y a incrementos del salario mínimo superiores a la inflación. También propone ampliar el Bolsa Familia, reducir la jornada laboral sin disminuir los salarios y coordinar políticas federales para enfrentar el delito. Su estrategia procura transmitir previsibilidad a quienes consideran que las políticas sociales constituyen una protección frente a la incertidumbre económica.

La diferencia entre ambos proyectos no puede reducirse, por lo tanto, a una discusión entre más o menos Estado. También enfrenta dos percepciones sobre el riesgo. Una parte del electorado considera que el cambio de orientación económica y una política de seguridad más severa pueden ofrecer respuestas a problemas persistentes. Otra teme que una modificación profunda de las políticas públicas termine debilitando derechos y mecanismos de protección que considera indispensables. Esa tensión explica por qué la competencia permanece ajustada incluso cuando las preferencias partidarias parecen relativamente firmes.

El mapa electoral agrega otra dimensión decisiva. El nordeste continúa siendo un bastión de Lula, aunque su respaldo en esa región habría perdido parte de la magnitud que exhibió en elecciones anteriores. En el sur, en cambio, la ventaja favorece a Bolsonaro. Entre ambos extremos, Minas Gerais aparece como uno de los territorios capaces de inclinar la balanza, con una medición mencionada por Goldstein que ubica a Lula en el 43% y a su rival en el 48%.

La geografía política brasileña también está vinculada con los intereses económicos y las identidades religiosas. El agronegocio mantiene una inclinación favorable al bolsonarismo, mientras que los votantes católicos muestran una mayor cercanía con Lula, según el análisis del investigador. A esto se suma el crecimiento de las iglesias evangélicas, que durante décadas consolidaron una estructura de representación capaz de influir tanto en el Congreso como en la movilización de los votantes. Con una bancada cercana a los 200 diputados, ese espacio constituye un actor político de considerable peso, cuya capacidad de organización excede ampliamente el ámbito religioso.

Ante este panorama, Lula concentra esfuerzos en los 33 millones de brasileños que no participaron de la primera vuelta. El dato, sin embargo, no debe interpretarse como una reserva automática de votos para el oficialismo. La abstención puede responder a razones diversas y no existe garantía de que quienes regresen a las urnas mantengan una preferencia determinada. Por eso, la incorporación de dirigentes jóvenes, el respaldo territorial de gobernadores y el uso de grupos de WhatsApp con millones de integrantes forman parte de una estrategia destinada a ampliar la movilización.

La intensificación de la presencia de Lula en las redes sociales responde a esa misma lógica. El candidato, que anteriormente mostraba resistencia a determinados formatos digitales, incrementó su exposición mediante videos personales y mensajes de circulación rápida. En una campaña donde las diferencias son pequeñas, la comunicación directa puede ayudar a reforzar la identificación de los simpatizantes, aunque también contribuye a trasladar la disputa política a un espacio donde la confrontación y la desinformación pueden adquirir una velocidad difícil de controlar.

El riesgo más delicado aparece si el resultado es extremadamente ajustado. Goldstein advierte que una diferencia mínima podría alimentar cuestionamientos sobre el sistema de votación electrónica, como ocurrió en otros escenarios internacionales. El antecedente brasileño de 2022, cuando Lula derrotó a Jair Bolsonaro por aproximadamente dos millones de votos y posteriormente se produjeron movilizaciones que reclamaban una intervención militar, demuestra que una elección resuelta en las urnas no necesariamente pone fin a la disputa por su legitimidad. La responsabilidad de los dirigentes será determinante para evitar que la polarización derive en una crisis institucional.

Para la Argentina, el desenlace tendrá consecuencias que van más allá de las afinidades personales entre presidentes. Una victoria de Flávio Bolsonaro podría acelerar el acercamiento con Milei y consolidar una coincidencia ideológica entre ambos gobiernos. En cambio, un triunfo de Lula obligaría a administrar diferencias políticas que ya existen entre Buenos Aires y Brasilia, con incentivos para moderar las declaraciones y evitar que las tensiones afecten la relación bilateral.

La cuestión de fondo es que Brasil no elige únicamente entre dos candidatos, sino también entre distintas prioridades económicas, sociales e institucionales. La elección definirá quién conducirá la principal economía sudamericana y qué orientación buscará imprimirle a su política exterior. Para Milei, el resultado representará una oportunidad de profundizar su alineamiento regional o la necesidad de convivir con un gobierno de signo contrario. En cualquiera de los dos escenarios, la capacidad de los futuros gobernantes para administrar las diferencias será tan importante como la victoria electoral. Porque cuando una sociedad llega dividida a las urnas, ganar constituye apenas el comienzo del desafío de gobernar.