La difícil travesía de la democracia en Túnez

INTERNACIONALES Por Francisco PEREGIL
El país vive el décimo aniversario de la ‘primavera árabe’, que acabó con la dictadura, azotado por el paro, las protestas y las reformas pendientes
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Túnez, el único país árabe donde la primavera árabe desembocó en una democracia incipiente, vive uno de sus momentos más difíciles, cuando se cumplen 10 años desde que el vendedor de frutas Mohamed Bouazizi se prendió fuego el 17 de diciembre de 2010 a los 26 años de edad en la localidad de Sidi Bouzid. Aquel suicidio a lo bonzo, después de que varios agentes le requisaran su mercancía, le golpearan y le humillaran, desencadenó una oleada de protestas en varios países árabes. Al cabo de una década, Túnez sigue siendo un frágil oasis de democracia republicana en la región. Pero gran parte de sus 11,5 millones de habitantes sufren el desencanto de una transición asediada por el paro, las protestas sociales y la fragmentación de los partidos políticos.


La politóloga franco-tunecina Khadija Mohsen-Finan, autora del libro Tunisie, l’apprentissage de la démocratie (2011-2021), que se publicara a principios de enero, reconoce en un correo electrónico: “Evidentemente, el balance de la transición no es bueno. La vida de los tunecinos no ha mejorado, sino todo lo contrario. Las clases medias han perdido el 30% de su poder adquisitivo, los tunecinos no tienen confianza en los políticos, y los jóvenes emigrantes irregulares, los harragas, son cada vez más numerosos”.
“Los tunecinos están cansados”, añade Mohsen-Finan, “tienen la sensación de vivir en la inseguridad. Esta situación, que se agrava con la crisis de la covid-19, les impulsa a idealizar el pasado político y a rechazar la revolución. Eso es un error, porque la revolución ha sido muy bella y muy útil. Ha puesto grandes temas sobre la mesa, como la cuestión de la igualdad, la corrupción, la mala gobernanza, la cuestión de las libertades… En realidad, no es la revolución lo que está en juego, sino la forma en que la transición ha sido gobernada, por unos políticos inexpertos, sin visión y sin proyecto unificador”.

Los suicidios a lo bonzo se multiplicaron en Túnez desde aquel 17 de diciembre de 2010 y se convirtieron en el segundo medio de quitarse la propia vida, con un 15% de los casos registrados, después del ahorcamiento, según las últimas cifras oficiales publicadas en 2016. Ese año se alcanzó el máximo de casos y se dejaron de efectuar estudios oficiales. Además, la práctica se extendió hacia otros países.

La madre y la hermana de Bouazizi, Leila y Manubia, respectivamente, residen en Canadá desde que en 2014 el país norteamericano les concediera asilo. Desde allí han declarado a una emisora local que emigraron tras verse amenazadas en su propio país por partidarios del antiguo régimen. La madre dijo que en un principio pensó que, al menos, la muerte de su hijo serviría para cambiar la situación en Túnez. “Desgraciadamente, el paro continúa siendo muy alto y la economía está muy débil. No hay futuro para los jóvenes y eso me hace sentir mal”, señala.


Leila Bouazizi, añadió una nota de esperanza en la misma emisora: “Al menos hoy en Túnez se puede votar y elegir al presidente que queramos. Se puede hablar y manifestarse. Eso no existía antes”. Y declaró a la agencia France Presse: “[Cambiar el sistema] llevará quizás más de diez años: es preciso que los jóvenes sigan manifestándose, hablando, para obtener sus derechos”.


 

Grandes avances y peligros de la democracia

Respecto a los logros de la transición tunecina, Mohsen-Finan señala: “Todos los tunecinos se sienten ya interesados en la vida política. Hay un Estado civil aceptado por Ennahda [partido mayoritario, de origen islamista]. Ahora ya es posible el matrimonio de una tunecina musulmana con un no musulmán. Hay un debate, tenso pero existente, sobre la igualdad de los tunecinos y las tunecinas en términos de herencia. Los islamistas y los modernistas coexisten en el Parlamento, aunque se odien entre sí. Hay una cultura del compromiso”.

Los grandes peligros de la democracia, según la politóloga Mohsen-Finan, no son ni el populismo, ni el desempleo, ni la corrupción. Para ella, las amenazas provienen de “la incompetencia de los actores políticos y del sistema político elegido en 2014”. Ese sistema, según Mohsen-Finan, es un “régimen mixto a medias entre el parlamentario y el presidencial, ya que el jefe del Estado es elegido por sufragio universal”. “Lo eligieron así para evitar la hegemonía de un partido o de un grupo, pero el sistema ha terminado por acumular los defectos del régimen parlamentario, es decir, una parálisis en la toma de decisiones, y del sistema presidencial, ya que el jefe de Estado tiende a sobrepasar sus funciones”, concluye.

Un diplomático europeo destinado en Túnez, que solicita el anonimato, describe un panorama de grandes desafíos con un mensaje final optimista: “Hay una gran fragmentación política. Las protestas sociales se han disparado en noviembre... Hay una tensión política producto de esa fragmentación de partidos. Ha habido en las últimas semanas episodios de violencia entre diputados en los pasillos del Parlamento. El país tiene un gasto público muy grande, un sector público enorme. Además, los ingresos fiscales han caído por culpa de la covid-19. Les queda aún por crear un Tribunal Constitucional. Tienen que terminar de construir el edificio institucional, pero están en ello. Y a pesar de todo, en los momentos críticos, la sociedad, las instituciones, todo el conjunto, consiguen superar escollos”.

“Una de las ventajas que tiene Túnez”, continúa el citado diplomático, “aparte de su resiliencia, es que cuenta con un Ejército republicano muy respetado. Y ahora tienen un Gobierno de tecnócratas, o de competencias, como les llaman ellos, que acaba de aprobar los presupuestos para 2021. Y el país cuenta con una gran ventaja que es el apoyo internacional, sobre todo de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional (FMI). Occidente sabe que está apoyando a una democracia”.

Fuente: El País

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